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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Oliver Sacks, siempre en movimiento

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El 19 de febrero de 2015, en un artículo aparecido en el New York Times, el eminente neurólogo y cronista de la medicina Oliver Sacks, anunciaba que le esperaban pocos meses de vida por delante pues tenía metástasis en el hígado con muy mal pronóstico.

Escribía Sacks: “Hace nueve años me diagnosticaron un tumor raro en el ojo, un melanoma ocular. La radiación y el tratamiento con láser me dejaron ciego de ese ojo. Pero aunque los melanomas oculares hacen metástasis en quizás el 50 por ciento de los casos, dadas las particularidades del mío propio, la probabilidad era mucho menor. Soy el de la mala suerte”.

El escrito no era ningún adiós, como lo anunciaron algunos medios, sino una reflexión racional y emotiva al tiempo, como no podría ser la venida de un hombre que ha relatado casi todos los momentos de su vida como médico de pacientes afectados con problemas del cerebro, durante más de setenta años. Cuando la enfermedad lo alcanza no habría de ser diferente. Su relato de cómo han sido los meses siguientes al diagnóstico y el someterse a un tratamiento novedoso para deshacerse de los melanocitos que prosperan a gusto en su hígado, es uno pavoroso. Sólo su prosa luminosa y serena permiten seguir en la lectura. Al final de unas semana de torturas logra volver a sentarse en su mesa de trabajo. Dos tercios de las células metastásicas habían sido destruidas.

La debilidad resultante se manifestaba con ataques fulminantes de sueño o de inconciencia que lo tumbaban encima de su escritorio. Igual siguió escribiendo pues según él, su bálsamo es la escritura.

Y así lo ha sido durante toda su existencia pues desde muy temprano llevó diarios que testimoniaban sus andanzas, estudios, aficiones, aflicciones, su vida.

Cuesta trabajo imaginar al venerable señor de la barba y autor de tantísimos libros de divulgación médica y respetable profesor universitario, metido en un traje de cuero y totalmente a contrapelo a lomo de una motocicleta de alto cilindraje. Ese era el Sacks sorprendente y alocado que vivió sus primeros años de la práctica clínica entre los surfistas, las drogas y la dejadez de las playas de California durante el fin de semana, y el trabajo serio y dedicado en los días laborables.

Hijo y hermano de médicos, la madre fue una de las primeras mujeres cirujanas en Inglaterra, sintió mucha presión para seguir ese camino aunque su primer gran amor fue la química. Le seguiría su gusto por los animales del mar tanto que pensó en ser biólogo marino. Al final se decidiría por la medicina aunque planeaba ser más bien investigador y no un médico convencional.

Desde muy joven sintió que las mujeres no lo atraían, y que prefería dedicar el tiempo que sus amigos empleaban en coqueteos y sexo en la lectura y la escritura. Se enamoró por primera vez de uno de sus amigos cercanos y sufrió el rechazo, aunque suave, que lo puso en guardia.

Cuando cerca del fin de la adolescencia, en una “charla de hombres” con su padre le dijo que no le gustaban las muchachas pero que por favor nunca, nunca, se lo contara a su madre pues ella no lo entendería, sufrió el golpe que lo marcaría para siempre. “Mi padre se lo contó y la mañana siguiente cuando ella se me acercó con una cara de trueno que no le conocía me dijo: eres una abominación, ojala nunca hubieras nacido. Luego se fue y no me habló en días. Cuando lo volvió a hacer nunca se habló más del asunto pero algo había cambiado para siempre entre los dos”.

Ese rechazo tan brutal a su ni siquiera practicado homosexualismo lo volvió aún más reservado y tímido. Habría de viajar a Amsterdam donde el ser homosexual no se veía como una condición anómala y peor aún, criminal como sucedía en Inglaterra, para poder iniciarse en sus gustos. Igual después de estar profundamente enamorado y pensar ser correspondido, se llevó una decepción tan grande que lo llevó a olvidarse del sexo durante décadas hasta cuando se permitió enamorarse de su actual pareja, el escritor Bill Hayes, a los 77 años.

Otra consecuencia del rechazo fue su dedicación a las drogas, aunque mucho de ello tuvo que ver también con la curiosidad por indagar lo que le pasaba en su cerebro. Varios años dedicados a consumir anfetaminas, que al lado de sus migrañas congénitas le proporcionaron material para artículos y su libro Alucinaciones.

Un buen día se pasó de la raya y se dijo que era la hora de parar y lo hizo.

Sacks es hasta estos días un hombre corpulento aunque plagado de dolencias varias. Algunas de ellas consecuencia de sus aficiones de escalador, nadador arriesgado y compulsivo. Sin embargo, el haber pasado varios años dedicados al fisicoculturismo, quién lo pensaría de él, lo habilitó para que un día, en una condición extrema de un paciente con meningitis e hidrocefalia severa hubiera podido perder, por la presión en el cráneo su masa encefálica, con un acto reflejo instantáneo y una fuerza poderosa ponerlo patas arriba y salvarle la vida. Su madre, con la cadera rota fue llevada y traída por sus potentes músculos hasta que sanó por completo.

Sacks no ha sido bien recibido por la academia ortodoxa a pesar de la claridad de su pensamiento científico. Amigo y colega de los grandes pensadores y escritores de su época se empeñó en que el mejor regalo que se le puede hacer al desarrollo científico es una prosa clara. Ponía como ejemplo a Stephen J. Gould, el gran evolucionista, “quien fue una gran influencia en mi vida, pues repetía, nada en la biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución y del azar y la contingencia. Siempre puso todo en el contexto de un tiempo evolutivo profundo”.

Criticó los “oscuros y nebulosos” tratados de neurología, accesibles para unos cuantos escogidos. Ejerció y predicó el trato humano con los pacientes confinados por sus dolencias psiquiátricas a la soledad y el abandono. Su inmensa obra es testimonio de ello.

“On the Move: A Life”, libro publicado este año y que recomendamos por su inmenso valor científico, literario y humano, es su obra más reciente. Sacks siguió escribiendo hasta el final de sus días. Falleció el 30 de agosto de 2015.

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