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El Neutrino

El neutrino es una partícula esquiva, en apariencia insignificante, pero necesaria para explicar el mundo. Ni la radiactividad, ni el big bang, ni el Modelo Estandar de la física de partículas serían posibles sin él. Con El neutrino, un blog nacido en febrero de 2009, el físico y escritor Germán Fernández pretende acercar al lector, y ahora al oyente, al mundo de la ciencia a partir de cualquier pretexto, desde un paseo por el campo o una escena de una película, hasta una noticia o el aniversario de un investigador hace tiempo olvidado.

Marie Curie, mártir de la ciencia. La mujer en la ciencia

Marie Curie - El Neutrino - Cienciaes.com

Marie Curie, nacida Marja Skłodowska en Varsovia el 7 de noviembre de 1867, fue una de las primeras víctimas de la radiactividad. Murió el 4 de julio de 1934 como consecuencia de su continuada exposición a la radiación durante sus investigaciones.

Todo comenzó en 1887 con el estudio de la radiactividad de diversos minerales. Marie Curie observó que la pechblenda era cuatro veces más radiactiva que el uranio puro, y dedujo que debía contener otra sustancia más activa que el uranio. Así descubrió en 1898 el polonio y el radio. Para aislar el radio hicieron falta toneladas de pechblenda y años de trabajo, años en los que ella y su marido, Pierre Curie, sufrieron sin saberlo los efectos de la exposición a la radiación, unos evidentes, como llagas y quemaduras en los dedos, y otros no tanto, como la pérdida de peso de Marie (casi diez kilos) y los episodios de dolor y fatiga que obligaban a Pierre a guardar cama y que quizá causaron indirectamente su muerte: Pierre Curie murió atropellado por un coche de caballos en 1906. También el aborto que sufrió Marie Curie en 1903 pudo estar relacionado con la exposición a la radiación.

Aunque ya en los primeros años del siglo Pierre Curie había estudiado los efectos nocivos del radio en los seres vivos, Marie Curie continuó trabajando sin protección toda su vida. Llevaba tubos de ensayo con isótopos radiactivos en el bolsillo y los guardaba en el cajón de su escritorio. Incluso hablaba con alegría de la bonita luz verde-azulada que emitían en la oscuridad.
Durante la Primera Guerra Mundial, Marie Curie participó en la concepción de unidades quirúrgicas móviles capaces de realizar radiografías, que fueron bautizadas con el nombre de Petites Curies. Ella misma, desde que obtuvo el permiso de conducir en 1916, recorrió el frente haciendo radiografías, sin protección, a los soldados heridos.

En 1920 perdió casi completamente la vista, afectada por cataratas probablemente provocadas por la radiación. En 1925 participó en una comisión de la Academia Francesa de Medicina que recomendó el uso de pantallas de plomo y la realización de análisis periódicos de sangre para los trabajadores de las industrias que utilizaban materiales radiactivos, pero nunca llegó a creer que los investigadores estuvieran expuestos a los mismos peligros. De todos modos, seguramente para ella ya era tarde.

Su salud no dejó de deteriorarse en sus últimos años. En mayo de 1934, un ataque de gripe la obligó a guardar cama. Ya no se recuperó. Murió el 4 de julio ese mismo año por una anemia aplásica perniciosa: la médula ósea, dañada por la prolongada exposición al radio y a los rayos X, ya no era capaz de producir células sanguíneas.

Aún hoy en día, algunos de sus papeles se conservan en cajas de plomo, y para consultarlos es necesario usar ropas protectoras.

Marie Curie suele ponerse como ejemplo de la indudable capacidad de la mujer para conseguir los mismos logros, científicos en este caso, que el hombre. Acabó siendo más célebre que su marido, pero no lo tuvo nada fácil. Hay que recordar que, inicialmente, Marie Curie no formaba parte de la candidatura al Premio Nobel de Física de 1903, y sólo fue incluida debido a la insistencia del propio Pierre Curie; y que si Marie Curie se convirtió en la primera mujer profesora en la Sorbona, fue porque heredó el puesto de su difunto marido. Cabe preguntarse cómo se habría escrito la historia si Pierre Curie no hubiese muerto prematuramente, atropellado por un coche de caballos…

Afortunadamente, los tiempos han cambiado, y las carreras científicas ya no son coto exclusivo de los varones. Lejos queda la época de Elsa Neumann, la primera mujer que obtuvo un doctorado en Europa, en 1899. Para estudiar en la Universidad, Elsa Neumann, nacida en Berlín en 1872, tuvo que conseguir un permiso especial de cada uno de los profesores a cuyas clases deseaba asistir.
Hoy en día, según datos de la UE, las mujeres reciben el 45% de los títulos de doctorado en Europa. Sin embargo, aunque el acceso a la educación ya sea igualitario, las mujeres siguen encontrando trabas para el desarrollo de una carrera científica: sólo representan el 30% de los investigadores, y dirigen el 16% de los proyectos de investigación. Se pueden apuntar dos causas para esta situación, ambas relacionadas con una imagen de la mujer que aún perdura en nuestra sociedad.

En primer lugar, mientras que a un hombre se le valora principalmente por sus cualidades intelectuales y de carácter, en la valoración de la mujer se siguen anteponiendo los aspectos puramente estéticos. Así pasó con la actriz austriaca Hedy Lamarr. Hedy Lamarr, nacida Hedwig Kiesler en 1913, fue una niña superdotada; empezó a estudiar ingeniería con sólo 16 años. Durante la Segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos, trabajó en el desarrollo de tecnologías militares; en 1942 patentó un sistema de comunicaciones para el guiado de misiles que no podía ser interceptado por el enemigo. Para ello desarrolló el concepto de espectro ensanchado, la transmisión de una señal en un rango amplio de frecuencia, variando ésta según un código sólo conocido por el emisor y el receptor. Es una técnica que se emplea actualmente en la telefonía móvil, en las redes Wi-Fi, en el Bluetooth… Y, sin embargo, hoy sólo se recuerda a Hedy Lamarr por su carrera cinematográfica, y principalmente por ser la primera mujer que apareció desnuda en una película comercial, Éxtasis, en 1933.

El segundo obstáculo que se presenta a la mujer a la hora de emprender una carrera científica es la dificultad para compatibilizar la dedicación profesional con la vida familiar. Esta incompatibilidad, que no se da en el caso de los hombres, se explica sólo en parte por los motivos biológicos evidentes e inevitables; tiene también un componente social; todavía hoy se acepta más la supeditación de la mujer al desarrollo profesional del varón que el caso inverso. Es lo que le ocurrió a Mileva Marić, primera esposa de Albert Einstein. Mileva Marić, nacida en Serbia en 1875, era una estudiante brillante. Estudió Física y Matemáticas en Zúrich y Heidelberg. En el Instituto Politécnico de Zúrich conoció a Einstein, de quien en 1901 quedó embarazada. Fue el fin de su carrera.

Las cosas han cambiado desde entonces, no cabe duda, pero aún queda camino por recorrer.

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo

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