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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.

¿Tienen inteligencia las máquinas? Alan Turing

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Alan MathisonTuring (1912 – 1954) fue un ser humano con una mente extraordinaria. Considerado como uno de los fundadores de la ciencia de la computación, fue matemático, filósofo, hábil decodificador, visionario y, aunque este aspecto no debería aparecer aquí como algo especial, dado el trato vejatorio que recibió por ello, lo diré, era homosexual. No vamos a profundizar en la desgracia, la biografía que les invitamos a escuchar hoy es muy elocuente.

Entre los muchos trabajos de Turing hubo un artículo, publicado en la revista Mind en 1950, que provocó tal conmoción que, aún hoy, se sienten los efectos de su onda expansiva. Llevaba por título Computing Machinery and Intelligence y en él planteaba por primera vez una forma de dilucidar si una máquina es capaz de pensar o no, dicho con otras palabras, si es inteligente en el sentido humano de la palabra “inteligencia”. Aquella propuesta es conocida como “Test de Turing”.

Dado que el texto de Turing es demasiado largo para ser expuesto aquí (más abajo les facilito el archivo original en pdf, en inglés) voy a traducir para ustedes los primeros párrafos para que se hagan una idea de las propuestas que hacía:

El juego de la imitación.
Propongo examinar esta cuestión: ¿Pueden pensar las máquinas?. Deberíamos comenzar con definiciones de términos como ‘máquina’ y ‘pensar’. Estas definiciones podrían ser ajustadas de tal manera que fueran capaces de reflejar, en lo posible, el normal uso de estas palabras, pero esta actitud es peligrosa. (…)

Una nueva forma de enfocar el problema puede ser descrita en términos de un juego que llamamos el “juego de la imitación.” Se hace entre tres personas, un hombre (A), una mujer (B), y un interrogador © que puede ser de uno u otro sexo. El interrogador se encuentra en una sala distinta a la de los otros dos (y no puede verlos). Para el interrogador, el objetivo del juego consiste en averiguar cuál de los otros dos es el hombre y la mujer. Los identifica con las etiquetas X e Y , y al final del juego decide si “X es A e Y es B” o “X es B e Y es A.” Al interrogador se le permite hacer preguntas a A y B de esta manera:

C (interrogador): ¿Puede decirme X la longitud de su pelo?

Ahora supongamos que X es realmente A, entonces debe ser A quien responda. Uno de los objetivos del juego consiste en tratar de confundir a C para que haga una identificación errónea. Su repuesta podría ser entonces:

“Mi cabello está cortado a capas y los pelos más largos miden nueve pulgadas”

Con el fin de que el tono de voz no pueda ayudar al interrogador, las respuestas deben ser escritas o, mejor todavía, escritas a máquina. La disposición ideal sería tener una impresora comunicando ambas habitaciones (…) El objetivo del juego para el tercer jugador (B) debe ser el de ayudar al interrogador. La mejor estrategia para ella, probablemente, consistiría en dar respuestas veraces, tales como “Soy una mujer, no le haga caso”, pero de nada serviría porque el hombre puede hacer comentarios similares.

Ahora hacemos esta pregunta: ¿Qué sucederá cuando una máquina ocupe el lugar de A en el juego? ¿Se equivocará el interrogador tan a menudo como cuando el juego tiene lugar entre un hombre y una mujer? Estas preguntas reemplazan nuestra cuestión original: ¿Pueden pensar las máquinas?.

Así comenzaba el artículo de Alan Turing en 1950. En aquellos tiempos, los primeros ordenadores comenzaban a ser construidos. Eran máquinas enormes, caras, pesadas y lentas (ver aquí una cronología muy interesante ), sin embargo, Turing ya había previsto todo su potencial.

En el fondo, la cuestión que planteaba Turing con su prueba era la de decidir si una máquina efectivamente piensa. Cuando en lugar de un hombre y una mujer son una computadora y un ser humano los que se ocultan a la vista de un interrogador perspicaz, decidir cuál de los dos es la máquina no es fácil. Especialmente si en este caso es el humano el que puede dar respuestas sinceras pero, en cambio, es la computadora la que puede estar programada para mentir y, por consiguiente, capacitada para engañar al interrogador.

La propuesta de Turing fue el comienzo de una revolución que ha creado ríos de pensamiento en científicos, filósofos, psicólogos o escritores de ficción y ciencia-ficción. En el fondo, el artículo Compunting Machinery and Intelligence fue la venganza de Alan Turing contra aquellos que le condenaron; unos seres que, al igual que las máquinas más primitivas, tenían escasa inteligencia y carecían de sentimientos.


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