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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

El Sol y la vitamina D.

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En 1941, Frank Apperly, médico y patólogo estadounidense, demostró una correlación inversa entre los niveles de radiación ultravioleta y las tasas de mortalidad de cáncer y propuso que la luz del sol de alguna manera confería “una relativa inmunidad al cáncer”, en lugares del cuerpo que no fueran la piel. Aunque el artículo de Apperly atrajo poca o ninguna atención en ese momento, casi medio siglo después existe una fuerte evidencia, venida de diferentes campos de la ciencia, que indica una considerable disminución de cáncer de colon, próstata, mama, ovarios, y una incidencia menor de enfermedades autoinmunes a medida que nos acercamos al trópico.

Si la exposición al sol se considera uno de los factores de riesgo más importantes para el cáncer de piel (melanoma) es difícil entender su factor protector para otros tipos de cáncer y cómo puede ayudar en la prevención de otras enfermedades.

Un poco de historia de la radiación ultravioleta y el descubrimiento de la vitamina D pueden aclarar el asunto.

Es bien sabido que el raquitismo se curaba por exposición al sol, por el efecto benéfico de la radiación ultravioleta. Pero también el aceite de hígado de bacalao fue eficiente tratando la debilidad de los huesos. A comienzos del siglo pasado algunos investigadores alimentaron ratones (con raquitismo inducido en el laboratorio) con carne irradiada y descubrieron que tenía el mismo efecto que el aceite. Pero no fue sino hasta el año 1922 cuando se identificó al elemento crítico y común entre la luz solar y el aceite de hígado de bacalao y se lo nombró vitamina D.

La relación con la radiación ultravioleta sólo se estableció hasta mucho más tarde cuando se descubrió que la piel transformaba la forma inicial de la vitamina D en la forma activa que se conoce como D3. La piel es el único tejido humano que puede hacer esta transformación y liberar en la sangre la forma activa de la vitamina (por esta razón, la vitamina D tiene características de hormona). Los demás tejidos usan la vitamina que viene en alimentos como la leche, el salmón, pero a un nivel de eficiencia considerablemente bajo.

La exposición al sol es la mejor manera de que la piel fabrique vitamina D, por eso, en las zonas donde el invierno ocupa unos buenos 4 meses, si no se toma un suplemento los niveles de la vitamina en la sangre pueden ser peligrosamente bajos. El color de la piel influye mucho en su fotosíntesis. Las personas de pigmentación oscura (con una alta concentración de melanina en su piel como protección contra demasiada radiación ultravioleta) fabrican 6 veces menos vitamina que las personas con pieles blancas, ávidas de ella. Si los negros y mulatos que viven en los extremos del ecuador no toman suficiente sol pueden sufrir varias y serias enfermedades.

Estudios recientes usando las técnicas modernas de la genética molecular han demostrado que la vitamina D puede atacar a células infectadas con la bacteria de la tuberculosis, aclarando porqué las curas de sol eran tan benéficas en los sanatorios. También se ha encontrado que la vitamina D, participa en activar o desactivar genes, en una compleja cascada de eventos que explicarían su participación en la prevención de diversos tipos de cáncer.

La esclerosis múltiple, esa enfermedad crónica y devastadora que surge porque las células del sistema inmunológico atacan a las del sistema nervioso central, parece tener también un patrón de incidencia correlacionado con la lejanía o la proximidad a los trópicos y con etapas de crisis que coinciden con los meses con menos sol. Estudios realizados en 79 gemelos, mostraron una relación inversa entre la exposición al sol en la niñez y el desarrollo de esclerosis múltiple: los gemelos que crecieron al aire libre tuvieron una incidencia 57% más baja.

Las campañas de salud para prevenir el cáncer de piel tal vez estén contribuyendo de forma inadecuada a una deficiencia en la vitamina D, pues los protectores solares pueden reducir hasta en un 98% la cantidad de vitamina D producida por la piel. Nunca se ha informado de intoxicación por vitamina D inducida por el sol, pues cuando el organismo considera que se ha fabricado una cantidad suficiente, la misma luz ultravioleta degrada los excesos. Los efectos dañinos de la luz ultravioleta son reales y nocivos, pero 10 minutos diarios sin protección, son, según los científicos del campo, suficientes para almacenar la cantidad adecuada y saludable de vitamina D.

Toda la evidencia acumulada hasta el momento sugiere que una deficiencia crónica y prolongada de vitamina D tiene efectos a largo plazo, tarde en la vida, produciendo un incremento en fracturas, susceptibilidad aumentada a las infecciones, a la diabetes, a enfermedades autoinmunes, y lo que es más grave, frecuencias más elevadas de algunas formas de cáncer. Cantidades adecuadas de vitamina D en el cuerpo tienen el potencial de ayudar en la secreción y regulación de la insulina, el buen funcionamiento del corazón, la presión arterial, la fuerza muscular y la actividad cerebral. En total, 36 órganos se benefician de su presencia en cantidades suficientes.

Hace unos días, una revista australiana publicó un artículo con un titular bastante radical: “América está equivocada en sus políticas de exposición al sol”. Documentado en serios estudios clínicos critica la posición de los Estados Unidos en no tener en cuenta el color de la piel al momento de establecer normas sobre la exposición al sol y sus consecuencias.

El escrito cuenta en su inicio que una mujer de 27 años, en el primer trimestre de su embarazo está sentada en una plazoleta, en días de verano, con una blusa sin mangas, pantalones cortos; no lleva sombrero y por supuesto ningún protector solar. Una prueba de sangre había indicado una severa deficiencia en vitamina D que no sólo la afectaría a ella sino al bebé que espera. Su médico le recetó la exposición al sol y una dosis alta de vitamina D.

No es muy claro por qué la insistencia de dermatólogos y fabricantes de protectores solares –bueno, la industria de estos productos factura miles de millones de dólares al año– y ropas de tejidos herméticos en mantener ese aislamiento tan férreo de la luz del sol que nos ha acompañado desde el comienzo de la vida.

Tal vez sea el momento de tomar un poco de sol, que además no nos cuesta nada.


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