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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Hurgando en las raíces del alcoholismo.

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Nunca he olvidado una pequeña historia que abría un artículo sobre el alcoholismo y sus causas: dos amigos son despedidos del trabajo y deciden ir a un bar. Pasan la tarde lamentándose y bebiendo. Al final, uno de ellos se levanta, se va a su casa y al otro día empieza a buscar trabajo. El otro se queda, y no sólo emborrachándose sino que sigue así por muchos años, añadiéndole otras drogas y siguiendo atado a la bebida.

¿Qué hace que una minoría de las personas, entre el 10 al 15% no puedan parar y se conviertan en alcohólicas y o adictas? En esa época ya se hablaba de que el problema sería hereditario pero con el tiempo se abrieron además otras puertas, basadas ya en la neurociencia.

Markus Heilig, psiquiatra en los Institutos Nacionales de Salud desde 2004, se ha empeñado en encontrar nuevas maneras para tratar adicciones y alcoholismo. “Fue el momento de la revolución en la neurociencia, y toda esa nueva tecnología que nos permitió manipular los cerebros de animales”, recuerda ahora. El estudio del comportamiento adictivo en ratones le permitió señalar moléculas, genes y regiones del cerebro que podrían ser blanco de acción para frenar las adicciones en humanos.

Resulta que no fue así. “Curamos el alcoholismo en cada ratón que tratamos y al final de cada artículo escribíamos: esto llevará a un excelente tratamiento. Pero todo lo que tomamos de los modelos animales y lo llevamos a los estudios clínicos no funcionó. Siempre tuvimos que volver a empezar”.

Y no era que los modelos animales fueran inútiles. Era que la mayoría de los investigadores estudiaban el problema por donde no era. En un estudio típico ellos les dejaban a los animales tomar la bebida presionando una palanca, cosa que aprendieron casi todos y claro, se alcoholizaban. Esto ya debió ser una gran advertencia pues en los humanos quienes lo hacen son una minoría.

Eric Augier, quien hace poco se unió al equipo de Heilig en la Universidad Linkoping en Suecia, llegó con otra idea: después de enseñarles a los animales a auto administrarse el alcohol, les puso a su disposición agua azucarada, algo más acorde con la vida real, donde el alcohol está en medio de otras sustancias agradables. Puestos a elegir entre un trago o el agua endulzada, la mayoría eligió la última. Pero no todos. De los 32 animales usados por Augier, cuatro se mantuvieron pegados al alcohol.

“Cuatro ratones era para reírse”, dice Heilig, “pero 629 ratones después ya nadie se ríe”. Augier repitió el experimento con muchos más animales y de distintas cepas, con idénticos resultados. De manera consistente, 15% de ellos prefirieron el alcohol, la misma proporción que en humanos.

Esos animales que prefirieron el alcohol también mostraron otros rasgos típicos de la adicción. Se esforzaron más que los que tomaban agua azucarada a la hora de conseguir un trago y se mantuvieron bebiendo alcohol así éste llevara un sabor amargo añadido o un choque eléctrico. “Como clínico, eso me asombró pues el diagnóstico de alcoholismo se basa en que las personas siguen bebiendo o tomando drogas sabiendo muy bien que eso les hace daño y que las puede matar”, dice Heilig.

“Es un muy buen estudio”, dice el neurocientífico Michael Taffe, quien estudia adicciones a las drogas. “Puesto que sólo una minoría de los humanos hace la transición a la adicción, eso propicia la identificación de posibles variantes genéticas por detrás de ella”.

Eso fue lo que hizo el equipo luego. Compararon las diferencias en los genes que estaban activos en los cerebros de los dos grupos de animales. Se enfocaron en seis regiones, y sólo encontraron diferencias en una. Y esa una es la que corresponde a la amígdala.

La amígdala es esa región en forma de almendra que se sitúa bien profunda en el cerebro y que está fuertemente asociada a las emociones. Cuando Augier examinó la amígdala de ratones alcohólicos, encontró señales de una actividad inusualmente baja en varios genes, todos ellos ligado a un químico llamado GABA.

El GABA es un neurotransmisor que actúa como señal roja: algunas neuronas lo fabrican y lo liberan para hacer que sus vecinas no se enciendan. Hecho esto, esas neuronas usan una enzima, la GAT3 para recuperar el GABA y re-usarlo. Pero en la amígdala de los animales alcohólicos, el gen que fabrica la enzima está menos activo, lo que lleva a que el GABA se acumule alrededor de las neuronas vecinas volviéndolas inactivas de forma anormal.

Las consecuencias de lo anterior no son claras, aunque Heilig piensa que todo ese GABA extra limita la habilidad de esos animales para lidiar con el miedo y el estrés. Ellos son más ansiosos, lo que ayudaría a explicar su vulnerabilidad al alcohol. Él le pone unos cinco años más de trabajo hasta entender bien el circuito molecular.

Por ahora, el equipo ha demostrado que la GAT3 es importante para reciclar el GABA: tomaron a los animales que preferían el azúcar y redujeron sus niveles de GAT3 en la amígdala. Este procedimiento simple fue suficiente para desatar el alcoholismo.

“Curar el alcoholismo en ratones no es lo importante. Lo que es importante es aplicarlo a lo que sucede en humanos con adicción al alcohol”, dice Heilig.

Y ahí van bien. Los colegas de Heilig examinaron muestras de tejido post-mortem de personas que habían donado sus cerebros a la ciencia, algunos de ellos alcohólicos. y encontraron bajos niveles de GAT3 en la amígdala.

Claro que la tendencia al alcoholismo debe estar controlado por muchos genes, pero identificar al menos uno de ellos ayudará a encontrar a esos otros genes. Igual no se debe y puede olvidar los enormes efectos del entorno social, que muchas veces potencian la expresión de los genes o por el contrario, la controlan y liberan al individuo de su acción.

Al día de hoy algunos medicamentos se han postulado como útiles en el control del buen funcionamiento del GABA, aunque con muchos efectos nocivos al lado.

Pero el estudio de Heilig sugiere que otros químicos, que pueden afectar los niveles del GABA de una manera más sutil, podrían ser útiles para ayudar a las personas en el control de las adicciones. Algunas de esas sustancias ya están en desarrollo.

Referencia:
A molecular mechanism for choosing alcohol over an alternative reward. Augier E., et al. Science 2018

Más información en el Blog de Josefina Cano: Cierta Ciencia

Obras de divulgación de Josefina Cano:

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades


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