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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Ministerio de Ciencia e Innovación

Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología

Universidad de Castilla - La Mancha

No pienses: Mete los dedos en el enchufe

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“Nuestra mente asume un modo de funcionamiento que denominan procesamiento por defecto”

Tal vez una de las frases más conocidas por todos sea: “pienso, luego existo”, manifestada por el filósofo y matemático René Descartes en algún momento de la primera mitad del siglo XVII. Otra frase también muy conocida es “ser o no ser: esa es la cuestión”, enunciada por un tal William Shakespeare unos años antes. Puesto que a todos parece gustarnos ser y seguir siendo, y viviendo; y puesto que cuando alguien piensa, existe, podría deducirse que nos debe gustar reflexionar, encerrarnos para que nadie nos moleste, y disfrutar de pensar, que es existir. ¿Es esto cierto?
Como es normal, unos opinarán que no, y otras, que sí, pero para saber si sí o si no es preciso utilizar el método científico. Esto es lo que han hecho investigadores de las Universidades de Virginia y de Harvard, en los EE.UU., quienes, en experimentos controlados, obtienen una electrizante respuesta a esta cuestión, la cual publican en la revista Science.
En su publicación, los científicos explican que los humanos poseemos una enorme capacidad imaginativa y que, cuando nos desconectamos del mundo, nuestra mente asume un modo de funcionamiento que denominan “procesamiento por defecto”, en el cual, sobre todo, pensamos sobre nosotros mismos. Hasta la fecha no se había estudiado si las personas deciden utilizar este modo mental con frecuencia o, por el contrario, huyen de encontrarse a solas consigo mismas y sus pensamientos.
Para estudiar esta cuestión, los investigadores reclutan a jóvenes estudiantes universitarios a quienes piden pasar de 6 a 15 minutos en una habitación, desnuda (obviamente la habitación, no la estudiante), sin teléfono móvil, sin papel y ni bolígrafo, ni nada que permita distraerse. Tan solo deben permanecer sentados en la única silla de la sala y perderse o, al contrario, encontrarse en sus pensamientos. Tras esta experiencia, los participantes rellenan un cuestionario en el que califican el grado de satisfacción obtenido con ella.

Pensar no es un placer
En los seis estudios similares repetidos por los investigadores (como sabemos, la repetición de los estudios es imprescindible para dar solidez a los hallazgos realizados), el 57,5% de los participantes respondió que les resultó difícil concentrarse. El 89% manifestó que su mente iba a la deriva (¡como la de tantos líderes mundiales!), a pesar de que no había nada que les distrajera. En general, a la mayoría la experiencia les disgustó.
Los investigadores se dijeron que tal vez la razón de esta sensación desagradable fuera no encontrarse en un ambiente familiar. Por ello, pidieron a los estudiantes repetir la experiencia en sus domicilios. En este caso, el 32% confesó que hizo trampa (escucharon música, se levantaron de la silla o miraron su móvil). Y a quienes no la hicieron no por estar en casa la experiencia les resultó más placentera; de hecho, les resultó incluso menos.
¿Y si se les daba algo que hacer, como consultar el móvil o leer? En este caso los participantes respondieron que la experiencia les resultó mucho más placentera que solo sentarse y pensar.
¿Sucedía esto solo en jóvenes estudiantes, que suelen tener pájaros en la cabeza? Los investigadores reclutaron a otras personas de edades comprendidas entre los 18 y los 77 años. Los resultados fueron muy semejantes. Las conclusiones son claras: al parecer, no importa la edad que tengamos, en general, no nos gusta sentarnos solos a pensar. Sin embargo, aún quedaba una importante pregunta por responder, y esta era si los participantes preferirían hacer algo desagradable para ellos en lugar de solo pensar.

¡Mejor un electroshock!
Para averiguarlo, los participantes se someten voluntariamente a algunas experiencias agradables o desagradables propuestas por los científicos, quienes les preguntan cuánto pagarían por repetirlas o por evitarlas, respectivamente. Entre las experiencias más desagradables (se pagaba hasta cinco dólares por evitarla) se encontraba una descarga eléctrica.
Con esta información, los investigadores piden a los participantes que repitan la experiencia de pensar a solas, pero esta vez conectados al dispositivo que les permite administrarse, si así lo desean, la descarga eléctrica ya conocida con solo apretar un botón. ¿Preferirían los participantes pensar sin hacer nada, o preferirían, en cambio, hacer algo, aunque ese algo fuera presionar un botón para administrarse una descarga eléctrica que antes deseaban evitar pagando incluso cinco dólares?
Y bien, el 67% de los hombres, aunque “solo” el 25% de las mujeres, se administraron al menos una descarga eléctrica durante los 15 minutos que duró el experimento. Esto nos proporciona ahora una idea objetiva de lo desagradable que resulta para algunos sentarse a pensar solos por tan solo un rato. ¿Por qué?
Una posibilidad es que las personas se sumerjan inevitablemente en negros pensamientos. Los investigadores estudian esta eventualidad y concluyen que no es la razón. Otra posibilidad podría ser que resulta difícil decidir en qué pensar durante esos 15 minutos. Para explorarla, en otro experimento, los investigadores permiten a los participantes que planifiquen de antemano lo qué desean pensar. Sin embargo, la planificación previa no disminuyó la sensación desagradable de sentarse consigo mismo a reflexionar. Así pues, pensar podría ser desagradable en sí mismo.

Parece, por tanto, que nuestro cerebro está mucho más preparado para hacer sin pensar que para pensar sin hacer, (y no digamos ya para pensar antes de hacer, sobre todo si hay que pensárselo dos veces). Y claro, a pesar de todo, preferimos estar mal acompañados que solos, incluso si la mala compañía es una desagradable descarga eléctrica. Desde luego, merece la pena que nos sentemos a pensar a solas un cuarto de hora sobre todo esto.

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