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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

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Los fósiles vivientes

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El pasado mes de enero de este año 2011, una especie de grillo fósil descubierto en 2007 en Brasil saltó a la primera página de la actualidad. Un estudio publicado en esas fechas, realizado por dos entomólogos, el estadounidense Sam W. Heads, de la Universidad de Illinois, y la suiza Léa Leuzinger, de la Universidad de Friburgo, ponía de manifiesto la gran semejanza entre el fósil, de unos cien millones de años de antigüedad, y los grillos de las dunas, unos parientes de nuestros grillos comunes que habitan en los desiertos y otras zonas arenosas de Asia y África. Así, estos insectos se convertían en fósiles vivientes, que han sobrevivido sin cambios aparentes desde la época de los dinosaurios.

¿Qué es un fósil viviente? Desde que Charles Darwin la acuñó en su libro El origen de las especies, la expresión ha arraigado en la imaginación popular. Un fósil viviente fascina porque sugiere que nos encontramos en presencia de un superviviente de tiempos remotos, un habitante del pasado trasladado a nuestra época. El celacanto, el ornitorrinco, el gingko, los tiburones, los escorpiones, las cucarachas… Todos ellos, y muchas otras especies y grupos se consideran fósiles vivientes. Pero, ¿qué queremos decir en realidad cuando decimos que un ser vivo es un fósil viviente?

El 22 de diciembre de 1938, Hendrik Goosen, capitán del pesquero de arrastre Nerine, atracó en el puerto sudafricano de East London, en la costa del océano Índico. Entre las capturas de ese día, el capitán había apartado un extraño pez de metro y medio de longitud que nunca antes había visto. A su llegada a puerto, informó de su hallazgo a Marjorie Courtenay-Latimer, conservadora del museo de la ciudad.

(Marjorie Courtenay-Latimer)“Era el pez más hermoso que he visto en mi vida. Medía cinco pies de longitud, de color azul-malva pálido con tenues motas blanquecinas; tenía por todas partes un brillo iridiscente plata, azul y verde. Estaba cubierto de escamas duras, y tenía cuatro aletas parecidas a patas y una extraña cola.”

Incapaz de identificar el pez en sus libros, Courtenay-Latimer trató de localizar a su amigo el ictiólogo James Leonard Brierley Smith, profesor en la cercana Universidad de Rhodes. Pero Smith estaba de vacaciones. Ante la imposibilidad de conservar el pez hasta su regreso, Marjorie Courtenay-Latimer lo hizo disecar por un taxidermista. Cuando Smith regresó, el 16 de febrero de 1939, identificó el pez al primer vistazo. Era un celacanto, un representante de un grupo que se creía extinguido desde hace ochenta millones de años, en el periodo Cretácico.

(Smith)“No había sombra de duda. Podría haber sido una de aquellas criaturas de hace doscientos millones de años que volvía a la vida.”
Años más tarde, el 18 de septiembre de 1997, el ictiólogo estadounidense Mark Erdmann, de luna de miel en Indonesia, descubrió una segunda especie de celacanto, de color marrón, en un lugar insólito para este tipo de descubrimientos: un mercado de la isla de Célebes.

El celacanto es el más famoso de los seres vivos conocidos como “fósiles vivientes”. Pero no es el único. Hay otros animales y plantas que, como el celacanto, eran conocidos en estado fósil antes de ser descubiertos como especies vivientes. Las primeras coníferas del género Metasequoia, fósiles que se remontaban al Mesozoico, hace más de sesenta y cinco millones de años, se descubrieron en 1941, pero tres años más tarde, en 1944, se encontró una especie viva en China. La rata de roca laosiana, descubierta en 2005, se ha relacionado con la familia de los diatomíidos, que se consideraba extinta desde hace once millones de años. El pequeño escarabajo de tres ojos Sikhotealinia zhiltzovae, del que sólo se conoce un ejemplar, descubierto en el extremo oriente ruso en 1996, es el único representante vivo de la familia de los juródidos, cuyos fósiles datan del Jurásico. También los crustáceos glifeoideos, de largas pinzas, se consideraban extinguidos desde el Eoceno, hace más de treinta millones de años; sin embargo, en 1975 se descubrió un ejemplar conservado en las colecciones del Instituto Smithsoniano; había sido pescado en aguas de Filipinas en 1908, pero su importancia había pasado desapercibida durante décadas. Y en 1952 se encontraron en una profunda fosa submarina cercana a Costa Rica los primeros ejemplares vivos de monoplacóforos, moluscos marinos cubiertos con una sola valva. Hasta entonces, los monoplacóforos se creían extinguidos desde el Devónico, hace trescientos cincuenta millones de años.

Sin embargo, todos estos casos, y otros similares, no son más que accidentes históricos. Esos “fósiles vivientes” no tienen ninguna característica especial por el mero hecho de que sus parientes extintos fueran descubiertos en primer lugar. Podría haber ocurrido lo contrario, y de hecho, tanto los celacantos sudafricanos como los indonesios eran ya conocidos por los indígenas mucho antes de que la ciencia reparara en ellos. Por esta razón, también se llama “fósiles vivientes” a otros organismos que, sin haber sido conocidos de antemano en estado fósil, son, como los celacantos, los únicos supervivientes de un grupo que fue mucho más floreciente en épocas pasadas. Es lo que ocurre con el gingko, árbol originario de China y único representante actual de un grupo que estuvo extendido por todo el mundo durante el Mesozoico. Es también el caso de las araucarias, una familia de coníferas muy extendida durante el Jurásico y el Cretácico, y restringida hoy a unas decenas de especies en el hemisferio sur. Como el pino parasol de Japón, el único superviviente de un grupo de doscientos treinta millones de años de antigüedad. Entre los animales, el monito del monte, un pequeño marsupial con aspecto de lirón que habita en los bosques húmedos de altitud del sur de Argentina y Chile, está más emparentado con los marsupiales de Australia que con los de Sudamérica, y sus parientes más cercanos se extinguieron hace más de treinta y cinco millones de años. El tuátara, reptil endémico de Nueva Zelanda, es el único representante viviente de los esfenodontes, muy diversos y extendidos por todo el mundo durante el Mesozoico. Y la avispa Syntexis libocedrii, que sólo pone sus huevos en los bosques recién quemados de libocedros, tuyas y enebros de las montañas de California y de la Columbia Británica, es la única especie superviviente de la familia de los anaxiélidos, que floreció durante el Mesozoico. Forzando un poco esta definición de fósil viviente, se ha considerado también como tal al ratón chipriota, nativo de la isla de Chipre y descubierto en 2004. Es el único mamífero terrestre descubierto en Europa en los últimos cien años, y una de las tres únicas especies de mamíferos endémicas de las islas del Mediterráneo (junto con dos especies de musaraña) que han sobrevivido a la colonización humana.

Pero tampoco era ése el sentido original de la expresión “fósil viviente”. El primero que la empleó fue Charles Darwin, en su libro “El origen de las especies”, y con ella se refería a los seres primitivos, como el ornitorrinco y los peces pulmonados o dipnoos, que han sobrevivido hasta el presente en un área restringida donde han estado expuestos a una competición menos intensa. Para Darwin, son seres primitivos los que se han conservado sin cambios desde un pasado remoto. En este sentido, se consideran fósiles vivientes la planta con flores Amborella, de las selvas de Nueva Caledonia, que carece de los vasos para el transporte de savia característicos de este tipo de plantas; el cerdo hormiguero, nativo de África, con características anatómicas que le relacionan con ciertos ungulados desaparecidos hace más de cincuenta millones de años; el conejo de las islas Ryukyu, semejante a los conejos fósiles del periodo Mioceno, con cinco millones de años de antigüedad; el okapi de las selvas centroafricanas, semejante a los jiráfidos del Mioceno; y el rinoceronte de Sumatra, que está más emparentado con especies extintas, como el rinoceronte lanudo, que con las actuales. Pero no siempre los rasgos aparentemente primitivos significan que la especie en cuestión ha permanecido inmutable desde tiempos remotos. Los polluelos del hoacín, un ave de la selva del Amazonas, se caracterizan porque tienen dos garras en cada ala, de las que se sirven para trepar por los árboles. Se ha comparado al hoacín con las aves fósiles más antiguas, como Archaeopteryx, pero en realidad no guarda con ellas una relación especialmente estrecha; de hecho, el hoacín está emparentado con los cucos, los correcaminos y los turacos africanos, que carecen de esos rasgos aparentemente primitivos.

En un sentido más amplio, también se llama fósiles vivientes a los grupos de seres vivos que se han mantenido sin cambios importantes a lo largo de las eras, aunque no se encuentren restringidos en la actualidad a unas pocas especies o a un área pequeña. Así, se consideran fósiles vivientes las esponjas, que apenas han cambiado desde hace más de cuatrocientos cincuenta millones de años; los lirios de mar y los cangrejos cacerola, que tienen más de cuatrocientos millones de años de antigüedad, los esturiones, con doscientos millones de años; las salamandras gigantes, con unos ciento sesenta millones de años, los cocodrilos, con más de ochenta millones de años de antigüedad… Se pueden poner muchos más ejemplos; de hecho, con esta definición, incluso los mamíferos y las aves, aparecidos hace doscientos y ciento cincuenta millones de años respectivamente, serían fósiles vivientes; en realidad, todos los grandes grupos de seres vivos lo serían, puesto que ninguno ha surgido después del final del Mesozoico, hace sesenta y cinco millones de años.
Como vemos, no existe una sola definición de lo que es un fósil viviente. Y la aplicación de la expresión es bastante arbitraria: A ciertas especies nunca se las ha denominado fósiles vivientes, aunque objetivamente cumplan con los requisitos. Es el caso de dos grandes mamíferos americanos: el pecarí del Chaco, descubierto en estado fósil en 1930, y considerado extinto hasta que un ejemplar fue capturado en 1971, y el berrendo o antílope americano, único representante actual de la antaño numerosa familia de los antilocápridos, una familia de rumiantes exclusivamente norteamericanos que se caracterizan por sus astas, formadas por una funda córnea que crece alrededor de un núcleo de hueso, como en los bóvidos, pero que se muda todos los años, como en los ciervos. Curiosamente, el berrendo conserva además un rasgo que podemos considerar primitivo: Su gran rapidez. El berrendo puede alcanzar una velocidad punta de noventa y ocho kilómetros por hora, y mantener una velocidad de ochenta y seis kilómetros por hora durante una o dos horas. Pero en las praderas norteamericanas donde vive el berrendo no existe ningún depredador tan rápido. Los berrendos no tienen enemigos naturales en la actualidad. Si son tan veloces, es porque hasta hace unos veinte mil años vivía en Norteamérica un felino similar al guepardo, el llamado guepardo americano, aunque no se sabe con seguridad si estaba más estrechamente emparentado con el guepardo actual o con el puma. Fue la presencia de este depredador hoy extinguido, que podía alcanzar una velocidad punta de más de cien kilómetros por hora, la que forzó al berrendo a desarrollar su gran velocidad, que ha conservado hasta nuestros días aunque ya no le sea necesaria.

Se puede tener la idea de que, en los fósiles vivientes, la evolución se ha detenido. Pero el hecho de que la morfología externa de ciertos seres vivos se haya conservado invariable a lo largo del tiempo no significa que dichos organismos no hayan podido sufrir otras modificaciones. Hay muchos aspectos de las especies fósiles que no conocemos: su comportamiento, su fisiología, su metabolismo… En 2007 se pudo estudiar por primera vez el esqueleto interno de la aleta de un celacanto fósil. Estas aletas, aparentemente idénticas a las de los celacantos vivientes, han resultado ser muy diferentes: Su estructura es asimétrica, mientras que en las especies actuales es simétrica.

Por otra parte, la expresión “fósil viviente” evoca una discontinuidad entre las especies vivientes y las especies fósiles, una barrera que el fósil viviente, con su mera existencia, ha roto; es como si el fósil viviente hubiera infringido alguna misteriosa ley natural. Pero no existe tal ley. Todos los organismos, extintos y vivientes, forman parte de un mismo árbol de la vida; todos, cada uno en la época en la que le tocó vivir, se han regido por las mismas leyes naturales. Unos han sobrevivido y otros no. Eso es todo. Por estas razones, a los biólogos y a los paleontólogos no les gusta hablar de fósiles vivientes; es una terminología que en la actualidad sólo emplean los medios de comunicación. Porque con tantas definiciones, casi cualquier organismo o grupo de organismos puede ser considerado un fósil viviente. Pensemos, por ejemplo, en unos primates que aparecieron hace unos siete millones de años en el este de África y que con el paso del tiempo se diversificaron y se extendieron por el mundo. Hoy sólo sobrevive una especie de este grupo, el de los homininos. Somos nosotros. ¿Es también el ser humano un fósil viviente?


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