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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
El megacero gigante (Megaloceros giganteus) es el cérvido más grande que ha existido. Pariente cercano de los gamos, apareció en Asia Central hace medio millón de años, y se extendió por las estepas frías de Eurasia, desde el este de Siberia hasta Irlanda y el interior de la península Ibérica.
El megacero gigante parece un gran gamo con una joroba sobre los hombros que le sirve para almacenar reservas. Los machos, bastante más grandes que las hembras, tienen una alzada de más de dos metros, y pesan alrededor de setecientos kilos. Pero lo más imponente del animal es su inmensa cornamenta. Las astas, que sólo están presentes en los machos, son palmeadas, pesan cerca de cuarenta kilos, y miden más de tres metros y medio de punta a punta. Como en otros cérvidos, la cornamenta se muda todos los años; muchas veces, el consumo de plantas ricas en minerales no era suficiente, y el animal recurría al calcio y al fósforo almacenados en los huesos, lo que provocaba una especie de osteoporosis.
Gracias a las pinturas rupestres, se ha podido determinar el aspecto del megacero gigante, En verano, su pelaje era más corto, de color bastante uniforme, pardo, rojizo o leonado; en invierno, el pelo se volvía blanco amarillento en la cara, la garganta y el vientre, y se oscurecía en el resto del cuerpo. En los costados, dos líneas más oscuras salían de los hombros; el cuello también estaba adornado con un collar de pelo más oscuro.
Los últimos megaceros vivieron en Siberia Occidental, al pie de los Urales, hace sólo 7.000 años. Sobrevivieron a las glaciaciones y a los cazadores del Paleolítico, pero no pudieron adaptarse a las alteraciones del medio ambiente provocadas por los primeros granjeros neolíticos.
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