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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.

Aquiles contra Héctor. Troya, el sueño de Schliemann.

Troya

Heinrich Schliemann (1822-90) fue un hombre fascinado por los mitos griegos, para él, Aquiles, Héctor, Agamenón, Ulises y el resto de los grandes héroes que protagonizaron la Ilíada fueron personas reales y no personajes inventados por la mente genial de Homero. Con la Ilíada y la Odisea en la mano, el dinero que logró amasar con su habilidad para los negocios y su extraordinaria facilidad para los idiomas, se embarcó en la búsqueda de la legendaria ciudad de Troya.

La Ilíada describe un acontecimiento fundamental acaecido durante el décimo año de la guerra que libraron los griegos (aqueos) contra los troyanos (teucros) frente a la fuertemente amurallada ciudad del rey Príamo. En el pasaje culminante de la historia, Homero describe el enfrentamiento entre los dos grandes titanes de la contienda: Aquiles,  el más valiente y sanguinario de los griegos, y Héctor, caudillo de los troyanos.

Héctor había matado a Patroclo, amigo carísimo de Aquiles, y éste juró vengarlo. Tras una batalla desastrosa, las huestes troyanas huyen a esconderse tras las murallas de la ciudad y el héroe Héctor queda fuera, plantando cara  a Aquiles (hijo de Peleo, de ahí el nombre de Pelión o Pelida). En el último momento, el miedo se apodera del troyano e intenta escapar corriendo alrededor de la muralla. Tal acto de cobardía no es propio de Héctor, un valeroso guerrero que ha demostrado su arrojo en multitud de ocasiones, -tal vez Homero, como suele suceder, cuente la historia desde el punto de vista de los vencedores-. Sea como fuere, la huída es descrita por  Homero con todo lujo de detalles, unos detalles que, tres mil años más tarde, sirvieron de base a Schliemann para encontrar la colina bajo la que se ocultaban las ruinas de Troya.

He aquí, el pasaje extraído de la Ilíada de Homero.

Tales pensamientos revolvía en su mente (Héctor), sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, igual a Enialio, el impetuoso luchador, con el temible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por el bronce, que brillaba como el resplandor del encendido fuego o del Sol naciente. Héctor, al verle, se puso a temblar, y ya no puedo permanecer allí, sino dejó las puertas y huyó espantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo.  Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba  enardecido, y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de Troya. Corrían siempre por el camino, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del Escamandro voraginoso. El primero tiene agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes de que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndole: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza, porque la contienda no  era por una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedores de la carrera, sino por la vida de Héctor,  domador de caballos. Como los solípedos corceles que toman parte en los juegos de honor de un difunto corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante el trípode o una mujer, de semejante modo aquellos dieron tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:

-¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno al muro. Mi corazón se compadece de Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundosos, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. ¡Ea!, deliberad, ¡oh dioses!, y decid si le salvaremos de la muerte o dejaremos que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquiles.
(...)

El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a sus guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor; no fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma las dos suertes de la muerte que tiende a lo largo -la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos-; cogió por el medio la balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades.

(...)

Héctor, engañado por la diosa Atenea, se detuvo, plantó cara a Aquiles y exclamó:

(...)
-No huiré más de ti, ¡oh hijo de Peleo!, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tu.

Tras un valeroso combate, Héctor perdió la vida a manos de Aquiles pero su epopeya sobrevivió al tiempo y le convirtió en inmortal, gracias a los versos de Homero.

Schliemann, cuya vida les invitamos a escuchar hoy, creyó que, más allá de los mitos, la Ilíada y la Odisea estaban basadas en hechos reales. Siguiendo los detalles descritos por Homero, buscó los restos de la casa de Ulises, descubrió la ciudad de Micenas, patria de Agamenón  rey de los griegos, desenterró los restos de Troya y descubrió tesoros que, según él, pertenecieron a rey Príamo.

Escuchen ustedes la  biografía de Heinrich Schliemann.


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