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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Scleromochlus, un diminuto lagarto saltador

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Hace unos 220 millones de años, a principios del Triásico superior, todos los continentes estaban unidos en un supercontinente llamado Pangea. Lo que hoy es Escocia se encontraba por entonces tierra adentro, lejos de la costa. El clima allí era seco y caluroso, y un desierto arenoso se extendía por la región. El viento dominante, que sopla del sudoeste, forma dunas en forma de media luna de hasta veinte metros de altura. A lo largo de los ríos que cruzan el desierto crecen estrechas franjas de vegetación donde viven diversas especies de reptiles.

Entre los habitantes de esos oasis en medio del desierto hay parientes de los tuátaras, como Brachyrhinodon, muy parecido a esos reptiles neocelandeses, aunque más pequeño, de sólo 25 centímetros de largo; y parientes de los cocodrilos, como Erpetosuchus, de medio metro de largo, y Ornitosuchus, que alcanzaba los cuatro metros de longitud y podía correr a gran velocidad levantándose sobre sus patas traseras. Otros pertenecen a grupos de reptiles hoy extintos, como Leptopleuron, parecido a un lagarto de treinta a cuarenta centímetros de largo, Hyperodapedon, un herbívoro de metro y medio de longitud con fuertes mandíbulas y grandes dientes, que era una de las especies más abundantes de la zona, y Stagonolepis, un reptil acorazado de tres metros de longitud. También hay antepasados de los dinosaurios, como Saltopus, un pequeño animal bípedo, de menos de un metro de longitud.

Pero el protagonista de nuestra historia de hoy es otro. Se trata de Scleromochlus, un diminuto animal parecido a un lagarto de dieciocho centímetros de largo con larguísimas patas traseras. La cabeza es triangular, con la boca y los ojos grandes. Los dientes, quince o dieciséis en cada mandíbula, son todos iguales, pequeños y lanceolados. El cuello es corto, y la cola representa la mitad de la longitud total del animal.

Las patas delanteras de Scleromochlus son largas, aunque no tanto como las traseras; son además muy delgadas y terminan en manos minúsculas, que no le sirven para sostenerse en el suelo, ni mucho menos para caminar. Las patas traseras son tan largas como la cola, con pies estrechos, que tienen el quinto dedo atrofiado. Scleromochlus es bípedo, y camina con las patas verticales bajo el cuerpo, como los mamíferos y los dinosaurios.

El dorso de Scleromochlus, desde los hombros hasta la cadera, está cubierto por bandas transversales de pequeñas escamas, probablemente con filamentos semejantes a pelos entre ellas.

Igual que muchos habitantes actuales de los desiertos, como por ejemplo los canguros y los jerbos, Scleromochlus es un bípedo saltador, que se desplaza rápidamente sobre la arena brincando sobre los dedos de los pies. Además, la parte posterior de los pies es aplanada, lo que les permite sentarse sobre los talones sin hundirse en la arena. Los orificios nasales, pequeños, y unos rebordes del cráneo que cubren los oídos lo protegen de la arena y reducen la pérdida de humedad en el clima desértico. Por el gran tamaño de los ojos, es posible que fuera un animal nocturno; así evitaría el sobrecalentamiento que, por su pequeño tamaño, le provocaría la exposición al calor del Sol y, sobre todo, evitaría a los depredadores.

Scleromochlus es un animal social. Los grupos o parejas pasan el día ocultos entre la vegetación o bajo las rocas, para protegerse del calor, y salen de noche para cazar insectos y otras presas pequeñas, que machacan con sus fuertes mandíbulas.

Un día, una tormenta de arena o simplemente el colapso de una duna enterró vivos a un grupo de Scleromochlus. Y allí quedaron sus cuerpos, bajo la arena, protegidos de los carroñeros.

Mucho más tarde, en el siglo XIX, la ampliación del puerto de Elgin, lo que hoy es la ciudad de Lossiemouth, en el este de Escocia, precisó la explotación de las canteras de arenisca situadas alrededor de la desembocadura del cercano río Lossie. Y fue en esas canteras donde se descubrieron los restos de la fauna que había poblado el desierto que era la región 220 millones de años antes. Pero los huesos no se habían conservado intactos. Lo que se ha conservado en muchos casos son en realidad moldes de esos huesos. Y para complicar más la tarea, en el caso de Scleromochlus, los huesos son tan pequeños que muchos de sus detalles anatómicos han desaparecido debido al grosor del grano de las rocas en las que se han conservado. Cada uno de esos granos es tan grande como un diente del animal. Por eso, la identidad de Scleromochlus no resulta fácil de determinar, y sigue siendo discutida por muchos paleontólogos.

En 1907, su descubridor, el inglés Arthur Smith Woodward, lo tomó por un pequeño dinosaurio. Pero ya en 1914 el alemán Friedrich von Huene lo relacionó con los pterosaurios. En la actualidad, la mayor parte de los paleontólogos consideran que se trata de un miembro primitivo del grupo llamado Avemetatarsalia, que incluye a todos los arcosaurios más emparentados con los dinosaurios que con los cocodrilos, esto es, los pterosaurios, los propios dinosaurios y, claro, las aves.

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

Infiltrado reticular
Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos. En 1974, la humanidad envió desde el radiotelescopio de Arecibo su primer mensaje por radio destinado a las posibles inteligencias extraterrestres del universo. Una avanzada civilización capta el mensaje, y envía a uno de los suyos en misión de reconocimiento a la Tierra. Pero durante el viaje se tropezará con personajes de las más variopintas razas extraterrestres que complicarán y retrasarán su tarea, con consecuencias tan inesperadas como desastrosas.

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo

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