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Océanos de Ciencia

Los mares y océanos han motivado desde siempre a los científicos. La necesidad de orientarse en un entorno cambiante nos ha hecho mirar al cielo y conocer los astros y sus movimientos, hemos creado instrumentos de navegación en los que se dan la mano arte, ciencia y tecnología, y han tenido lugar grandes expediciones científicas que han cambiado la visión del mundo y de nosotros mismos. De todo ello nos habla Manuel Díez Minguito.

El colapso de los recursos pesqueros

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“Aunque el historial del hombre como guardián de los recursos naturales del planeta ha sido descorazonador, desde hace tiempo nos venimos consolando al pensar que el mar, al menos, era inviolable, que estaba fuera del alcance de la capacidad del hombre para alterarlo y saquearlo. Pero esta creencia, por desgracia, ha resultado ser ingenua”. Rachel Carson. El mar que nos rodea. 1951.

Con el paso del tiempo, la relación del hombre con el mar ha evolucionado. Primero indómito y desconocido, ahora explotado, el mar se ha convertido en una fuente importante, no sólo de alimentos, sino también de otros recursos.

El océano es una fuente fundamental de recursos minerales: la humanidad extrae sal desde tiempos inmemoriales, pero no sólo eso, sino también oro, plata, cobre, plomo y zinc en zonas volcánicas, diamantes, extraídos mediante desecación de aguas poco profundas, sin olvidar el uso de áridos (arenas) para la regeneración de playas erosionadas, con frecuencia causadas por una mala gestión. Del fondo marino también se extraen hidrocarburos y gases desde plataformas de extracción a profundidades que superan los 2km. Se estima que el 25% de las reservas de petróleo y gas están aún por explotar, localizadas en gran parte en las extensas plataformas continentales del Ártico, ahora reclamadas las potencias mundiales ante el previsible retroceso del hielo Ártico.

Pero todas las actividades relacionadas con la explotación de los océanos están teniendo sin duda un fuerte impacto, directo o indirecto, sobre el ecosistema marino; sin embargo, cuando normalmente se habla del colapso de los océanos, suele referirse sobre todo al colapso de los recursos pesqueros.
El control de los recursos pesqueros ha sido desde siempre el motor esencial en la explotación de los océanos. La zona económica exclusiva de explotación, que se encuentra actualmente, con algunas excepciones, en las 200 millas marinas (unos 370km) mar adentro, se ha ido extendiendo en diferentes momentos de la historia no por la necesidad de conservar los recursos, sino por el afán de asegurar la propiedad para su usufructo y explotación.

A finales del s.XIX muchos aún pensaban que los indicios y acusaciones de sobrepesca no tenían base científica alguna, a pesar de que incluso por aquel entonces ya hubo casos de extinción de animales marinos a causa de la sobrepesca, como la vaca marina de Steller, tal y como nos cuenta en su Zoo de Fósiles German Fernández.

Los avances tecnológicos optimizaron los buques pesqueros, dotándoles de potentes motores, frío industrial abordo y de instrumentos ópticos y acústicos para detectar los bancos de pesca. La consecuencia fue un incremento considerable en las capturas alrededor de la mitad del siglo pasado. Sin embargo, en las últimas décadas, las capturas mundiales han decrecido alarmantemente, a pesar de las continuas mejoras tecnológicas y de equipamiento. Parece un síntoma claro de agotamiento. En el atlántico norte, por ejemplo, la abundancia en toneladas de peces se ha visto reducida un 90% en el último siglo.

Se estima que en la actualidad, en promedio y a nivel mundial, extraemos solamente el 3% de nuestro alimento del mar. El porcentaje es llamativamente bajo, de modo que cabe preguntarnos entonces ¿cómo es posible que hayamos podido causar tal estrago? Se debe ante todo a que estamos consumiendo los organismos marinos que se encuentran en la cúspide de la pirámide alimenticia, es decir, estamos acabando con los depredadores del mundo marino. En las actuales condiciones, es imposible que el océano pueda producir suficientes depredadores como para alimentar a una población humana con una tasa de crecimiento casi exponencial. Intentar satisfacer nuestras necesidades de alimento de origen marino de la forma que venimos haciendo desde hace milenios es inviable. Vivir de la caza de animales salvajes dejo de ser viable en tierra firme hace miles de años y todo indica que estamos llegando a una situación similar en los océanos.

A este problema se suma la proliferación a escala mundial de embalses desde mediados del s.XX, los cuales han afectado de forma decisiva la descarga de agua dulce y sedimentos hacia mares y océanos. Los embalses retienen sedimentos impidiendo que éstos lleguen a las costas, conllevando el efecto negativo de la erosión del litoral. Por otra parte, el agua dulce que llega al mar a través de nuestros ríos no es, al contrario de lo que se podría pensar, un mero desperdicio sino que juega un papel fundamental en los ciclos globales del agua y nutrientes en la biosfera. Además, contribuye a la regulación de la circulación oceánica, las corrientes costeras y en los ciclos de fertilización del océano, de los que depende en última instancia la actividad pesquera. La consecuencia es que muchos de los grandes bancos de pesca que se encontraban en las desembocaduras de los grandes ríos han desaparecido prácticamente.

A la escasez de aportes de agua dulce al mar, se suma la preocupante calidad de los mismos. Como es sabido, el océano es la cloaca del mundo. Nuestros residuos urbanos y de la agricultura llegan normalmente al mar a través de los ríos. Los fertilizantes de compuestos derivados del nitrógeno procedentes de la agricultura causan lo que se denomina la eutrofización de las aguas. Al igual que en tierra, en el agua el suministro de nitrógeno estimula el crecimiento vegetal. Si el grado de eutrofización es elevado, el consumo de oxígeno por la materia vegetal se dispara y la concentración de oxígeno puede disminuir hasta niveles muy por debajo del límite para la supervivencia de peces, mamíferos marinos, crustáceos y otros invertebrados, pudiendo causar grandes mortalidades y creando las llamadas zonas muertas del océano. Esta situación es especialmente grave en muchos estuarios, lagunas costeras y otras zonas donde los aportes procedentes de la agricultura son importantes. Estos últimos ambientes marinos que, desafortunada e inconscientemente, estamos perdiendo son precisamente los más ricos, los más productivos y los que cuentan con una mayor biodiversidad.

Les invitamos a escuchar Océanos de Ciencia.

REFERENCIAS – “El secreto del planeta Tierra”. Carlos M. Duarte (2010) Editorial CSIC y Catarata, ISBN: 978-84-00-09203-0.

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