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Cierta Ciencia

En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Sexo.

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Cuando por los años 616 a.n.e. Tarquinus Priscus se convirtió en el nuevo rey de Roma, una de sus ocupaciones fue emparedar vivas a las vestales del templo que habían perdido la virginidad. Para que su sufrimiento fuera completo y más largo, ordenó les dieran agua y comida. Ya por los siglos XVI y XVII a las mujeres consideradas promiscuas se las quemaba en la hoguera.

Sólo un ejemplo de lo que las religiones antiguas y presentes pueden infringir a las mujeres por no conservar un tejido que hasta el día de hoy no es muy claro para qué serviría, aparte de reforzar el sometimiento y los prejuicios. El himen, queridos lectores, no es otra cosa que una especie de tabique que tapona la parte interior de la vagina. Podría ser una barrera para los gérmenes aunque no está muy claro. Viene en muchas versiones: con huequitos o sin, frágil o fuerte, elástico o duro. Puede ser tan frágil que se puede romper si la mujer realiza actividades fuertes; así, no es de extrañar que las atletas lo pierdan con gran facilidad. Otras mujeres sufren mucho dolor al momento de la primera penetración y muchas ni se enteran pues la tela se hace a un lado y listo.

Pero el tesoro de la virginidad y el del sometimiento femenino rayan en la locura; antes las mujeres que no sangraban eran repudiadas por sus maridos en la noche de bodas, ahora, quienes tienen recursos y habiendo disfrutado del sexo con otro u otros, incluyen en sus preparativos de boda la reposición del tejido perdido.

Un tejido de nada que señala a las mujeres un antes y un después. Tan grave es para algunos que el gran mito de la religión católica se asienta en la leyenda de que Cristo, si es que alguna vez existió, fue concebido por una paloma que le insufló la vida a María sin “romperla ni mancharla”. Con esto se cargan al señor José quien no pudo participar, condenan un acto por esencia humano y establecen para siempre la ley de que el sexo es sucio y sólo aceptable para la procreación.

La doctrina católica declaró que el acto sexual era única y exclusivamente para la procreación y que pensar o actuar de otra manera era pecado. ¿Podían las mujeres disfrutar del sexo? Ni pensarlo. Derecho exclusivo de los hombres. En la Inglaterra victoriana las mujeres no podrían hacerlo, por lo que a los hombres se los animaba a tener sexo con prostitutas como una forma de no deshonrar a sus esposas.

Cuando una hembra de babuino está ovulando, la vagina se vuelve de un rojo intenso y se hincha, así los machos pueden verla incluso desde lejos. Por si ellos no están mirando, expele un olor intenso. Si estas dos señales no funcionan, van y le plantan cara a los machos, mejor, el trasero. Ellas saben que es el momento adecuado para la reproducción y que no se puede dejar pasar.

Cuando una hembra del macaco de Gibraltar está en su período fértil, tiene sexo cada diecisiete minutos con casi todos los miembros del grupo. Las de gibones copulan hasta cien veces mientras dura su tiempo de ovulación.

La mayoría de los animales tiene sexo porque lo necesita para tener descendencia y así asegurar su permanencia en la tierra. Todo lo demás sería una pérdida de tiempo y peor aún, peligroso, pues los expone a los depredadores mientras lo hacen.

Este comportamiento es la norma entre los mamíferos. Los humanos son los raros aquí. Nosotros somos los que ovulamos sin orden ni concierto con la reproducción. Es decir, somos los únicos en este extenso reino que hemos independizado el sexo de la procreación.

Hubo una mujer que amaba el sexo y que dedicó su vida a encontrar la manera de que otras mujeres también pudieran disfrutarlo sin la atadura de la reproducción. Se llamaba Margaret Sanger y junto con otros tres colegas, una mecenas, un químico y un ginecólogo lo harían posible. Los cuatro se embarcarían en la búsqueda de una droga que se pudiera tomar oralmente, y con la que, todas aquellas mujeres que así lo quisieran, encontrarían un camino a ser dueñas de sus cuerpos y sus deseos: la píldora anticonceptiva.

Pero esa es otra historia que se merece un buen tiempo y que por supuesto contaremos en la próxima entrega.


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