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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Los inicios de la Eugenesia. Una "mala herencia"

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En la historia de los Estados Unidos, considerado por muchos como el país de la democracia y del pensamiento crítico han aparecido los peores ejemplos de cómo una idea se puede convertir en un arma de mucho poder no sólo para excluir a parte de la población de los beneficios sociales y económicos que les corresponderían en su calidad de miembros de ella, sino para confinarlos en instituciones, degradarlos, evitar a toda costa su reproducción o si no esterilizarlos. Lo que contamos hoy fue una de las mayores muestras del uso incorrecto de la ci encia en los albores del siglo pasado.

Ocurrió en Nueva Jersey, en una institución llamada Escuela de Entrenamiento de Vineland para Niños Débiles Mentales, bajo un vigoroso y justiciero director, psicólogo más bien mediocre, H. H. Goddard. En sus inicios la escuela acogía a niños con epilepsia, o con problemas en su desarrollo y otros impedimentos intelectuales. Algunos estaban afectados con lo que hoy se conoce como síndrome de Down. Goddard lo convirtió en su laboratorio para demostrar su persistente idea de la existencia de una inferioridad hereditaria en la inteligencia de algunos niños.

Recién redescubierto Mendel y sus explicaciones de cómo se transmitían las características de progenitores a descendientes, el entusiasmo se había regado entre los genetistas norteamericanos. Una corriente del estudio de la inteligencia y que acabó siendo la más radical, extrapoló de forma directa los resultados obtenidos sobre la altura de las plantas, el arrugado de las semillas, el color de las flores de los experimentos mendelianos, de forma directa y sin mediar un análisis de juicio, a las mediciones de la inteligencia en los humanos.

En Europa se había establecido una medición, no de la inteligencia sino de las capacidades mayores o menores de los niños de las escuelas, el conocido y maltratado Coeficiente Intelectual (CI). La había desarrollado el francés Alfred Binet, por encargo del Ministerio de Educación para encontrar a los niños que tuvieran problemas en el aprendizaje con el propósito de ayudarles a mejorar su rendimiento. Pero no, en los Estados Unidos, el CI, se convirtió en la herramienta ideal, certera y supuestamente basada en la ciencia, para rotular de manera irrevocable como deficientes, débiles mentales, a los niños que eran pobres o que tenían antecedentes de padres con problemas de violencia doméstica, robos o que simplemente vivían marginados.

Goddard clasificaba a los niños con sus medidas del CI en tres categorías: imbéciles, idiotas o con retardo mental profundo. La inteligencia para él era una característica mendeliana clásica, una prueba de que la herencia era innata, gobernada por un factor único, sin conexión alguna con el entorno. Los padres con esa herencia defectuosa sólo podían tener hijos defectuosos. Su ejemplo más conocido y que le sirvió durante años en su carrera, con varios libros publicados lo personalizó en una niña que llegó a la escuela Vineland en 1897, a los ocho años. Se llamaba Emma Wolverton, tenía un peso promedio y sus rasgos faciales y maneras eran los de alguien de su edad.

¿Cómo acabó esa niña en una institución así?. Su madre fue sirvienta en la casa de un rico hacendado que la dejó embarazada. Al nacimiento madre e hija fueron expulsadas y lo que siguió fue una vida de miserias. A pesar de todo, la madre la cuidó hasta cuando no pudo más.

Emma conocía algunas letras pero no sabía leer, escribir o contar. Era suave al trato pero el staff la rotuló como “obstinada y destructiva”. El que haya sido llevada a esa institución fue suficiente para que la declararan débil mental y la confinaran. La destinaron a trabajos manuales, cultivo de la huerta, que por supuesto y con el trabajo de los cientos de niños del centro, buenos beneficios económicos producían, beneficios que los confinados nunca vieron.

Con el tiempo y ayuda de sus colaboradores en la institución, Goddard inició la búsqueda de los antepasados de Emma para confirmar su “inequívoco supuesto” de que eran también débiles mentales. Lo que encontraron fue que la madre de Emma trabajaba en una granja y vendía jabón. Según una colaboradora de Goddard, su “filosofía de vida era la de un animal”, así, sin más. Yendo atrás en los ancestros, la familia era una colección de padres ladrones de caballos, borrachos y de niños abandonados, enfermos, sucios, resultados de incestos. Pero, y esto fue muy importante para las teorías de Goddard, también encontraron otra rama de la familia de Emma: el padre se había casado con una cuáquera ejemplar y todos los descendientes eran apuestos, sanos, vivaces, libres de vicios y claro, inteligentes.

Para publicar los estudios de la historia de Emma y sus ancestros poseedores todos de una herencia viciada por la vida de promiscuidad (inherente a la idiotez), robos, alcoholismo y violencia, necesitaba un nombre ficticio para proteger su identidad. La llamó Deborah Kallikak. El apellido fue una creación de Goddard venida de una combinación de palabras griegas: kalos (bueno) y kakos (“malo”). La combinación hacía referencia a las dos supuestas familias, opuestas en bienestar y las consecuentes habilidades cognitivas. (Hoy se sabe que las fotos tomadas como pruebas, fueron manipuladas para hacer parecer monstruosos a los miembros de la rama kakos). Goddard no tuvo inconvenientes en añadir también unas fotos de Emma cosiendo en una máquina, con el rótulo de “Las pruebas de inteligencia muestran que tiene la edad mental de una niña de nueve años” aunque para el lector desprevenido son las de una muchacha normal.

En sus inicios Goddard no era muy partidario de esterilizar a los “débiles mentales”. Como se acogía ciegamente a la herencia mendeliana (repetimos, válida para los guisantes y otras características que hoy sabemos aplican a rasgos de un único factor y no algo tan complejo como la inteligencia), pensaba en la otra rama de la familia dañada, esa que no portaba la “mala herencia”, y que no era conveniente para el entendimiento y manejo de una población sana en sus capacidades intelectuales, la higiene racial, utilizar un machete pudiendo hacerlo con un escalpelo. No fuera a ser que eliminaran a un miembro sano y con buenas probabilidades de tener una descendencia ejemplar.

Sin embargo el libro de los Kallikaks ya se había vuelto el manual a seguir para quienes buscaban la pureza racial inherente a quienes eran portadores de una buena herencia, y el eliminar a los aborrecibles débiles mentales y su mala herencia. Así, en 1927 la Corte Suprema de Justicia, para esterilizar a una joven de Virginia, Carrie Buck, hija de una mujer pobre y con problemas y a su vez madre de un bebé al que declararon débil mental, basó sus alegatos echando mano del libro de La Familia Kallikak de Goddard. La temible Eugenesia se había instalado en Estados Unidos y con ello se marcó el inicio de la mayor ola de esterilización en los años que siguieron.

JOSEFINA CANO Ph. D. Genética Molecular

The Gene. An Intimate Histoy. Siddartha Mukherjee. Scribner, 2016
The Mismeasure of Man. Stephen J. Gould. W. W. Norton & Company, 1981

Más información en el Blog Cierta Ciencia

Obras de Josefina Cano:

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades (Amazon)

En Colombia en la Librería Panamericana y en Bogotá en la Librería Nacional

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades. (Planeta)


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