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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Rastreando el Alzheimer en nuestros ancestros

Alzheimer y los Tsimani - Cierta Ciencia podcast - CienciaEs.com

Ben Trumble, antropólogo con entrenamiento en el campo de la medicina evolutiva, es un investigador que lleva años con los Tsimane, un grupo de indígenas que vive en la selva de Bolivia, en condiciones similares a las de nuestros ancestros, hace miles de años. Los Tsimane son cazadores, recolectores y cultivan pequeños terrenos. Trumble estudia sus hábitos y sigue de cerca sus enfermedades, comparándolas con las de las sociedades industrializadas.

¿Sufren los Tsimane de enfermedades como el Alzheimer, y si no, qué se puede aprender de ellos para tratar o detener la demencia? “No existe cura para el Alzheimer”, dice Trumble. “No tenemos nada que pueda deshacer el daño hecho”. Y se pregunta si los miles de millones de dólares y décadas de investigación que han resultado en tan poco sea porque a lo mejor se hayan ignorado algunas claves importantes.

Para Trumble uno de los problemas es que los estudios se han hecho casi exclusivamente en personas que viven en ciudades grandes y ricas en todo sentido, siendo que nuestros cuerpos aún están diseñados para las condiciones ancestrales. No se sabe nada de cómo la demencia afectó a los humanos en los 50.000 años que antecedieron a desarrollos como los antibióticos o los cultivos mecanizados. El estudio de los Tsimane, cree Trumble, podrá esclarecer algo sobre esta plaga moderna.

Los Tsimane sufren de altas tasas de mortalidad infantil, pero quienes llegan a la edad adulta viven tanto como todo el mundo, haciendo posible el estudio de sus estados de salud hasta los 90 años o más. Los investigadores del Proyecto Tsimane han pasado más de 15 años haciendo seguimientos en la población indígena y proporcionando tratamientos médicos. Han encontrado que los Tsimane difieren del resto de nosotros en muchos aspectos. Tienen las arterias más limpias que cualquier otra población estudiada, volviéndolos casi inmunes a enfermedades del corazón.

Trumble se centró en el estudio del gen ApoE4, llamado el gen del Alzheimer. En Estados Unidos, quienes tienen dos copias del gen tienen un riesgo 10 veces mayor de desarrollar la enfermedad. En los Tsimane, a muchos de quienes tienen una copia del gen, ¡se les dan mejor las pruebas de habilidades cognitivas!

De vuelta en su laboratorio en la Universidad de Arizona de uno de sus viajes iniciales a la selva, Trumble llegó tan invadido de parásitos peligrosos que lo llegó a pasar muy mal. “Esas infecciones me dieron otra perspectiva”, cuenta. Al menos el 70% de los Tsimane están llenos de parásitos, en sus intestinos y en la piel, lo que posiblemente les ocurría a nuestros ancestros. ¿Y si esas infecciones cambian la forma de cómo los genes afectan nuestros cuerpos?

Tal vez el gen ApoE4 tuvo un efecto ventajoso en la supervivencia en ambientes ancestrales. Hoy, solo una cuarta parte de nosotros tiene una copia del gen y la doble dosis existe en 2 de cada cien. Pero el análisis de ADN de huesos tan antiguos como de miles de años, muestra que el gen era ubicuo en humanos. El EpoE4 –que ayuda en la fabricación del colesterol– pudo haber sido un protagonista en el desarrollo de nuestros grandes y ávidos de energía cerebros.

Trumble estudió los datos de la salud cognitiva de todos los Tsimane voluntarios y que habían dado positivo para parásitos. Y era claro para él que iba a encontrar que los individuos con infecciones podrían, con mayor probabilidad, mantenerse sanos mentalmente si tenían una o dos copias del gen ApoE4; para ellos, el gen del Alzheimer les confería una ventaja. Para quienes no tenían parásitos, lo opuesto era cierto y el gen conducía a un deterioro cognitivo al igual que sucede en los países industrializados.

“Los humanos coevolucionaron con un buen número de parásitos, pero ahora, en nuestra vida sedentaria de ciudades, hemos quitado a esos parásitos de la mezcla”, dice Trumble. Esto haría, que un gen que confiere ventajas se vuelva una amenaza.

De hecho, estos hallazgos han sido confirmado por investigaciones recientes en varios laboratorios. En artículos aparecidos en 2016 y 2017 los científicos miran la demencia de otra manera: no como una enfermedad que resulta de un daño gradual de nuestras células sino como un desarreglo en el que el cerebro se vuelve su propio enemigo.

Durante décadas, la mayoría de los investigadores concordó en que las placas y los ovillos de proteínas son el verdugo y que, si se las pudiera disolver en el cerebro de los pacientes de Alzheimer, éste remitiría. La búsqueda de medicamentos que puedan disolverlas se volvieron una prioridad.

Sin embargo, algunos científicos piensan que el asunto de las placas puede haber sido un mal enfoque y que en lugar de estudiar lo que va mal se debería hacerlo con lo que va bien.

Changiz Geula, profesor de neurociencia en la Universidad de Northwestern, ha estado estudiando tejido cerebral de personas que han muerto a los 90 o más años. Encontró que algunas de ellas, que habían muerto con mentes agudas, tenían sus cerebros plagados de la mugre asociada a la patología del Alzheimer. Esto quiere decir que se puede tener un “cerebro Alzheimer” pero no demencia. Geula piensa que, en casos como estos, algunos factores en el cerebro lo están protegiendo.

Un actor invitado a la escena son los ya famosos astrocitos1, que sostienen las neuronas y las sinapsis, manteniéndolas saludables aún en la presencia de las placas y los ovillos. Investigadores de la Universidad de Stanford, describen cómo los astrocitos, de naturaleza apacible, pueden entrar en un estado asesino cuando detectan la presencia de toxinas y destruyen a las células que antes cuidaron. Según Shane Liddelow, uno de los autores del estudio, esta personalidad Jekyll y Hyde de los astrocitos, se desarrolló hace miles de años para defender al cerebro ancestral.

Ahora, que vivimos en medios más o menos estériles, esta armada del cerebro no se ocupa peleándose con invasores, sino que a cambio responde, y de una forma exagerada en demasía, a las placas, que son parte de un envejecimiento normal.

“Hace diez años muy pocos científicos relacionaban al Alzheimer con el sistema inmunológico, pero ahora la cosa ha explotado”, dice Liddelow. “…¿Por qué, personas que de acuerdo a nuestro modelo, con montones de placas amiloideas, debería tener Alzheimer, a cambio parecen protegidas? Pienso que la respuesta vendrá del estudio de las células inmunológicas de humanos en todo el mundo, que vivan en distintos ambientes”.

Liddelow confiesa que no conocía el trabajo con los Tsimane pero opina que la hipótesis de que el gen ApoE4 evolucionó para proteger a nuestro cerebro de invasores tiene mucho sentido. “Está en el mismo camino que nuestra investigación. Para nuestros ancestros, un gen ApoE4 podría haber sido beneficioso”, dice él, “en parte porque pudo haber ayudado a los astrocitos en sus ataques”.

Trumble sigue con sus viajes a la selva. Portador de una copia del gen ApoE4 debería andar preocupado, como cualquier otra persona. Pero es que él no es cualquier persona. Duerme en una carpa, como carne silvestre y bebe agua del río. Además, puede ser que sus infecciones pasadas le confieran una cierta protección.

“Con seguridad no voy a correr a infectarme con más parásitos, pues la ciencia aún no ha llegado hasta allá, para mostrar que esas infecciones podrían ser terapéuticas, como tampoco quisiera que quienes lean esto lo hagan. Los parásitos son terribles”. Finaliza.

Más información en el Blog de Josefina Cano: Cierta Ciencia

https://www.researchgate.net/publication/316316028_The_Tsimane_Health_and_Life_History_Project_Integrating_anthropology_and_biomedicine_Gurven_et_al

Neurotoxic reactive astrocytes are induced by activated microglia. Liddelow S. A., et al. Nature 2017.


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