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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

El Hombre que bebió cólera.

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El hombre que babió cólera y abrió un nuevo campo que revolucionaría la Ciencia.

Cuando Ilya Metchnikoff tenía 8 años y se la pasaba jugando en la casa de sus padres en lo que es hoy Ucrania, lo que hacía era tomar notas sobre la flora, como un pequeño botánico. Les daba a sus hermanos mayores charlas cortas aunque aseguraba su asistencia pagándoles. Olía, probaba, saboreaba todo lo que tenía alrededor. De su padre aprendía a jugar las cartas y de las mujeres a coser y bordar.

A los 16 consiguió prestado un microscopio para estudiar microorganismos. Su modelo a seguir era Darwin con su también insaciable curiosidad. En sus años en la universidad siguió moldeando su visión de que todos los organismos y los procesos fisiológicos que ocurren en ellos están interconectados y relacionados.

Esa habilidad lo llevó al descubrimiento de una célula particular que le permitió ligar el proceso digestivo en criaturas primitivas con las defensas del cuerpo humano. En los organismos inferiores, que no tienen cavidad abdominal ni intestinos, la digestión la hace un tipo particular de células, las células mesodérmicas móviles, que andan por ahí engullendo y disolviendo partículas de alimento. Mirando esas células en las larvas transparentes de una medusa, Metchnikoff, con 37 años, fue golpeado con una idea. “Qué tal si células similares pueden servir en la defensa de los organismos contra los invasores?” escribió. Molió espinas de rosas y se las dio a las larvas. Si su idea era correcta, las larvas reconocerían las espinas como intrusas y las células mesodérmicas las rodearían con el propósito de engullirlas. Y sucedió. Nombró a las células fagocitos, que en griego significa devoradoras y las asoció a “una armada lista para atacar al enemigo”.

En 1888 fue invitado por Luis Pasteur para unirse a su instituto en Francia, donde Metchnikoff siguió con su investigación, razonando que si en organismos simples las células mesodérmicas atacan a los invasores, en humanos ese trabajo podría ser hecho por los leucocitos, los glóbulos blancos. Entonces la inflamación no sería otra cosa que la respuesta celular a un agente externo, una reacción curativa del cuerpo.

Esta idea iba en total contravía con la teoría de la inflamación establecida que suponía que los leucocitos formaban un medio favorable para el crecimiento de los microbios. Pero después que varios investigadores repitieron los experimentos de Metchnikoff, los leucocitos fueron reconocidos como las células que pelean contra las bacterias. En 1908 recibió el Nobel en medicina por el descubrimiento de células fagocíticas y su papel en el sistema inmunológico humano.

Su trabajo en la investigación de la inmunidad en los humanos se encaminó a buscar la manera de extender la vida, combatiendo la enfermedad, motivado por sus dolorosas experiencias. Cuando su primera esposa murió de tuberculosis a pesar de sus esfuerzos para salvarla, un acongojadísimo Metchnikoff se tomó una sobredosis de opio pero sobrevivió. Cuando su segunda esposa, se debatía con la fiebre tifoidea, se inoculó otro patógeno para morir con ella. Ambos vivieron. Salió más entusiasmado a seguir peleando contra la enfermedad ayudado por las defensas naturales del cuerpo. “Con la ayuda de la ciencia, el hombre puede corregir las imperfecciones de su naturaleza”, escribió.

Como parte de su guerra contra los patógenos, experimentó con él mismo. Durante la epidemia de cólera en Francia, bebió Vibrio cholerae, la bacteria que causa la enfermedad. La bacteria tiene un modus operandi bien particular. Dentro de una misma comunidad algunas personas enferman mientras que otras parecen inmunes.
El entender cómo se desarrolla esa inmunidad podría llevar a una vacuna.

El cólera que bebió Metchnikoff no lo enfermó, así que dejó que un voluntario de su laboratorio lo hiciera también. Cuando éste no enfermó, sin dudarlo aceptó la oferta de otro. Para su horror, el muchacho enfermó y casi se muere. Cuando llevó sus experiencias a la caja de petri para buscar la causa de esas diferencias, descubrió que algunos microbios paraban el crecimiento del cólera en tanto otros lo estimulaban. Propuso entonces que las bacterias de la flora intestinal humana jugaban un importante papel en la prevención de enfermedades. Y si tragarse un cultivo de una bacteria patógena nos enferma, el hacerlo con una benéfica volverá al individuo más sano. Entonces decidió que la alteración correcta de la flora intestinal podría ayudar a atacar esas enfermedades que han plagado la vida humana durante siglos.

El asunto de la flora intestinal era uno caliente en el siglo XIX. Una teoría en boga veía el largo intestino humano como un desagradable reservorio de toxinas, resultado del trabajo de las bacterias para digerir alimentos, el llamado proceso de “putrefacción. Los médicos creían que el intestino era un vestigio de los tiempos ancestrales cuando el salir corriendo de los depredadores no dejaba tiempo para evacuar. Como resultado, los productos de la putrefacción permanecían mucho tiempo en sus intestinos y se volvían tóxicos. Tan lejos se llegó con esta visión que se aconsejó remover todo el intestino para remediar desórdenes digestivos.

Metchnikoff por supuesto se opuso, pensando siempre que era posible alcanzar un balance bacteriano en el aparato digestivo. Siguió en la búsqueda de bacterias benéficas. De los experimentos en el Pasteur para preservar alimentos supo que el ácido láctico impide que la leche se dañe, volviéndola a cambio un tipo de yogurt. “Si la fermentación láctica sirve para parar la putrefacción, por qué no usarla con el mismo propósito en el aparato digestivo”?, se preguntó.

Después de probar con varios cultivos, escogió los bacilos búlgaros, tan usados en la Europa Oriental para hacer yogurt. No vivió para ver los resultados tan espectaculares de sus hipótesis. Murió de un ataque al corazón. Alcanzó a decirle a un colega que le diera una mirada “cuidadosa” a sus intestinos.

En los inicios del siglo XX, los doctores en Europa prescribían leche agria para enfermedades digestivas. En 1910, un industrial emprendedor inició una compañía dedicada a la producción de yogurt, en Barcelona, y lo vendía en las farmacias como medicina.

La entrada de los antibióticos, con tantos beneficios para la cura de infecciones, dejó en el olvido la beneficiosa labor del balance bacteriano en el aparato digestivo. Pero así como el uso de los antibióticos marcaban el fin de las ideas de Metchnikoff, su uso exagerado las ha revivido.

Los microbios juegan un papel muy importante en el ecosistema de los océanos, los bosques, los suelos. Ellos producen vitaminas, nutrientes y factores de crecimiento. Ahora el cuerpo humano es visto por los científicos como un ecosistema que depende de sus microbios para la obtención de sus nutrientes adecuados.

En 2001, Joshua Lederber, quien ganó el Nobel en medicina en 1958 por su trabajo en microbiología, acuñó el término microbioma. Lo describió así: “una comunidad ecológica de microorganismos comensales, simbióticos y patógenos”, que viven dentro y fuera de nuestro organismo.

Hoy, los estudios del microbioma, el Proyecto del Microbioma Humano el más grande, están en ascenso. Al igual que el consumo de yogurt y kéfir y otros productos lácteos fermentados.

Aunque como siempre, todo abuso es indebido. Ante una infección perniciosa los antibióticos tendrán que usarse, pues un yogurt será incapaz de resolver el problema. De igual manera el uso exagerado de antisépticos nos estará privando de ese fino balance establecido con nuestros microorganismos desde que somos humanos.


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