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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

Seres sin cabeza de savia caliente.

Filodendro.

Un día de primavera de 1972, el biólogo Dan Odell decidió dar un paseo por el campus de Universidad de California, en Los Ángeles, hasta un restaurante donde iba a celebrar una comida de confraternización con otros estudiantes. Entre las plantas de los jardines descubrió una de aspecto curioso: tenía grandes hojas anchas de largo tallo y, entre ellas, emergía una flor en forma de falo blanco de más de 20 centímetros de longitud rodeado por una hoja que la envolvía protegiéndola como una capucha. Tanto llamó su atención que decidió cortarla para enseñársela a sus amigos.

La extraña flor (realmente era un conjunto de pequeñas flores, una inflorescencia de filodendro) fue pasando de mano en mano, entre comentarios jocosos sobre la forma de la enorme protuberancia blanca. Al llegar a las manos del zoólogo Roger Seymour, no fue el aspecto lo que llamó su atención, sino su temperatura ¡la flor estaba caliente! Intrigados la observaron durante unos minutos y no tardaron en descubrir que, cuanto más tiempo pasaba, más subía la temperatura. No podían creerlo, para un zoólogo las criaturas que tienen el cuerpo caliente son las aves, los mamíferos, los insectos en vuelo pero… ¿las plantas? A pesar de todo, no había duda alguna, aquella extraña flor estaba poniendo patas arriba uno los más consagrados cimientos de la biología.

Seymour y sus colegas descubrieron que no eran los primeros en darse cuenta del fenómeno. Doscientos años antes, el naturalista francés Lamarck ya había notado que otra planta, llamada arum italicum, se ponía caliente al florecer. Esta planta es miembro de la gran familia araceae a la que pertenece también el filodendro, la cala o lirio de agua y la col fétida, por nombrar algunos. Los investigadores omenzaron a estudiar las plantas de "savia caliente" y descubrieron aspectos aún más asombrosos. Una inflorescencia de aroid spandix de 125 gramos, a 10ºC de temperatura ambiente, produce energía suficiente como para elevar la temperatura hasta los 40ºC, es la misma cantidad de energía que gasta un gato de tres kilos para mantener su temperatura corporal en idénticas condiciones. Comparando la capacidad de generación de calor, un ejemplar en floración de aro (arum maculatum) produce más energía que un colibrí en vuelo y un filodendro supera a una rata.

No acabaron ahí las sorpresas. Al cambiar el ambiente, la temperatura de las inflorescencias se adaptaba a las circunstancias: si el ambiente estaba a 4ºC, la planta subía hasta los 38ºC, 34ºC de diferencia, pero si la temperatura ambiental alcanzaba los 39ºC, la planta sólo subía cinco más. Dicho con otras palabras, lo mismo que sucede con las aves o los mamíferos, estas plantas autorregulan su temperatura.

La razón por la que las aves y los mamíferos regulan su temperatura está clara: mantienen el cuerpo en las condiciones óptimas para que las células lleven a cabo sus reacciones bioquímicas de la manera más eficaz, así, las aves y los mamíferos pueden mantenerse activos, es decir, pueden moverse y buscar comida, cuando las condiciones ambientales son demasiado frías. Las plantas, en cambio, no necesitan moverse ¿qué utilidad tiene entonces ese afán por mantener una temperatura elevada?

Una posibilidad es que, al crear un ambiente más templado, la polinización se vea favorecida. Por un lado, las plantas desprenden ciertos aromas para atraer a los insectos polinizadores y una temperatura más alta favorece la evaporación. Por otro, al proporcionar un ambiente más agradable, las flores serán escogidas por los insectos con más probabilidad que otros lugares más fríos y, por lo tanto, menos apetecibles para ellos. Por último, las flores mismas necesitan una temperatura constante para desarrollar plenamente sus propios sistemas reproductivos.

Ya lo ven, las plantas, esos seres sin cabeza, como nos cuenta Ulises, han aprendido a regular su temperatura con tanta  maestría como el mejor de los seres de sangre caliente.

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