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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

De cómo el olvido fortalece el aprender.

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El temor a olvidar es casi una constante en el comportamiento humano. Mal si no nos acordamos de dónde pusimos las llaves o de dónde dejamos la bicicleta o del nombre de alguien a quien conocimos hace poco.

El olvido se ha pensado como el lado oscuro del aprendizaje. Pero no, puede ser que olvidar nos permita ganar habilidades y que cuando nos acordamos de algo olvidado estemos enriqueciendo nuestro entendimiento de las cosas.

La noción de que olvidar es una herramienta para el aprendizaje ya tiene más de cien años. Hermann Ebbinghaus, psicólogo alemán, tras una serie de estudios, encontró que cuando se vuelve a aprender, es más probable tener un mejor acceso, más adelante, a esa información.

Los neurocientíficos explican por qué el olvido potencia la memoria. Lo aprendido no sale volando del cerebro. A cambio, el cerebro hará que cierta información esté más o menos a la mano. El nombre de un amigo cercano se recuerda fácil, pero con el color de la pintura de una habitación de la infancia ya es más difícil hacerlo, si no imposible.

Así, un recuerdo olvidado es como un archivo en el computador. El documento existe, pero mientras más tiempo pase será más difícil dar con él. Por eso, hoy se piensa que es mejor no hablar de olvido, sino más bien de una falla en recuperar la memoria almacenada.

Es posible que “olvidar” tenga una función importante, tanto que nuestras fallas para recordar se deban a que en un momento dado las neuronas lo que estén haciendo sea podar y eliminar recuerdos inútiles. De otra manera estaríamos sobrepasados por todos los datos, números, cifras, que están andando en nuestro cerebro a diario.

“Usted no quiere estar recordando todo”, dice Robert A. Bjork, investigador de la Universidad de California. “Usted quiere recordar dónde estacionó su auto hoy, no ayer o hace una semana. Y si quiere acordarse de dónde lo hizo, tómese el tiempo para memorizarlo porque para hacerlo se tiene que practicar”.

El cerebro está construido para manejar ese vaivén entre el recuerdo y el olvido, dicen estudios recientes. Hay investigadores que afirman que muchas de las células cerebrales asociadas con la actividad de la memoria están involucradas de forma directa con la pérdida de ella. “Pareciera que el crecimiento de nuevas neuronas promueve el olvido”, apunta Blake Richards, investigador de la Universidad de Toronto. “Si se añaden neuronas nuevas, se está escribiendo encima de los recuerdos y se los está borrando”.

El foco predominante en el estudio de la memoria ha estado, hasta ahora, en el recuerdo, lo que se queda. Sin embargo, el acto de olvidar, asociado con lo efímero, lo fugaz, lo breve, lo temporal, de paso, juega un papel muy importante en los procesos del aprender.

Y es así que se puede establecer un juego de quitar y poner entre lo que persiste y lo que se evapora. Ese juego dinámico permitirá tomas de decisiones más acordes con ambientes ruidosos, con mucho movimiento. Lo transitorio, lo que se va, aumenta la flexibilidad porque reduce la influencia que tendría la información “vieja”, estática, porque evita darle vueltas y vueltas a cosas que sucedieron en el pasado.

¿Qué vestido me debo poner para la fiesta de esta noche? En lugar de traer a cuento reuniones pasadas y los vestidos llevados, tal vez lo mejor sea ir a mirar lo que se tiene a la disposición. Jugar con los colores y diseños y ahí sí, recordar cómo nos fue en la última fiesta. La decisión tomada será mejor y nos permitirá, de forma inconsciente, hacer generalizaciones, porque el proceso de aprendizaje no es pasar información tal cual, sino más bien combinar lo pasado y lo actual.

De igual manera, los recuerdos débiles pueden incluso llevar a un mejor razonamiento. Un equipo de psicólogos le hizo un examen a un grupo de personas, para solucionar un problema. En la prueba los participantes debieron leer tres palabras asociadas a tres actividades: juego, informe, crédito, (un ejemplo). Luego debían indicar una palabra que ligara las tres ideas (una carta).

Los psicólogos añadieron un tropiezo a la prueba y les dieron a los participantes un entrenamiento para distraerlos y confundirlos, con claves erróneas. Los resultados mostraron que las personas debieron trabajar para eliminar los distractores de sus cerebros, debieron olvidarlos para así llegar a la solución. “El conocimiento creativo”, escribieron los autores, “necesita no solo de nuestras propias habilidades para aprender, sino de las habilidades para olvidar”.

Es que el olvidar es muy importante. Basta sentirlo cuando se está escribiendo algo. Una tarea de la escuela, un informe, este artículo. Lo mejor, es hacerlo temprano, así se puede dejar pasar un rato y volver más tarde para darle otra mirada. Y si se trata de algo muy importante, lo mejor es leerlo más de una vez, tomándose un descanso entre las lecturas.

“Si usted estudia y entonces espera, mientras más tiempo pase más rápido olvida”, dice Bjork. Pero aquí viene lo bueno, si estudia, espera, y vuelve a estudiar, mientras más largo sea el tiempo que pase entre las dos sesiones, más aprenderá. “Cuando accedemos a nuestros recuerdos, hacemos algo más que saber que están ahí. No es como una reproducción. Lo que sacamos de nuestra memoria se vuelve más recordable en el futuro. Y si hemos tenido éxito haciéndolo, mientras más difícil haya sido el proceso, mayores los beneficios”.

Pero hay un truco en lo del éxito en recuperar recuerdos. Se deben espaciar las sesiones de estudio de tal modo que la información que se aprende en la primera será más o menos fácil de recuperar. Entonces, mientras más se tenga que trabajar para sacarla de la sopa de su mente, más se verá fortalecida la tarea de aprender. Si vuelve a estudiar ahí mismo, es muy fácil.

Bjork también recomienda tomar notas solo después de una conferencia o de una clase. Mientras más esfuerzo se invierta recordando el contenido para luego escribir un resumen, mejor. Más trabajo: mejor aprendizaje.

Existe la idea de que aprender es construir algo en la memoria y que olvidarlo es perderlo. De alguna manera, lo opuesto es lo verdadero; tal vez lo mejor sea olvidarse de que olvidar es algo malo para nuestro aprendizaje.

Además, una vez que se ha aprendido bien algo, ya no se olvida. Pero si todo lo aprendido se mantuviera activo estaríamos navegando en aguas turbulentas, saturadas de información.

Y como los humanos tienen una capacidad ilimitada para almacenar información, el lío más bien sería acordarse de todo. Se cree que el olvido es la segadora del aprendizaje, pero eso no es tan cierto. El olvido y el recuerdo viven en una maravillosa simbiosis.

El olvido es más nuestro amigo, uno de gran ayuda, invaluable para aprender.

Más información en el Blog de Josefina Cano: Cierta Ciencia


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