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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Adolescencia. Esos años terribles y también maravillosos.

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El hallazgo de varios cuerpos de adolescentes en una excavación en las afuera de San Francisco no dejó de sorprender, aunque al saberse que los indígenas del lugar no hacían sacrificios humanos, quedó claro que alguna aventura juvenil no salió bien. Algunos adolescentes se arriesgaron más de la cuenta y acabaron su vida en el intento.

Pues es durante la adolescencia cuando se corren los mayores riesgos, se tumba a un dictador, se une a un nuevo movimiento en alguna moda, se mata, se muere y se está convencido de que todas las fuerzas de la historia han convergido para hacer de ese momento el más pleno en promesas y peligros, con consecuencias buenas o malas pero al fin y al cabo el momento de sentir que todo importa hasta las últimas consecuencias.

Por la conquista de nuevas tierras –la salida de nuestros ancestros africanos la debieron hacer adolescentes–, por la invención del fuego y tantas otras cosas asombrosas de la creatividad humana, debemos agradecer a la chispa encendida del cerebro adolescente.

Por momentos se piensa que la adolescencia es un problema inventado por occidente ya que en otras culturas se pasa de la infancia a la madurez sin ninguna transición, matrimonio de por medio. Sin embargo el cerebro adolescente estudiado por la neurobiología es una entidad concreta con un sistema de organización muy particular, centrada toda en la corteza frontal, región del cerebro que no ha alcanzado su pleno desarrollo. Esta condición explica los cambios abruptos en el comportamiento en esta etapa de la vida y demuestra una presión evolutiva importante.

La corteza frontal es la parte del cerebro con la evolución más tardía, es la última adquisición. Y es ahí donde se cocina lo más importante: la planeación a largo plazo, las funciones ejecutivas, el control de los impulsos y la regulación de las emociones. Pero sus neuronas no están completamente organizadas sino hasta los casi 20 años de edad. ¿Por qué?

Una de las muchas razones pueda ser que esa demora en la maduración tenga como explicación en que el cerebro se esté escapando a la dictadura de los genes, al permitir que sea la experiencia, más que las órdenes del ADN la que moldee futuros y definitivos comportamientos.

Nuestro éxito evolutivo como humanos está centrado en nuestra capacidad para sortear los desafíos del medio ambiente. Eso lo hace la corteza frontal, es su trabajo. Para hacerlo bien tiene que afinar al máximo el cómo ponerse a tono con las circunstancias del entorno.

Al inicio de la adolescencia la corteza frontal es la única región del cerebro que no ha alcanzado los niveles de materia gris del adulto. A medida que se transita por esos años es de esperar que ella vaya aumentando pero no es así, al contrario, su volumen disminuye.

Esto ocurre por una de las cosas más inteligentes que el cerebro ha desarrollado. Durante el desarrollo fetal, el cerebro de los mamíferos genera muchas más neuronas que las de un cerebro adulto. Y la razón no es otra que lo que se está dando es una competencia dramática. Las mejores neuronas migran a los sitios adecuados y forman el número preciso y eficiente de conexiones con otras neuronas. Las que no lo logran, se ven abocadas a la muerte celular programada o suicidio. La sobreproducción neuronal seguida de una poda competitiva –un proceso que se ha denominado “Darwinismo Neural”¬– produce circuitos mejores y de mayor rendimiento, un bello ejemplo de con menos, mejor.

Lo mismo pasa en la corteza frontal adolescente. Al inicio de la adolescencia el volumen de materia gris es mayor que el del cerebro adulto y va declinando en la medida que se optimizan las conexiones y que las que no funcionan bien son podadas, cortadas.

En el cerebro adulto, la corteza frontal controla y estabiliza la actividad de partes del sistema límbico, la región del cerebro que lidia con las emociones. En el cerebro adolescente, el sistema límbico anda disparado, a toda mecha, mientras la corteza frontal apenas consigue medio entender sus propias instrucciones de ensamblaje. Como resultado las emociones son mucho más intensas. Las fuertes lo son más y las sensaciones de tristeza y dolor emocional, acentuadísimos.

Por eso los adolescentes no ven los riesgos y los desestiman, caminando sin dudarlo a lo desconocido, seguros de que algo nuevo y excitante habrá más allá. Son los tiempos de desarrollar las aficiones musicales, literarias, de probar lo prohibido, de hacer lo que reclama más entrega emocional que atención racional.

Igual se pasa por situaciones de no pertenencia, de desapego y dejadez.

Además, para completar el paisaje alocado y furioso del cerebro adolescente hacen su aparición las hormonas. Estrógeno y progesterona en las mujeres y la testosterona en los hombres. Esto ayuda a explicar por qué la adolescencia es más turbulenta que la infancia, siendo que la corteza frontal es inmadura en ambas edades, porque el baño hormonal tiene efectos en el sistema límbico y la corteza frontal, algo que explica esas oscilaciones de humor, euforia o desencanto.

A medida que la adolescencia se va alejando, la eficiencia de la corteza frontal para deshacerse de conexiones cerebrales excesivas y por lo mismo innecesarias ha hecho su trabajo. El sistema límbico está a la raya y el neurotransmisor dopamina ha llegado a los límites óptimos para diferenciar entre el placer excesivo como generador de bienestar y un nivel estable para balancear los excesos.

¿Y cuáles serían las ventajas adaptativas, si es que las hay, de todo este proceso?

El desarrollo del cerebro humano y su infinita capacidad y complejidad es el fruto de procesos al azar, sin ninguna dirección. Pero el resultado final, el que la corteza cerebral tarde tanto en organizarse, indica que debe existir alguna ventaja selectiva.

En nuestro camino evolutivo, los homínidos ancestrales tenían tiempos de vida muy cortos. La adolescencia era ya una edad donde estaban tomando las grandes decisiones, entrecruzándose, peleando por supremacía territorial, diseñando estrategias para la cacería más eficiente. Pintando las paredes de las cuevas, inventando la rueda. Esa enorme capacidad creativa, esas grandes emociones desbocadas abrieron caminos a un enorme desarrollo intelectual y eso significó una ventaja selectiva que se fijó, con todos sus beneficios.

Y si como se dijo al inicio, el retraso en la maduración de la corteza frontal permite una cierta liberación de la acción de los genes, un no seguir a rajatabla el programa dictado por el ADN, el desarrollo de la personalidad y los rasgos del adulto estarán moldeados en gran parte por la experiencia, por la inter relación personal, por la construcción de redes sociales. En otras palabras, el eterno debate de naturaleza y crianza tiene en la adolescencia un hermoso ejemplo de que una y otra son importantísimas.

La solución para toda la turbulencia y los malestares de la adolescencia tal vez no sea otra que, aparte de mucha atención y afecto por padres y educadores, darles a los adolescentes muchísimas más herramientas para que desarrollen y enfoquen su creatividad y la catapulten a los niveles máximos.


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