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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.

La casualidad que cura. Alexander Fleming.

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Nobel Lecture pronunciada por Alexander Fleming el 11 de diciembre de 1945

Voy a hablarles de los primeros días de la penicilina, porque es la parte de la historia de la penicilina que ha ganado para mí el Premio Nobel. Frecuentemente me han preguntado por qué inventé el nombre de “Penicilina”. Simplemente seguí a la perfección la línea ortodoxa y acuñé una palabra que explicaba que la sustancia penicilina era derivada de una planta del género Penicilium, lo mismo que hace unos años la palabra “Digitalina” se inventó para una sustancia derivada de la planta Digitalis. Para mi generación de bacteriólogos la inhibición de un microbio por otro era algo corriente. A todos se nos enseñó la existencia de esas inhibiciones y de hecho es raro que un bacteriólogo clínico atento pueda pasar una semana sin ver, en el curso de su trabajo ordinario, ejemplos muy claros de antagonismo bacteriano.

Probablemente el hecho de que los antagonismos entre bacterias fueran tan comunes y bien conocidos frenó, más que ayudar, el comienzo del estudio de los antibióticos tal y como lo conocemos hoy en día.

Ciertamente, los antiguos trabajos sobre el antagonismo no tuvieron influencia en el inicio de la penicilina. Surgió simplemente a partir de un hecho afortunado que sucedió mientras trabajaba en un problema bacteriológico puramente académico que no tenía nada que ver con el antagonismo, mohos, antisépticos o antibióticos.

En mi primera publicación podría haber afirmado que, como consecuencia de un estudio serio de la literatura y el pensamiento profundo, había llegado a la conclusión de que los mohos fabricaban valiosas sustancias antibacterianas y que me proponía investigar el problema. Eso habría sido falso y preferí contar la verdad, que la penicilina comenzó con una observación casual. Mi único mérito es que yo no descarté la observación y que como bacteriólogo insistí en la materia. Mi publicación de 1929 fue el punto de partida para el trabajo de otros que desarrollaron la penicilina, especialmente en el campo de la química.

La penicilina no fue el primer antibiótico que descubrí. En 1922, describí la lisozima – una sustancia antibacteriana poderosa que tenía un efecto letal sobre algunas bacterias. Una suspensión lechosa de bacterias podía ser aclarada completamente en pocos segundos añadiendo un fracción de una lágrima humana o de clara de huevo […]

Pero por desgracia los microbios sobre los que actuaba con mayor fuerza la lisozima eran aquellos que no infectan al hombre. Mi trabajo sobre la lisozima fue continuado más tarde, desde el punto de vista químico, por mis colaboradores en esta concesión del Premio Nobel – Sir Howard Florey y el Dr. Chain. Aunque la lisozima no ocupó un lugar destacado en la práctica terapéutica, fue de gran utilidad para mí, porque la misma técnica que había desarrollado para la lisozima era aplicable a la penicilina cuando apareció en 1928.

El origen de la penicilina fue la contaminación de una placa de cultivo de estafilococos por un moho. Observé que a cierta distancia alrededor de la colonia de moho, las colonias de estafilococos se habían hecho transparentes y, evidentemente, la lisis (desintegración de la pared celular) estaba en marcha. Fue una imagen extraordinaria y parecía demandar más investigación, así pues, el moho se aisló en un cultivo puro y se determinaron algunas de sus propiedades.

Se determinó que el moho pertenece al género Penicillium y fue identificado como Penicillium notatum [..]

Una vez que se logró un cultivo purificado del moho, lo trasladé a otro cultivo y lo dejé crecer durante 4 o 5 días a temperatura ambiente. Sobre el cultivo fui depositando radialmente líneas con distintos tipos de microbios. Unos crecieron sin problemas hasta el moho pero otros fueron inhibidos a varios centímetros de él. Esto demostró que el moho producía una sustancia antibacteriana que afectaba a unos microbios y a otros no.

De la misma manera, probé con otros tipos de mohos pero no produjeron ninguna sustancia antibacteriana, aquello demostró que el moho que había aislado era realmente excepcional. [..]

Se hizo crecer el moho en un medio fluido para comprobar si la sustancia antibiótica también se producía en estas condiciones. Después de varios días probé el fluido en el que había crecido el moho de la misma manera que había probado la lisozima [..] El resultado fue muy similar al observado con la lisozima pero con una diferencia muy importante: los microbios que sufrieron una mayor inhibición fueron algunos de los responsables de las enfermedades más comunes. Ésta fue la diferencia más importante.

Más información y texto completo (en inglés) de la Nobel Lecture de Sir Alexander Fleming


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