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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

La energía nuclear puede salvar al mundo.

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Expandir la tecnología es la forma más rápida de parar las emisiones del efecto invernadero y decarbonizar la economía.

Las soluciones reales al cambio climático vendrán tal vez no del cuándo eliminar los combustibles fósiles en el 2050, sino del cómo. Debemos usar electricidad limpia para reemplazarlos ahora en el transporte, en la industria. Debemos atender las necesidades urgentes de los países más pobres. Y mucha más electricidad será necesaria para remover de la atmósfera el exceso de dióxido de carbono.

¿De dónde vendrá esa cantidad desmesurada de energía libre de carbono? La respuesta popular es de las energías renovables, pero eso es una fantasía. La energía solar y eólica son cada vez más baratas, pero no están disponible todo el tiempo. Hoy la energía renovable trabaja solo con el apoyo de los combustibles ricos en carbono.

Unos pocos países con la suerte de tener una hidroelectricidad abundante, como Noruega y Nueva Zelanda, han decarbonizado sus redes eléctricas pero su éxito no puede extenderse: los sitios con mejores plantas hidráulicas las tienen hoy en ruinas.

Pero existen modelos probados de una rápida decarbonización, Francia y Suecia. Esos países han decarbonizado sus redes hace décadas y ahora emiten menos del diez por ciento del CO2 del promedio mundial por kilovatio-hora. Lo hicieron con la energía nuclear. Y lo hicieron rápido. Francia reemplazó casi toda la electricidad que usa el carbón con energía nuclear en tan solo 15 años, en todo el país. Suecia lo hizo en 20 años. Otros países también han logrado cambios importantes en la producción de electricidad limpia y barata. ¿Pero por qué no expanden su capacidad nuclear y lo hacen a un nivel más global? Las razones son económicas, y el miedo.

La construcción de nuevas plantas nucleares tiene un costo elevadísimo. Pero eso no significa que los costos no bajen en la medida que se recupere el elemento clave que es ganar habilidad a través de la estandarización y la repetición. El primer producto en una línea de ensamblaje es caro —el desarrollo del primer iPhone costó 150 millones— pero los costos se desploman cuando se construyen en cantidades y la producción se ajusta.

Como dijo el antiguo director de la Comisión Nuclear Reguladora, mientras Francia tiene dos tipos de reactores y cientos de tipos de quesos, en los Estados Unidos ocurre lo contrario. En décadas recientes, los Estados Unidos y algunos países europeos han creado reactores aún más complejos, con muchas más medidas de seguridad en respuesta a los miedos del público. Ello ha llevado a que los costos hayan alcanzado valores absurdamente altos. Además, el apoyo estatal es casi nulo.

Se necesita un marco de regulación más amplio. Richard Lester, ingeniero nuclear en el MIT escribió que una compañía que propone el diseño de un nuevo reactor nuclear se enfrenta a “la posibilidad de, habiendo gastado mil millones de dólares o más para lograr una licencia, acabe sin certeza alguna sobre los resultados”. Es necesario tener al gobierno en el lado de esta transformación de energía limpia, con regulaciones de apoyo, aprobaciones continuas, inversión en investigación y muchos incentivos para mantener a productores y consumidores lejos del carbón.

Todo esto depende, sin embargo, de sobrepasar ese miedo que corroe al público y a muchos activistas. La realidad es que la energía nuclear es la forma de energía más segura que la humanidad haya usado jamás. Los accidentes en las minas, las fallas en las plantas hidroeléctricas, las explosiones de gas natural y los choques de trenes movidos con petróleo, todos matan personas, muchas veces en cantidades enormes, más de medio millón al año.

En contraste, en 60 años de energía nuclear solo tres accidentes han sido alarmantes: el de Three Mile Island en 1979, que no mató a nadie; el de Fukushima en 2011, que no mató a nadie (muchas muertes fueron debidas al tsunami y al pánico en la evacuación cerca de la planta); y el de Chernobyl en 1986, resultado de la enorme torpeza y descuido del gobierno soviético, que mató a 31 personas en el accidente y quizá a varios miles, de cáncer, más o menos la cantidad de muertos por emisiones de carbón cada día. (Aún si se aceptan reclamos recientes de que el gobierno soviético y autoridades internacionales ocultaron cientos de miles de muertos en Chernobyl, el costo en vidas de 60 años de energía nuclear llega tan solo al de un mes de muertes relacionadas con el carbón).

Las plantas nucleares no pueden explotar como bombas nucleares y no han contribuido a la proliferación de armas, gracias a un robusto control internacional: 24 países tienen energía nuclear pero no armas, en tanto que Israel y Corea del Norte tienen armas nucleares, pero no energía.

La basura nuclear es compacta y se guarda con seguridad en lugares adecuados, perdiendo radiactividad con el paso del tiempo. Después de que se haya logrado solucionar el más que grande desafío del cambio climático, se podría o bien quemar los residuos como combustible en nuevos tipos de reactores o enterrarlos bien profundo bajo tierra. Es un desafío ambiental leve comparado con la basura del carbón, arrojada cerca de comunidades pobres y la de otros tóxicos como el arsénico, el mercurio y el plomo que duran para siempre.

A pesar de su más que demostrada seguridad, la energía nuclear presiona muchos botones psicológicos. Primero, las personas estiman los riesgos de acuerdo a la velocidad a la que les llegan las noticias de accidentes nucleares. Segundo, pensar en radiación, activa la idea de rechazo, por la idea de que cualquier contacto es un riesgo de contaminación, olvidando que estamos sumergidos en una sopa de radiación natural.

Son estas algunas de las razones por las que se teme a la energía nuclear y se toleran los combustibles fósiles, al igual que se tiene miedo a volar aún sabiendo que dirigir un auto es más peligroso.

El rechazo a la energía nuclear se volvió una bandera del Movimiento Verde a finales de 1970, persiste con fuerza por estos días y si no es acogido, muchos ambientalistas lo miran como una traición.

A pesar de estos obstáculos, la política y la psicología pueden cambiar muy rápido. A medida que la espantosa crisis que representa el cambio climático se ahonda y que las propuestas de energía renovable no asoman como una solución, lo nuclear puede convertirse en el nuevo movimiento verde, que proteja el ambiente y ayude a tironear al mundo en desarrollo para liberarlo de su pobreza.

Si se logra vencer los miedos infundados y el público y los políticos encaran los riesgos reales, podremos solucionar el problema más grave de la humanidad y dejarles a nuestros nietos un futuro brillante de estabilidad climática y energía abundante.

Traducción libre y resumida de un artículo de opinión aparecido en el Sunday Review del domingo 7 de abril en el New York Times y escrito por

Joshua S. Goldstein, profesor emérito de relaciones internacionales de la American University. Staffan A. Qvist, ingeniero de energía en Suecia, autores del libro “A Bright Future: How Some Countries Have Solved Climate Change and the Rest Can Follow, y Steven Pinker, profesor de psicología en la Universidad de Harvard y autor de numerosos libros.

JOSEFINA CANO
Ph.D. Genética Molecular

Más información en el Blog Cierta Ciencia

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