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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. De aquellos y aquellas que destacaron por encima de otros hablamos aquí. Con una frecuencia quincenal, les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por Carmen Buergo. Todas ellas se van sumando a nuestro podcast Ciencia y Genios.
El final de la vida de Antoine Laurent Lavoisier es una de las páginas más tristes de la historia de la ciencia. El llamado “Padre de la Química Moderna” murió guillotinado en 1794. Junto a él, compartió su vida científica y participó activamente en sus logros, su esposa Marie Anne. Aunque es poco conocida, algunos la consideran como la “Madre de la Química moderna”. Les invitamos a escuchar la vida de Antoine y a leer la contribución de Marie Anne en la información complementaria.
Hasta mediados del siglo XV sólo había una forma de reproducir los libros: copiándolos a mano. Los copistas eran generalmente monjes o frailes que dedicaban toda su vida al rezo y a la copia de los libros que después eran utilizados por los sacerdotes, nobles y reyes. Pero a partir de 1450 todo cambió, con la aparición de la imprenta de tipos móviles, inventada por Johannes Gutenberg, tuvo lugar una de las revoluciones tecnológicas más drásticas, y generadoras de cultura, de todos los tiempos.
Las extravagancias de algunos científicos han hecho que se les identifique como seres despistados, maniáticos e incluso, por qué no decirlo, locos. No es cierto, los científicos son seres humanos como cualquiera, aunque siempre hay alguno dispuesto a dar la nota. En el siglo XIX vivió un científico inglés, llamado Charles Babbage, que cuadraba bastante bien con ese estereotipo. Su cabeza era un hervidero de ideas y la más famosa de ellas fue una máquina mecánica de calcular que no llegó a concluir. Siglo y medio después, un grupo de científicos británicos la construyeron siguiendo escrupulosamente los esquemas de Babbage y demostraron que podía realizar operaciones aritméticas con una precisión de 31 dígitos.
Antonie van Leeuwenhoek fue un científico improbable. Había nacido en una familia de comerciantes, no tenía fortuna, no asistió a la universidad y no conocía más lengua que la suya, el alemán. Con estas premisas no es fácil ganarse el respeto de la comunidad científica y de hecho, como comentamos en la información adicional, durante algún tiempo no fue tratado con la deferencia que merecía. Sin embargo, a pesar de tenerlo todo en contra, hizo algunos de los descubrimientos más importantes de la historia de la biología y consiguió ser un científico respetado. Gracias a sus microscopios, fabricados por él mismo, observó bacterias, células espermáticas, glóbulos rojos de la sangre, algas, protozoos y muchas otras cosas.
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