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Cierta Ciencia

En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

El cerebro no binario.

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La suposición de una superioridad intelectual masculina está muy afianzada en la sociedad. Pero no va más allá de ser una especulación, basada en una idea no demostrada de que el cerebro de los hombres es diferente al de las mujeres y además, mejor que el de ellas. Se apoya esta idea en lo que sí es una evidencia: el físico masculino –superior en promedio al femenino– indica mayor fortaleza. Pero de ahí a llevar esa superioridad al terreno del cerebro ya es entrar en territorio peligroso. Cuerpo más fuerte, mente más fuerte, una ecuación que no se detiene a considerar que el cerebro es un conjunto de neuronas con un elenco enorme y variado de células de apoyo que refinan su comportamiento y su complejidad a cada instante, y no una estructura rígida que se pueda equiparar al cuerpo.

La naturaleza, se dice, creó a los hombres para que les gusten y para que hagan ciertas cosas de hombres y por lo tanto, claro, los hombres son mejores en esas cosas. Y, así sigue este razonamiento movido por el deseo; la naturaleza creó a las mujeres para que les gusten cosas más sencillas, y se les vive diciendo que son buenas haciéndolas, en especial hablar y hablar, y por favor quédate en la cocina y haz ese sánduche porque todo este análisis te sobrepasa, querida.

Pero a la naturaleza no le gusta tanto lo binario como se piensa. A ella le atraen más bien los mosaicos. El cerebro es un mosaico genético: el cuerpo de una mujer que ha sido madre guarda parte de las células de sus hijos y añadidas las del padre, más mosaico no podría ser.

El desarrollo embrionario de los seres humanos requiere miles de millones de células y cientos de moléculas que lo guíen. Los genes que dirigen el proceso varían de persona a persona. Si los genes varían, las proteínas que ellos codifican también lo hacen. No es asombroso que con todos estos participantes, el desarrollo del cerebro humano desafíe encasillarse en categorías estrictas. La naturaleza maneja más de siete mil millones de rompecabezas individuales, cada uno hecho de miles de millones de piezas. Y nosotros seguimos pensando aún que todo acaba en un sistema de dos categorías.

A todas luces esto parece imposible y es más bien tonto, dada su enorme complejidad. La evidencia científica apunta más bien a una continuidad de variaciones que desafía cualquier categoría binaria.

Esta visión del cerebro humano es asombrosa, tanto en el entendimiento del comportamiento, producto de nuestros cerebros, como en lo que nos diferencia como humanos. Nuestros cerebros difuminan los nexos entre lo biológico y lo cultural, igual que lo hacemos nosotros.

Cuando el neurobiólogo Tom Curran, escribió en The Scientist un artículo de opinión titulado “Deconstruyendo el cerebro binario” (2011), usó el término mosaico para describir el amplio rango de variación en la diversidad del cerebro humano, más que un espectro de diferencias basadas en el sexo. Los genes pueden cambiar en el desarrollo embrionario, señaló, llevando a diversos y variados resultados. Los cambios pueden explicar las diferencias en la estructura cerebral de gemelos idénticos.

La neurocientífica Daphna Joel y su equipo entró en la refriega en 2015 con un artículo seminal y controvertido sobre el cerebro mosaico. Joel analizó la estructura de más de 1.400 imágenes de resonancia magnética de cerebros humanos. Encontró una profunda sobreposición entre hombres y mujeres en el hipocampo, el centro de la memoria, junto con una continuidad en las variaciones estructurales a todo lo largo del espectro de lo que pensamos que va de lo masculino a lo femenino.

Así, aún en las regiones con mayor diferencia entre los sexos, muchas mujeres estuvieron en el lado de lo masculino, igual que muchos hombres en el femenino. Las sobreposiciones fueron tan notables, informa el equipo, que tan sólo dos o tres de cada cien cerebros estuvieron en uno u otro extremo, como un todo. Todos los demás tendieron a un promedio central. Joel encontró, que nuestros cerebros son un mosaico único y diverso de regiones de “masculinidad” y “femineidad” en cada una. “Los cerebros humanos no pertenecen a una de las dos categorías: cerebro masculino/cerebro femenino”, escribió.

Mark Gleserman, investigador en medicina de género en la Universidad de Tel Aviv declaró, desde un ángulo opuesto del todo: “Sí, hay un cerebro femenino y uno masculino. Funcionalmente, los cerebros de las mujeres y los hombres son con certeza diferentes”. Además sugirió que el análisis de Joel no era ni siquiera relevante. “Las imágenes de resonancia son imágenes quietas. Mirarlas y sacar conclusiones es como examinar un mapa y deducir patrones de tráfico. Otros métodos habrían dado resultados diferentes”. Joel respondió a las críticas de Gleserman con evidencias científicas. La polémica sigue de ida y vuelta con cartas en las revistas especializadas.

Bruce McEwen, neuroendocrinólogo de la Universidad Rockefeller y Teresa Milner, neurocientífica de Weill Cornell Medical College, presentaron una perspectiva novedosa en una revisión reciente, aparecida en el Journal of Neuroscience Research (2017), que señala “estamos entrando a una nueva era en nuestra habilidad para entender y valorar la diversidad de comportamientos y funciones cerebrales relacionadas con el género”. Presentaron una única evidencia de una región que con claridad es dimorfo, todas las demás “en su basta mayoría, tienen diferencias mínimas en relación al sexo”, declaran los autores.

Tal vez nos vaya mejor si consideramos la estructura total de lo que llamamos cerebro como un organismo, un ensamblaje de sistemas discretos o piezas de rompecabezas interactuando como la fuerza propulsora de esa masa blanquecina dentro de nuestros cráneos. Algunos de esos sistemas forman un mosaico de piezas variables internamente para crear un todo, el “usted”, que piensa, siente, percibe, ama, odia, responde y lee este artículo. Y otras piezas de ese rompecabezas, con patrones internos altamente definidos, son más como nuestros genitales, con un efecto promedio femenino y uno masculino, dependiendo de las hormonas que los moldean y los gobiernan.

Pero ni siquiera esto último es así. Ningún cerebro tendrá una exposición consistente a las hormonas durante toda la vida, ni siquiera en el curso de dos días seguidos. ¿Cómo puede alguien que está atento, argüir que los cerebros y los comportamientos que ellos producen puedan ser reducidos a una simple elección entre este o este otro?

Los seres humanos quieren patrones claros, tener las cosas alineadas y que tengan sentido. Nuestros cerebros se esfuerzan para hacer esas conexiones, sean o no genuinas. Lo que es más difícil es eliminar patrones ilusorios y pensar de manera más profunda sobre lo que vemos de verdad. Tentador como es, colapsar todo un ser humano, cerebro incluido, en un simple término, masculino-femenino, acaba en un reduccionismo algo banal, por decir lo menos. Una mirada honesta a cómo nos comportamos en realidad, deja sin apoyo alguno esa idea.

Referencia:
Traducción libre y resumida, de un escrito de Emily Gillingham, investigadora y periodista estadounidense, aparecido en Aeon 2018.

Más información en el Blog de Josefina Cano: Cierta Ciencia


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