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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.

La huella de carbono. Hablamos con Luis Antonio López Santiago.

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Respiramos un aire más o menos puro, mezcla de nitrógeno, oxígeno, vapor de agua y dióxido de carbono fundamentalmente. Cuando yo era pequeño me hicieron aprenderme las proporciones de esos gases: Un 78 por ciento de nitrógeno, un 21 por ciento de oxígeno y el uno por ciento restante se repartía entre los demás. Uno de ellos, el dióxido de carbono, abundaba poquísimo, apenas un 0,03 por ciento, una cantidad ridícula que no entendía por qué me obligaban a aprender. Sin embargo los hechos han venido a demostrarme lo importante que es esa cifra para nuestro planeta.

Ministerio de Ciencia e Innovación

Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología

Universidad de Castilla - La Mancha

El dióxido de carbono es un gas muy especial porque su presencia hace que una parte importante de la radiación solar que llega a la Tierra, no sea devuelta al espacio exterior. Esa energía se queda entre nosotros, calentándonos como nos calienta una buena manta durante las noches de invierno. Gracias a ese efecto, este planeta tiene una temperatura media agradable para nosotros. Si en la atmósfera no hubiera dióxido de carbono y otros gases, como el metano, que tienen el mismo efecto la temperatura media no superaría los 18ºC bajo cero. Ese almacenamiento en exceso de la energía solar en la atmósfera es lo que se conoce como “efecto invernadero”.

Así pues, el efecto invernadero es, en primera instancia, beneficioso para nosotros. Pero en los tiempos modernos, especialmente tras la revolución industrial, la concentración de dióxido de carbono está subiendo por culpa de las actividades humanas y, como consecuencia el efecto invernadero también. El CO2 aumenta cada vez que ponemos en marcha el motor del coche, se expulsa en las centrales térmicas que queman combustibles fósiles para generar electricidad, se genera en las los procesos industriales, en los medios de transporte, en los trabajos agrícolas, etc. Aunque ciertos lugares y procesos – especialmente la fotosíntesis de las plantas- absorben parte de él, la concentración no ha cesado de aumentar desde hace siglo y medio.

Las voces de alarma no han dejado de sonar desde hace tiempo. Multitud de artículos científicos avisan que, de seguir así, el aumento de temperatura media del planeta se traducirá en un cambio climático de nefastas consecuencias para las criaturas que poblamos la Tierra. La búsqueda de soluciones es cada vez más acuciante. Una iniciativa organizada por la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) permitió que un grupo de países firmara en 1997 el llamado “Protocolo de Kioto”.

El objetivo del protocolo era disminuir en 2012 las emisiones de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y otros tres gases de efecto invernadero en un 5% respecto a los valores de 1990. El protocolo entró en vigor el 16 de febrero de 2005 aunque, como veremos en la entrevista, con no pocos problemas. Poner de acuerdo a todos es complejo porque contabilizar las emisiones en cada lugar – lo que se conoce como “huella de carbono”- y sobretodo, tener en cuenta las interrelaciones de tipo social, económico y político de todos los que habitamos el planeta es muy difícil.

El criterio utilizado en el Protocolo de Kioto se basó en asignar las responsabilidades de las emisiones de los países firmantes en función de aquellas emisiones que son producidas en su territorio. Sin embargo, como nos cuenta nuestro invitado, Luis Antonio López Santiago profesor en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de La Universidad de Castilla La Mancha. La experiencia está demostrando que se deben buscar criterios alternativos que asignen las responsabilidades de una forma más equitativa. Ése es uno de los objetivos del Grupo GEAR, dirigido por Luis Antonio López y adscrito al Campus Científico y Tecnológico de la Energía y Medioambiente. GEAR investiga las implicaciones económicas que tiene el comercio internacional en el aumento de las emisiones de dióxido de carbono.

Un teléfono móvil puede estar en las manos de un consumidor español pero pudo haber sido fabricado en China, por ejemplo. El proceso de fabricación tuvo un coste que, en términos de huella de carbono y según el criterio original, debería ser imputado a China. Sin embargo, a nadie se le escapa que es el consumidor quien está haciendo uso del producto y, como tal, debería tener una parte de responsabilidad en las emisiones. Según ese punto de vista, el país consumidor debería hacerse responsable del carbono generado en la fabricación de los objetos de consumo de sus ciudadanos. En la práctica, muchas empresas emplean lo que se conoce como “Refugio de Contaminación” porque derivan su producción hacia países que tienen una legislación ambiental más laxa. Con esta práctica, no solamente favorecen las emisiones de terceros sino que estos países, al tener menos restricciones, también emplean tecnologías más contaminantes, contribuyendo de esta manera a aumentar las emisiones y la huella de carbono. En opinión de muchos investigadores, si estos aspectos se tuvieran en cuenta a la hora de hallar la huella de carbono de los distintos países, probablemente se facilitaría la firma de un acuerdo posterior al Protocolo de Kioto.

En uno de los trabajos del grupo GEAR se ofrece el cálculo de la huella de carbono generada cuando se establece una colaboración entre distintos grupos de personas mediante el uso compartido de bienes. Por ejemplo, cuando las personas deciden compartir un coche para su traslado. Gracias a esa colaboración disminuye el uso del vehículo y el consumo de carburantes con lo que la huella de carbono generada es menor.

En otro trabajo, el grupo ha estudiado la huella de carbono producida por los productos agrícolas en función de los kilómetros recorridos para ir desde el centro de producción hasta el lugar de consumo. En esta línea, el grupo está estudiando la huella de carbono generada por los productos alimenticios, especialmente frutas y verduras, en función del momento de consumo, es decir cuando se consumen durante la temporada natural de maduración o fuera de temporada.
Les invitamos a escuchar a Luis Antonio López Santiago.

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