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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

La aspirina, el regalo del Dios Sauce.

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Medicina para los heridos griegos.

Hace más de dos mil quinientos años, en Grecia, el sabio Hipócrates pensaba que la naturaleza nos proporciona, al mismo tiempo, males y remedios, pero deja a los hombres el trabajo de encontrarlos. Entre los males de aquellos tiempos estaba la guerra. Las contiendas eran contínuas y los hombres sufrían tremendas heridas con sus espadas, lanzas y flechas. Los soldados utilizaban emplastos de corteza de sauce para combatir el dolor y la inflamación, nadie sabía quién había descubierto el remedio pero era realmente efectivo. Hipócrates se enteró de la existencia de este regalo de la Naturaleza y decidió profundizar en el estudio del árbol sagrado para buscar nuevas formas de curar. Con el jugo de la corteza machacada, el sabio fabricó infusiones y remedios que ayudaron durante muchos siglos a bajar las fiebres, calmar el dolor y reducir la inflamación de personas que sufrían las más variadas dolencias. A todos ellos los protegía bajo sus ramas “El Dios Sauce”

La corteza del sauce fue utilizada como remedio en todas las civilizaciones: los médicos chinos la empleaban para reducir el dolor y la inflamación, los egipcios utilizaban la imagen y la presencia del sauce como un signo de alegría en las celebraciones y los indios americanos acostumbraban a utilizar la corteza del sauce para aliviar el dolor, la hinchazón y las fiebres. La fama del sauce superó las barreras del tiempo y sus propiedades fueron estudiadas por eruditos de muchas ramas del conocimiento, médicos, alquimistas y, posteriormente, químicos. Para todos ellos, las propiedades de la corteza del sauce yacían ocultas en algún compuesto químico encerrado en él pero carecían de medios para extraerlo.

La química ayuda a aislar el poder analgésico del sauce

En 1828, los químicos habían logrado desarrollar una larga serie de procedimientos para analizar y estudiar multitud de sustancias. Tanto en Alemania como en Francia había farmacólogos que luchaban por descubrir el secreto que encerraba la corteza del sauce. Fue Johann Buchner, un farmacólogo de Munich quien, después de ímprobos esfuerzos, logró aislar una sustancia que se presentaba en forma de cristales amarillos de sabor amargo. Llamó al compuesto “salicina”, un nombre que recuerda a la denominación latina del árbol: Sálix Alba.

A medida que avanzaba el siglo XIX, los químicos iban encontrando métodos más fáciles y baratos de obtener compuestos de la salicina. Las aplicaciones también fueron aumentando. En 1876, dos científicos alemanes llamados Stricker y Reiss recomendaban combatir el reumatismo agudo con dosis de 5 o 6 gramos diarios de ácido salicílico y otros médicos proponían su uso para tratar la artritis y la gota. Pero no todo eran ventajas, el ácido salicílico hacía estragos en el estómago de algunos enfermos hasta el punto que, en ciertos casos, el remedio era peor que la enfermedad. Uno de ellos fue el padre del químico alemán Félix Hofmann.

Aspirina para un padre enfermo

Hofmann era químico y se dedicaba a estudiar uno de los campos más prometedores del momento: los tintes de anilina. La empresa para la que trabajaba tenía por nombre “Friedrich Bayer y Compañía”. Félix Hofmann tenía algunos problemas en el trabajo y… en su casa. Su padre estaba muy enfermo, la artritis le provocaba constantes dolores y, aunque intentaba paliar sus efectos tomando polvos de ácido salicílico, su estómago no lo soportaba. Imaginando que el problema se debía a la acidez del fármaco, Félix Hofmann se concentró en la tarea de encontrar un nuevo compuesto de la salicina que fuera menos ácido. Después de muchos esfuerzos, sus investigaciones se vieron coronadas por el éxito y logró sintetizar el ácido acetilsalicílico. El padre de Hofmann probó el nuevo producto y mejoró inmediatamente.

Por desgracia, los jefes de Hofmann no compartían el entusiasmo del químico. Dudaban del valor comercial del ácido acetilsalicílico, entre otras cosas, porque consideraban –sin haberlo probado- que debilitaría el corazón de los enfermos, como sucedía con otros compuestos de la salicina. A pesar del poco entusiasmo inicial, la empresa decidió sacar el producto al mercado. Bayer llamó al compuesto “aspirina”, -la “a” era una abreviatura de “acetil” y el término “spirina” derivaba del nombre alemán con el que se conoce la salicina. Poco podían sospechar que más de un siglo después se habrían vendido más de 650 billones de pastillas utilizadas para aliviar las penas de miles de millones de personas de todo el mundo. ¡Gracias, Dios Sauce!.

En estos momentos se utiliza la aspirina para aliviar el dolor, para disminuir la inflamación y la fiebre, para calmar el nerviosismo y tiene su campo de aplicación en un número enorme de enfermedades como el reumatismo, la artritis, las úlceras, el infarto de miocardio o el infarto cerebral. Sus propiedades siguen siendo materia de investigación y uno de los campos en los que el avance ha sido más interesante es el que trata de los efectos de la aspirina en los pacientes en riesgo de infarto de miocardio. Nos ayuda a comprender estas cosas el Dr. Antonio López Farré, Investigador del Instituto Cardiovascular del Hospital Clínico San Carlos.


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