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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
Los buitres del Nuevo Mundo, cóndores, auras y zopilotes, constituyen la familia de las catártidas. Son aves carroñeras americanas, semejantes a los buitres verdaderos que habitan en Eurasia y África, aunque no están estrechamente emparentados con ellos. Los parientes más próximos de las catártidas fueron las teratornítidas (“aves monstruosas”), un grupo extinto de enormes aves rapaces que vivieron en el continente americano entre el Mioceno y el Pleistoceno. Por su tamaño y por la estructura de sus alas, las teratornítidas volaban como los cóndores, aprovechando las corrientes térmicas para ganar altura y planeando largas distancias sin esfuerzo en busca de presas.
A diferencia de las catártidas, las teratornítidas eran depredadores activos; la estructura de su pico, más parecido al de las águilas que al de los buitres, era más adecuada para tragar presas enteras que que para arrancar pedazos de carne de presas más grandes o de carroñas. Además, sus patas eran más largas, lo que les daba más movilidad en el suelo para caminar, trotar y acechar a sus presas. Las teratornítidas más pequeñas, del tamaño de un cóndor, se alimentaban probablemente de ranas, lagartos, roedores y pequeñas aves. La mayor de todas ellas, Argentavis magnificens, podía tragar presas del tamaño de una liebre.
Argentavis magnificens (“ave argentina magnífica”), un ave de unos siete metros de envergadura y tan alta como un hombre, vivió en la Pampa argentina a finales del Mioceno, hace entre 8 y 6 millones de años. Su envergadura duplica la del albatros, la mayor entre las aves vivientes; su peso, estimado en setenta u ochenta kilos, cuadruplicaba el de la avutarda común, el ave voladora más pesada existente.
Argentavis magnificens es también la teratornítida más antigua conocida. Las últimas teratornítidas desaparecieron de América del Norte a finales del Pleistoceno, hace unos 12.000 años.
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