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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

La Eugenesia en su esplendor.

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El término Eugenesia, la idea de que impulsando y seleccionando matrimonios entre quienes exhibían habilidades cognitivas superiores y evitando aquellos que mezclaban a los muy inteligentes con los “inferiores”, fue en su origen acuñado por Francis Galton en 1883. Galton era primo de Darwin y su, según él, brillante idea tenía en su propia familia la mejor prueba de que la inteligencia es innata, inmodificable, y se transmite entre sus miembros. Su abuelo era brillante y qué decir de su primo. “Qué gran galaxia de genios podríamos crear”, declaró con entusiasmo.

Se fundó en Inglaterra la Sociedad para la Educación Eugenésica. Pero la eugenesia no tuvo mucha repercusión ni ganó adeptos a sus ideas. Más bien viajó a los Estados Unidos donde se instaló y encontró un terreno más que fértil para sembrar las semillas de lo que se convertiría en uno de los usos más retorcidos, horribles y siniestros de la naciente ciencia de la genética.

Si nos preguntamos el por qué, tal vez encontremos la respuesta en que en ese momento y según lo analiza Steven J. Gould, ”En Estados Unidos se había regado un patriotismo estrecho, provinciano, chauvinista, aislacionista (WASP: White Anglo-Saxon Protestant, protestante blanco anglososajón, no indio), cerrado-alrededor-de-la-bandera y de relumbrón no comparable con ningún otro período de nuestro siglo…”

Pero esos mismos científicos que construyeron el biodeterminismo en 1920 se retractaran en 1930 cuando la pobreza y las colas para conseguir comida que hacían los universitarios ya con sus títulos cerca, no podían explicarse por la idiotez congénita.

Varios genetistas y psicólogos se adhirieron de inmediato a la causa. Ya hemos contado uno de los casos más notables, el de la familia Kallikak*, trabajo incansable en la institución Vineland, dirigido por H. H. Goddard.

Una de las primeras tareas encomendadas a Goddard fue seleccionar a los inmigrantes que llegaban a Ellis Island. Escogió a dos mujeres para que así, a ojo, separaran a los inteligentes y al resto. En 1913 declaraba el altísimo grado de imbecilidad de los recién llegados, sin pararse a pensar que el largo viaje y las malas condiciones eran más determinantes que una simple inspección física o la aplicación de unas pruebas en inglés que sólo entendían los inmigrantes anglo parlantes, los favoritos de Goddard.

Goddard fue un misionero de la eugenesia y pronto sus ideas, publicaciones y libros lo convirtieron en un punto de referencia para los gobernantes cada vez más preocupados por el bajo rendimiento de las tropas que combatían en la Primera Guerra Mundial. No era ni la alimentación, ni las malas condiciones, sino la inteligencia tan deteriorada de sus miembros. Encargaron a Goddard que aplicara las pruebas usadas con los Kallikaks a los reclutas para escoger sólo a los mejores y eliminar a los defectuosos.

En 1917, convocó un encuentro en Vineland donde adaptó sus pruebas para examinar a muchachos. El ejército contrató a cuatrocientos psicólogos quienes aplicaron la nueva prueba a 1.7 millones de soldados. Fue el estudio de la inteligencia más grande de la historia nunca hecho. “El conocimiento derivado de esta prueba es probablemente la pieza más valiosa de información que la humanidad jamás ha adquirido sobre ella”, declaró Goddard.

De acuerdo a los resultados de Goddard, 47% de los soldados blancos y 89% de los negros eran imbéciles. El promedio de un soldado blanco, encontraron los psicólogos correspondía a una edad mental de 13 años, justo en el borde de la debilidad mental. En resumen, la mayoría de los soldados eran débiles mentales o estaban muy cerca de serlo. Cuando los resultados salieron a la luz, lo inmediato fue pensar que esa realidad, sólo un 4% de la población tenía una inteligencia normal, se debía a que las recientes inmigraciones eran de personas defectuosas.

Para Goddard, los resultados además exigían una nueva forma de gobierno. El 4% debía gobernar al resto. Eso resultaría en que para la democracia que era Estados Unidos, una élite debía dirigir los destinos de los idiotas y tomar las decisiones importantes, dada la incapacidad de la inmensa mayoría para hacerlo, lo que construiría un país feliz y confortable para todos.

El trabajo de Goddard con los soldados siguió alimentando el “racismo científico”. Ese racismo fue más allá de declarar que los blancos eran de lejos superiores a los negros sino que empezó a hilar más fino en las características de los inmigrantes que llegaban al país. Los eugenistas declararon que los europeos del norte eran superiores a los del resto del continente. Para ello echaron mano de los estudios en el ejército y los previos en Ellis Island.

Los inmigrantes italianos, rusos y judíos no alcanzaban los requerimientos básicos para trabajar en el país, sin considerar que su llegada y adaptación consecuente eran muy recientes.

Harry Laughlin, quien trabajó en la Oficina de Registro Eugenésico, declaró en el Congreso que la inmigración iba a contaminar a la población norteamericana.

“La lección es que los inmigrantes deben ser examinados y que sus familias deben ser investigadas para no seguir admitiendo sangre contaminada”. Así, se apretó el margen de admisión para frenar la llegada de “razas no deseadas”.

En 1914 el libro de Goddard se publicó con mucho éxito en Alemania. Le cayó como anillo al dedo a muchos médicos y biólogos que habían buscado un programa del gobierno que incentivara la reproducción de los mejores individuos y esterilizara a los otros. Cuando Hitler fue encarcelado en 1924 supo de la familia Kallikak en un libro que leía de la herencia. Escribió su Mi Lucha, tomando prestado el lenguaje de los eugenistas norteamericanos, declarando que la esterilización de personas defectuosas era “el acto más humano de la humanidad”.

Cuando Hitler subió al poder contó con el apoyo incondicional y apabullante de cientos de científicos alemanes. En 1933 se publicó una nueva edición del libro de Goddard. “Qué bello ejemplo es el de los Kallikaks sobre la mala herencia”, escribió en el prólogo alguno de ellos. Los nazis usaron a los Kallikaks como una herramienta de enseñanza. Traspusieron las flores y los guisantes de Mendel a las características, según ellos, de los buenos transmisores de la herencia, los inteligentes, y los malos, los débiles mentales. “La mejor manera de demostrarles nuestro deseo de evitarles sufrimientos es impedirles que se reproduzcan, por todos los medios”.

Pero no todo fue eugenesia y determinismo biológico y mala ciencia de la genética. Paralelo al mundo del horror se gestaban las ideas más esclarecedoras y llenas de verdades de grupos de científicos que caminaban con entusiasmo y humanismo los caminos que llevarían a demostrar las falsedades de que la herencia es cosa de un único factor y encima mal entendido y peor usado y sí el concurso de múltiples factores trabajando en armonía.

JOSEFINA CANO
Ph.D. Genética Molecular

The Gene. An Intimate Histoy. Siddartha Mukherjee. Scribner, 2016
The Mismeasure of Man. Stephen J. Gould. W. W. Norton & Company, 1981

Más información en el Blog Cierta Ciencia

Obras de Josefina Cano:

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades (Amazon)

En Colombia en la Librería Panamericana y en Bogotá en la Librería Nacional

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades. (Planeta)


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