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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

El hombre no desciende del mono.

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Cualquier mono puede alcanzar un plátano, pero sólo los humanos pueden alcanzar las estrellas
V.S. Ramachandran

El 24 de noviembre del año 1859 salía a la luz la obra capital del naturalista inglés Charles Darwin, El Origen de las Especies. Ya desde ese momento y siendo que el libro se centraba en la explicación de cómo los organismos –sin incluir a los seres humanos– variaban en el tiempo, Darwin imaginó las tremendas implicaciones de su pensamiento sobre la evolución humana con una sola frase final: “La luz se hará sobre el origen del hombre y su historia”.

Con ello se adelantó con valentía a cimentar las bases de lo que sería incluir a los seres humanos en ese proceso de cambio y adaptación que los naturalistas de la época aceptaban solamente para animales y vegetales, considerando al hombre muy por encima de los otros seres vivientes. En su obra posterior, El Origen del Hombre, consolidó sus ideas y con apenas algunos fósiles humanos a su disposición pudo enunciar que el hombre debió́ haberse originado en África, donde sus primos cercanos, los grandes simios, vivían.

El descubrimiento de Ardi

En octubre de 2009, 150 años después, un grupo de más de 45 científicos de diversos lugares del mundo publica en la revista Science los resultados de 17 años de trabajo en un fósil encontrado en la costa oriental de África, en el Valle del Rift*. En realidad se trata de los restos de más de 36 individuos, con rasgos evolutivos en la vía a los humanos, con una edad de 4.4 millones de años. El fósil más completo tiene gran parte del cráneo, la pelvis, brazos, parte de las piernas y los pies, y corresponde a una mujer. Es el homínido más temprano en la línea que conduce al Homo sapiens. Se llama Ardiphitecus ramidus, Ardi.

La evolución del hombre, desde que partimos caminos con nuestros primos cercanos chimpancés y bonobos hace ocho o siete millones de años, ha sido un proceso de cambios relacionados en esencia con el bipedalismo (caminar erguidos) y el desarrollo de un cráneo mayor.

El cráneo de Ardi sorprende

El cráneo de Ardi es de particular interés pues es mucho más antiguo que los de los de los australophitecinos –siendo Lucy el fósil más conocido–, tiene más huesos que el de cualquier otro fósil homínido y da luz sobre cómo debieron ser la cara y el cerebro ancestrales. El cráneo de Ardi estaba muy fragmentado y regado en un espacio grande. El trabajo de los científicos logró, usando tomografía micro-computarizada, simular muchas de las partes perdidas y de las que por su fragilidad no se podían tocar, haciendo una reconstrucción virtual de un cráneo completo. La capacidad craneana se estableció́ entre 400 a 500 cc, ligeramente mayor que la de los simios actuales y casi la tercera parte de la del Homo sapiens. El cráneo reconstruido también permitió establecer que la forma de la cara, especialmente los arcos superciliares y la mandíbula, era diferente de la de los simios y próxima a los humanos. Y lo más importante, el canino de Ardi había perdido su gran tamaño y agudeza, indicando la posibilidad de un comportamiento social menos agresivo.

La forma de la pelvis es un híbrido: la parte inferior más parecida a la de los simios, indicando que aún podía treparse a los árboles, pero con la parte superior ya ensanchada, permitiendo el bipedalismo. La estructura muscular, simulada por los científicos, indica que Ardi podía caminar con el centro de equilibrio en el cuerpo, sin el balanceo típico de los brazos de los simios.

El pie de Ardi es de enorme importancia pues, a pesar de caminar erguido, tenía el dedo gordo separado, haciendo ángulo con el resto de los dedos. Esto seguramente era un inconveniente serio en términos de la dinámica del caminado puesto que es sabido que el dedo gordo impulsa el paso. Con seguridad Ardi no podía correr, apenas caminar. Pero mantenía la posibilidad de trepar.

Es posible que esta combinación de estructuras anatómicas haya colocado a Ardi en un terreno difícil, algo así como navegar entre dos aguas. Ardi podía caminar sin ayuda de las manos y tal vez por eso tenía la posibilidad de colectar comida en mayores cantidades, pero no podía correr y estaba más a la merced de sus enemigos. Podía trepar y protegerse en los arbustos pero tal vez era sólo una permanencia temporal.

Nuevos descubrimientos confirman una relación evolutiva de Ardi con el linaje humano

No todos los paleoantropólogos consideran a Ardi como un ejemplar perteneciente a la línea de los humanos y lo dejan por fuera de ella. Sin embargo, una nueva investigación de inicios de este año y liderada por el paleoantropólogo William Kimbel de la Universidad del Estado de Arizona confirma una relación evolutiva de Ardi con el linaje humano. Kimbel y sus colegas se centraron en estudiar la base de un cráneo, incompleto pero muy bien preservado. El estudio reveló que existe un patrón de semejanza que une a Ardi a los australophitecinos y humanos modernos y no a los monos. Como en pasadas ocasiones, en el estudio participaron investigadores de diversas naciones, entre ellos Tim White quien ha venido trabajando en la recoplilación de fósiles de Ardiphitecus ramidus en Etiopía desde inicios de 1990.

“Dado el pequeño tamaño del cráneo de Ardi, la similitud en la base craneana con la de los humanos es asombrosa” dice Kimbel.

La base craneana es un recurso invaluable para estudios filogenéticos. La base craneana en humanos difiere muchísimo de la de los monos y otros primates. En humanos, las estructuras que definen la articulación de la columna con el cráneo están situadas más hacia delante que en los monos donde la base es más corta de adelante hacia atrás.

El que Ardi tenga en sus huesos craneanos la estructura que lo habilita para la posición erguida y el consecuente bipedalismo lo sitúa en la familia de los humanos, aunque como siempre en la ciencia, este hallazgo abre nuevas puertas en el estudio de la evolución humana pero al mismo tiempo se cuelan más interrogantes.

Esta historia de Ardi, aparte de ser un ejemplo maravilloso del trabajo arduo e incansable de los paleoantropólogos, nos cuenta muchas cosas sobre la evolución del hombre. Una de ellas es confirmar que la evolución no es un proceso continuo ni un camino a la perfección, a lo más elaborado. La evolución es todo lo contrario, un proceso de ensayo y error, un ensamblaje de posibles formas, buscando cuál de ellas funciona mejor en el entorno, cuál de ellas se adapta finalmente a las condiciones ambientales dadas.

Ardí ya no era un simio, pero conservaba muchas de sus características. No era humano pero ya tenía muchos rasgos homínidos. ¿Eslabón perdido? No, porque es cada vez más evidente que esa forma intermedia entre simio y humano no exista.

Desde que nos separamos de los gorilas hace doce millones de años y de los chimpancés entre siete y ocho millones, se produjeron alteraciones en nuestro genoma que nos pusieron en la vía de transformación a lo que hoy somos. No descendemos del mono sino de un ancestro común, razón demás para no apartarnos de nuestra condición de animales y elevarnos falsamente a la categoría de seres diferentes, creados por alguien superior.

¿Podríamos imaginar un ser más extraño e indefenso en las praderas africanas que Ardí? No es de extrañar que se haya extinguido, aunque claro, sus descendientes seguirían sufriendo mutaciones que continuarían su camino de incertidumbre y cambio en el tortuoso aunque al final fantástico ascenso del hombre.


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