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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.

Edison y el calor de las estrellas.

Edison y sus inventos

En el mes de julio de 1878, los astrónomos habían predicho que la sombra de un eclipse total de Sol recorrería las tierras de Wyoming y Thomas Alba Edison hizo las maletas para viajar hasta Rawlins con la idea de aprovechar el acontecimiento astronómico para probar uno de sus inventos. Junto a sus maletas, cuidadosamente embalado, viajaba el “tasímetro”, un aparato capaz de medir el calor de las estrellas, algo que, sin duda, supondría un avance enorme para la ciencia de la astronomía.

“Consiste —explica Edison en uno de sus escritos— en una base de carbón situada entre dos placas metálicas. Una corriente eléctrica pasa de una placa a otra a través del carbón. Una pieza de caucho se coloca encima de tal forma que presiona las placas. Todo el sistema está conectado a un galvanómetro, que mide el paso de la corriente, y a una batería. Cuando la luz de una estrella se enfoca con un telescopio a la pieza de caucho, ésta se calienta y se expande presionando las placas y acercándolas entre sí, el carbón situado entre ellas se comprime y permite un aumento de la corriente que se refleja en la aguja del galvanómetro. El frío contrae la goma y produce el efecto contrario. Mediante este aparato se puede medir una diferencia de temperatura de una millonésima de grado.”

El eclipse estaba previsto para el día 29 y Edison se había propuesto medir la temperatura de la corona solar, o sea, la atmósfera que rodea al astro rey. Su idea consistía en enfocar el tasímetro hacia la corona justo en el momento en el que la Luna hubiera tapado por completo el disco solar.

Cuando Edison llegó a Rowling comenzaron las dificultades. No encontró mejor lugar para hacer las observaciones que un desvencijado gallinero, allí colocó el tasímetro y, dado que se trataba de un aparato muy sensible, comenzó a calibrarlo con toda delicadeza. La noche anterior al eclipse acopló un telescopio, lo enfocó a la estrella Arturo, la más brillante de la constelación del Boyero, y proyectó la luz hacia la barra de caucho vulcanizado del tasímetro. Después de no pocas pruebas y ajustes, la aguja del galvanómetro se desvió indicando que el instrumento había captado el calor de la estrella. Todo quedó a punto para el experimento.

El día 29, los duendes comenzaron a enredar. Se levantó un fuerte viento que empezó a sacudir los frágiles troncos sobre los que se asentaba el gallinero amenazando con derribar el improvisado observatorio. Edison llegó a tiempo de ver cómo las vibraciones de la estructura habían desajustado totalmente su invento. Apenas faltaban unas horas para el eclipse y el viento arreciaba, así que corrió a pedir ayuda. Logró reunir un buen número de personas que se pusieron inmediatamente a reforzar la estructura y a protegerla con una empalizada exterior. Edison volvió a ajustar el tasímetro justo a tiempo de ver cómo el viento desviaba el telescopio haciéndolo perder el enfoque. El disco de la Luna asomó por el borde solar y comenzó a cubrirlo lentamente. El inventor aseguró el telescopio con unas cuerdas y comenzó a calibrar de nuevo su aparato. A las tres y cinco, el disco lunar había cubierto siete octavas partes del Sol y una penumbra grisácea se iba apoderando del ambiente. Edison, fuera de sí, aun trabajaba calibrando el tasímetro cuando llegó la oscuridad total. Un minuto antes del final del eclipse, lo logró. La luz de la corona solar entró por la pequeña abertura del instrumento e, instantáneamente, el calor provocó un brusco despertar de la aguja del galvanómetro. Edison saltó de júbilo. El experimento demostraba que la corona solar desprendía, al menos, 15 veces más calor que la estrella Arturo.

El experimento fue un éxito, aunque Edison no pudo determinar con exactitud la sensibilidad de las medidas porque no tuvo tiempo de repetirlo. Lo que quedó claro fue que la atmósfera del Sol, por su cercanía, calienta más la Tierra que las lejanas estrellas.

Escuchen ustedes la biografía de Thomas Alba Edison.

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