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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
En este programa, la Fundación Grande Covián y Jorge Laborda ofreceen un nuevo episodio de Quilo in Memoriam, en el que el doctor Francisco Grande Covián, un eminente científico español, experto mundial en el área de fisiología y la nutrición humana, desaparecido en 1995, nos habla con su propia voz y estilo recuperados por inteligencia artificial de los problemas y de las ideas equivocadas que sobre el empleo terapéutico de las vitaminas se conocían hacia finales de los años 80 del siglo pasado. En este caso, sus palabras nos ilustran sobre lo mucho que se conocía y también sobre lo mucho que se desconocía todavía por aquellos años acerca de algunas de las vitaminas y sus efectos.
Tras escuchar el doctor Grande Covián, Jorge Laborda actualiza algunos de los aspectos que menciona.
Grande Covián parte de un hecho incuestionable: las vitaminas son imprescindibles para la vida. Todas ellas han sido identificadas, caracterizadas químicamente y estudiadas en cuanto a su función biológica. Sabemos en qué alimentos se encuentran, qué papel desempeñan en el metabolismo y qué enfermedades aparecen cuando faltan. Desde el punto de vista médico, este conocimiento fue revolucionario. Sin embargo, el autor subraya con firmeza que las vitaminas no son medicamentos en el sentido clásico. Su función terapéutica es muy concreta: corregir un defecto metabólico causado por su carencia. Fuera de ese contexto, su eficacia es, en el mejor de los casos, muy limitada.
Para explicar esta idea, Grande Covián recurre a la bioquímica. Muchas vitaminas, sobre todo las del grupo B, actúan como coenzimas, es decir, como piezas indispensables para que determinadas enzimas funcionen. Si la vitamina falta, la reacción metabólica se bloquea; si está presente, la reacción ocurre con normalidad. Pero una vez cubiertas todas las necesidades del organismo, añadir más vitamina no mejora el proceso. Es como intentar completar un puzle colocando varias veces la misma pieza o como llevar una bujía de repuesto en el maletero del coche: no aporta ninguna ventaja adicional. De ahí que una dieta equilibrada, capaz de cubrir las necesidades energéticas y nutricionales de una persona sana, suela proporcionar también todas las vitaminas necesarias.
Esta reflexión lleva a una crítica directa del uso indiscriminado de suplementos vitamínicos. Para Grande Covián, no hay razón científica para esperar beneficios de la administración de vitaminas en personas bien alimentadas, salvo en situaciones concretas de malabsorción, enfermedades específicas o déficits demostrados. A pesar de ello, la percepción popular ha sido muy distinta, y uno de los ejemplos más claros es el de la vitamina C.
La vitamina C ocupa un lugar especial porque los humanos no podemos sintetizarla, a diferencia de la mayoría de los animales. Esta particularidad, unida a su baja toxicidad, la convirtió en la candidata ideal para la llamada “terapéutica megavitamínica”: la idea de que si una dosis normal es buena, una dosis mucho mayor será mejor. Esta corriente alcanzó gran popularidad a partir de los años cincuenta y se vio reforzada por las afirmaciones del prestigioso químico Linus Pauling, quien defendió que grandes cantidades de vitamina C podían prevenir el resfriado común. Grande Covián analiza críticamente esta propuesta y concluye que los ensayos clínicos no han demostrado de forma convincente tal efecto. Además, advierte de posibles riesgos asociados al consumo prolongado de dosis muy elevadas, como alteraciones en el metabolismo del hierro, aumento del oxalato urinario o fenómenos de rebote tras la retirada brusca.
Su postura es igualmente prudente respecto a las vitaminas liposolubles, como la A y la D, que sí se acumulan en el organismo y pueden resultar tóxicas si se consumen en exceso. En el caso de la vitamina A, reconoce que existen datos sugerentes sobre un posible efecto protector frente a ciertos cánceres, pero insiste en que la toxicidad y la dificultad para separar los efectos de la vitamina A de los de los carotenos aconsejan cautela. En resumen, su mensaje es claro: las vitaminas son esenciales, pero no milagrosas, y su uso terapéutico debe estar guiado por la evidencia científica.
Décadas despues de aquel escrito, Jorge Laborda retoma estas ideas con admiración y espíritu crítico. Muchas de las afirmaciones de Grande Covián, señala, siguen siendo plenamente válidas. La medicina basada en la evidencia ha confirmado, por ejemplo, que la vitamina C no previene el resfriado común. A lo sumo, puede reducir ligeramente su duración si se toma de forma regular antes de enfermar, pero no tiene efecto terapéutico una vez aparecen los síntomas. Este hecho llevó a que, en los años noventa, las agencias reguladoras limitaran las alegaciones médicas asociadas a la vitamina C y la relegaran al ámbito de los suplementos alimenticios.
No obstante, Laborda introduce matices importantes. Uno de ellos es que el concepto de vitamina puede ser dependiente de la especie. Aunque para los humanos las vitaminas clásicas están bien definidas, hoy sabemos que algunas moléculas actúan como vitaminas solo en ciertos organismos. Un ejemplo fascinante es el colesterol en los insectos: estos no pueden sintetizarlo y lo necesitan obligatoriamente para producir la hormona de la muda. Para ellos, el colesterol es tan esencial como la vitamina C lo es para nosotros. Este hecho amplía la definición tradicional de vitamina y muestra que no se trata de una categoría rígida y universal.
Otro punto de actualización es la idea de que todas las vitaminas se descubrieron antes de mediados del siglo XX. Laborda explica que en los últimos años se ha propuesto la existencia de una nueva vitamina, la llamada vitamina A5, un retinoide que no actúa como coenzima, sino como regulador de la expresión génica mediante la activación de un receptor nuclear. Este hallazgo refuerza una noción que apenas empezaba a vislumbrarse en tiempos de Grande Covián: algunas vitaminas no regulan reacciones químicas, sino genes. En esta línea, Laborda matiza también la afirmación de que las vitaminas no estimulan la síntesis de las proteínas con las que colaboran. Aunque esto es cierto en la mayoría de los casos, existen excepciones importantes, especialmente en las vitaminas A y D, que pueden inducir la expresión de sus propios receptores y modular así la actividad genética de la célula.
Finalmente, Laborda revisa el papel de la vitamina A en la prevención del cáncer con datos más recientes. A diferencia del optimismo moderado de algunos informes de los años ochenta, los grandes ensayos clínicos posteriores han mostrado resultados contradictorios. En algunos grupos, como los fumadores, la suplementación incluso aumentó el riesgo de cáncer de pulmón. La conclusión actual es contundente: los suplementos vitamínicos no previenen el cáncer en la población sana. El verdadero efecto protector parece residir en el patrón dietético global y en los hábitos de vida, no en la ingesta aislada de una vitamina concreta.
Integradas, las visiones de Grande Covián y Jorge Laborda ofrecen una lección de gran actualidad. Las vitaminas son piezas fundamentales de nuestra biología, pero no sustituyen a una alimentación equilibrada ni a la prudencia científica. La historia de su uso terapéutico muestra hasta qué punto el entusiasmo puede adelantarse a la evidencia y cómo el conocimiento científico, con el tiempo, acaba imponiendo matices, límites y correcciones. En definitiva, comer variado, desconfiar de las soluciones milagro y atender a lo que dicen los datos sigue siendo, hoy como ayer, el mejor consejo.
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