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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.

Volar con el suave empuje del viento. Inventores de los globos aerostáticos.

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Hoy les invitamos a escuchar la biografía de los hermanos Joseph-Michel (1740-1810) y Jacques-Étienne (1745- 1799) Montgolfier, considerados como los inventores del globo aerostático. Como suele suceder a lo largo de la historia de la ciencia, no fueron los únicos, antes que ellos otros desarrollaron la misma idea aunque con menos éxito. Así pues, la historia de la invención de los globos aerostáticos quedaría coja sin la mención de otros dos pioneros: el físico y matemático de origen brasileño Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685 – 1724) y el científico francés Jacques Alexandre César Charles (1746 – 1823)

Bartolomeu Lourenço de Gusmâo

Bartolomeu Lourenço de Gusmâo diseñó y probó los primeros artilugios impulsados por la fuerza ascensional del aire caliente, aunque no llegó a hacer volar a un ser humano con ellos. El propio Bartolomeu describió su invento con estas palabras: “una máquina por medio de la cual se puede caminar por el aire con mucha más rapidez que por tierra o por mar

Al padre Bartolomeu, que era jesuita, la inspiración se le apareció en forma de pompa de jabón. Un día observaba distraído el deambular de una pompa por el aire cuando constató un hecho curioso: al pasar por encima de una vela encendida la pompa se elevó bruscamente arrastrada por el aire caliente que emanaba de la llama. Por aquel entonces, el científico portugués –Brasil era colonia de Portugal – tenía ya en su haber varios inventos y una esmerada preparación en matemáticas y ciencias fruto de sus estudios en la Universidad de Coímbra. Al observar el comportamiento de la pompa de jabón, Bartolomeu comprendió que el aire caliente se eleva porque es más liviano que el frío y, por lo tanto, podría servir de motor para elevar cuerpos y hacerlos flotar en el mar de aire.

Estos razonamientos fueron el comienzo de una larga aventura. Sus primeros intentos fueron simples globos de papel que hacía ascender henchidos por el aire caliente desprendido por una llama. Convencido de la valía de su invento, comenzó a diseñar artefactos alimentados de esta manera y convenció al monarca de Portugal, Joao V, de su valor potencial tanto para transportar objetos por el aire como por sus aplicaciones bélicas. Tanta fue la vehemencia del jesuita que el monarca le pidió una demostración práctica de sus teorías. El 3 de agosto de 1709, en la Sala de Audiencias del Palacio Real, infló un globo de papel con tan mala suerte que salió ardiendo entre el alboroto de los presentes por el peligro de incendio. Dos días después lo intentó de nuevo, esta vez con relativo éxito. El globo comenzó a ascender ante la asombrada audiencia pero los sirvientes del rey, temiendo que provocara un incendio lo destruyeron antes de alcanzar el techo.

Su gran triunfo tuvo lugar tres días más tarde, el 8 de agosto de 1709, cuando, de nuevo ante el monarca del Portugal y su séquito, logró que un enorme globo inflado con aire caliente se elevara varios metros sobre el suelo y volviera a caer suavemente al agotarse la llama que lo alimentaba.

Aquel triunfo tuvo una gran repercusión y el Rey concedió Bartolomeu Lourenço de Gusmão los derechos sobre cualquier artilugio flotante. A partir de ese momento fue apodado con el sobrenombre de “padre volador”.

Sin embargo, la fama tuvo nefastas consecuencias para el inventor. El pueblo llano se mofaba de él y las autoridades eclesiásticas, representadas por el Nuncio de Lisboa y futuro Papa Inocencio XIII, un conocido enemigo de los jesuitas, reprendieron a Lourenço de Gusmão por los peligros de incendio que entrañaba el manejo de los globos. Por si esto fuera poco, algunos asociaron la nave voladora con el diablo y la Santa Inquisición, que de todo era menos santa, lo persiguió con tal saña que se vio obligado a huir a España. Falleció en Toledo, a los 39 años de edad sin ver cumplido su sueño: hacer volar a los seres humanos con sus extrañas máquinas o Passarolas , como él las llamaba.

Setenta y cuatro años después nadie recordaba al “Padre Volador” y nadie lo recordó cuando el 4 de Junio de 1783 el inmenso globo de papel de 800 metros cúbicos, diseñado por Joseph y Étienne Montgolfier se elevó hasta una altura de más de mil metros por encima de la villa francesa de Annonay, como les contamos en la biografía.

Jacques Alexandre César Charles

Curiosamente, los Montgolfier eran fabricantes de papel y carecían de los conocimientos científicos necesarios para interpretar correctamente la fuerza que impulsaba sus globos. Inicialmente atribuían la fuerza de ascensión al humo desprendido por la paja y otros combustibles con los que calentaban el aire que llenaba sus artefactos. Quien sí tenía los conocimientos adecuados era el científico francés Jacques Alexandre César Charles quien, aprovechando sus conocimientos, de hecho es autor de una de las leyes de los gases ideales en física, se dijo. “Si la madera flota sobre el agua por ser menos densa que ella, un gas menos denso que el aire flotará en el aire”. Con este principio como base, llenó un enorme globo con hidrógeno, mucho más liviano que el aire, y lo soltó en París el 27 de agosto de 1783. El globo recorrió 25 kilómetros y fue a caer en una aldea donde, una vez más, el objeto volador fue identificado como un presente del diablo y destruido por aldeanos.

El 1 de diciembre de 1783 el propio Charles y otro acompañante se elevaron hasta los 3.000 metros de altura en un globo de hidrógeno. Charles no fue el primero en volar en un globo, ese mérito correspondió a los Hermanos Montgolfier, quienes mes y medio antes habían logrado elevar uno de sus enormes “montgolfieras” – que así los denominaban- con dos personas a bordo.

Así pues, Joseph-Michel y Jacques-Étienne Montgolfier fueron pioneros en los viajes tripulados en globo aerostático y por ello les dedicamos esta biografía. Les invitamos a escucharla.

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