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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Deinocheirus, la mano terrible

Deinocheirus, la mano terrible. Zoo de Fósiles podcast . CienciaEs.com

Hace casi cincuenta años, en 1965, la paleontóloga polaca Zofia Kielan-Jaworowska dirigía una expedición conjunta polaco-mongola al desierto del Gobi. En el noroeste de este desierto, en el sur de Mongolia, se encuentra la cuenca de Nemegt, al sur de las montañas del mismo nombre. Esta región se conoce también con el nombre de “valle de los dragones”, por el gran número de fósiles y huellas de dinosaurios que se han encontrado allí.

A primeros de julio el grupo estaba trabajando en el yacimiento de Altan Ula III, desenterrando un esqueleto de tarbosaurio, un gran tiranosáurido que vivió en Asia hace 70 millones de años. El 9 de julio amaneció con lluvia, y como no se podía trabajar con los fósiles, Kielan decidió explorar y se dirigió a la zona sur del yacimiento, donde encontró, incrustados en una roca arenisca, unos extraordinarios huesos fósiles, unos brazos acabados en garras de treinta centímetros de longitud. Nunca se había visto nada así; hasta el punto de que, cuando regresó al campamento y contó a sus compañeros lo que había encontrado, nadie quiso creerla. Pero los huesos estaban allí, y al día siguiente empezaron a excavarlos. Sólo pudieron desenterrar los brazos, que medían casi dos metros y medio de largo, las manos, con tres largos dedos cada una, los hombros y algunos fragmentos de costillas y vértebras. No había nada más. Las marcas de dientes en los huesos indicaban que el animal había sido devorado por un tarbosaurio, probablemente cuando ya estaba muerto, y parte de los huesos que el tarbosaurio había dejado se había erosionado con el paso del tiempo. Por su anatomía, los brazos pertenecían a un dinosaurio bípedo, y eran los más grandes que se han encontrado nunca.

La descripción formal del dinosaurio fue publicada por otras dos paleontólogas polacas de la expedición, Halszka Osmólska y Ewa Roniewicz, en 1970. La nueva especie recibió el nombre de Deinocheirus mirificus, que significa “mano terrible peculiar”, y hubo que crear para ella una nueva familia, la de los deinoquéiridos, con ciertas características comunes con los ornitomimosaurios, un grupo de dinosaurios terópodos, como los tiranosaurios, los velocirraptores… y las aves. Pero todos los ornitomimosaurios conocidos hasta entonces eran gráciles dinosaurios corredores omnívoros, con aspecto de avestruz, de no más de cuatro metros de longitud.

Durante décadas, no se encontró ningún hueso más de este misterioso dinosaurio, y los paleontólogos no se ponían de acuerdo sobre cómo serían el cuerpo y la cabeza del animal. Mientras unos estaban de acuerdo con las descubridoras, y lo consideraban un ornitomimosaurio gigante, para otros se trataba de un enorme carnívoro que mataba a sus presas con sus enormes garras, y otros lo veían como el equivalente dinosaurio de un perezoso gigante.

Hasta que, el 16 de agosto de 2009, un equipo de paleontólogos de Corea, Mongolia, Canadá y Japón descubrió en el yacimiento de Bugiin Tsav, también en el valle de los dragones, un esqueleto casi completo de un enorme dinosaurio con un brazo izquierdo que era idéntico al de Deinocheirus, aunque un 6 % más grande. Pero el yacimiento había sido expoliado por saqueadores antes de que lo encontraran los paleontólogos, y faltaban dos piezas muy importantes: la cabeza y los pies. Al estudiar los huesos, los paleontólogos se dieron cuenta de ya tenían otro esqueleto del mismo dinosaurio, descubierto tres años antes en el yacimiento de Altan Uul IV, la montaña de oro, unos kilómetros más al sur, cerca del lugar del descubrimiento de los primeros fósiles. A este esqueleto, que era un 25 % más pequeño, le faltaba la mitad delantera, así que no tenía brazos y en su momento no se pudo saber que se trataba de otro Deinocheirus.

Entre tanto, un coleccionista europeo cuyo nombre no se ha hecho público había mostrado al paleontólogo François Escuillié, director de Eldonia, una empresa francesa dedicada al comercio de fósiles, un extraño cráneo y unos pies de dinosaurio. En 2011, Escuillié mostró los fósiles a Pascal Godefroit, paleontólogo del Real Instituto Belga de Ciencias Naturales. Sospechando que se trataba de las piezas perdidas de Deinocheirus, Escuillié y Godefroit se pusieron en contacto con los descubridores de los esqueletos de 2006 y 2009 y comprobaron que el cráneo encajaba perfectamente en uno de ellos. Finalmente, Escuillié compró los fósiles y los donó al Real Instituto Belga, que a su vez los devolvió al gobierno de Mongolia en mayo de 2014. Hoy, todos los huesos se encuentran en el Museo Central de los Dinosaurios Mongoles, en Ulán Bator.

Ahora, con el esqueleto completo, los paleontólogos han podido reconstruir el aspecto y el estilo de vida de Deinocheirus, y es aún más extraño de lo que nadie podía imaginar. Deinocheirus era un dinosaurio bípedo enorme, de once metros de largo, cinco de alto y más de seis toneladas de peso, casi tan grande como un tiranosaurio. Aunque emparentado con los ligeros y veloces ornitomimosaurios, Deinocheirus era un dinosaurio lento y pesado. La cabeza mide más de un metro de largo, y su forma recuerda a la del caballo; el hocico es largo y aplanado, parecido al de los hadrosaurios o dinosaurios de pico de pato. En realidad, es más parecido al de un pato que el de los propios dinosaurios de pico de pato. No tiene dientes, sino un pico de queratina. Los músculos de la mandíbula son débiles, así que no tiene una mordedura fuerte. Los orificios nasales se situan en la parte superior del hocico, y los ojos son relativamente pequeños.

Las vértebras dorsales de Deinocheirus se prolongan hacia arriba en unas largas espinas aplanadas que sostienen una especie de vela o joroba y sirven de anclaje a los fuertes ligamentos necesarios para soportar el peso del enorme abdomen y las patas del animal. Por esta misma razón, la postura de Deinocheirus no es tan horizontal como la de los demás ornitomimosaurios y la mayor parte de los terópodos, sino más erecta. Las patas traseras son relativamente cortas, con dedos cortos y anchos, acabados en pezuñas.

Las dos últimas vértebras del extremo de la cola de Deinocheirus están fusionadas formando una estructura llamada pigostilo. En las aves, el pigostilo sirve de soporte a las plumas de la cola, así que es muy probable que Deinocheirus tuviera un abanico de plumas en la cola. Y como se sabe que otros ornitomimosaurios estaban cubiertos de plumas, seguramente Deinocheirus también lo estaba.

Durante la excavación de uno de los esqueletos de Deinocheirus, se encontraron en la zona del estómago más de 1 400 piedras pulidas, así como escamas y vértebras de peces. Las piedras son similares a las que tragan los avestruces y otras aves para triturar el alimento, que reciben el nombre de gastrolitos, y compensan la falta de dientes.

Todos estos datos nos dicen que Deinocheirus es un dinosaurio omnívoro semiacuático de movimientos lentos. Los pies, anchos y acabados en pezuñas, como hemos dicho, le facilitan el movimiento y la estabilidad en el resbaladizo sedimento fangoso del fondo de los ríos y lagos. Deinocheirus se alimenta de plantas que arranca con su ancho pico y traga con la enorme lengua que se aloja en su profunda mandíbula inferior. Las enormes garras son una formidable arma defensiva, y además le sirven también para procurarse alimento. Con ellas puede alcanzar ramas más altas que con el pico, y también puede usarlas para pescar. Aunque no, como podríamos imaginar, atrapando con ellas a sus presas; esas manos no se podían cerrar para agarrar cosas, como las nuestras. Lo que hace es remover con ellas el fondo fangoso para enturbiar el agua y espantar a los pequeños animales, peces e invertebrados, que se ocultan allí, al mismo tiempo que barre el agua con el pico. En la confusión, algunos de esos animales se meten en su amplio pico y son engullidos. Es la misma estrategia, salvo por el uso de las garras, claro, que utilizan hoy en día las espátulas, esas aves zancudas de pico largo con forma de cuchara propias de los humedales de todos los continentes.

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo

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