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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Macrauchenia, el último ungulado sudamericano

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Hace casi doscientos años, en marzo de 1834, Charles Darwin, embarcado en su célebre viaje alrededor del mundo en el Beagle, envió una carta a su profesor John Stevens Henslow desde las islas Malvinas. En ella se puede leer:

En Puerto San Julián he encontrado huesos muy perfectos de un gran animal, me imagino que un mastodonte. Los huesos de una extremidad posterior son muy perfectos y sólidos. Es interesante, ya que la latitud se encuentra entre los 49 y los 50 grados, y el lugar está muy alejado de las grandes pampas, donde los huesos del mastodonte de dientes estrechos se encuentran con tanta frecuencia.

Pero esta vez, Darwin se equivocaba. Los huesos no correspondían a un mastodonte. Darwin había descubierto una nueva especie animal completamente diferente. Los fósiles encontrados por Darwin fueron estudiados unos años más tarde, al regreso del Beagle a Inglaterra, por el anatomista y paleontólogo inglés Richard Owen, que en 1838 les dió el nombre de Macrauchenia patachonica, pensando que se trataba de una llama prehistórica. Macrauchenia patachonica significa “cuello largo de la Patagonia”. Owen eligió el nombre genérico Macrauchenia basándose en el género, hoy en desuso, Auchenia, en el que en aquellos tiempos se agrupaban los camélidos sudamericanos: la llama, la alpaca, la vicuña y el guanaco.

Owen también estaba equivocado, porque Macrauchenia tampoco es una llama. Macrauchenia tenía pezuñas, como las llamas, y por aquel entonces se creía que los ungulados, los animales con pezuñas, estaban todos emparentados. Pero hoy sabemos que esto no es así. La pezuña es un instrumento muy útil, y ha evolucionado de manera independiente repetidas veces a lo largo de la historia de los mamíferos. Hoy existen dos grupos separados de animales con pezuñas, los perisodáctilos, que comprenden los caballos, cebras y asnos, los tapires y los rinocerontes, y los artiodáctilos, que incluyen los camellos y llamas, los cerdos y jabalíes, los hipopótamos y todos los rumiantes. Pero en tiempos pasados otros grupos, hoy extintos, desarrollaron también pezuñas.

Durante gran parte de la era Cenozoica, Sudamérica fue una isla. Allí evolucionó una fauna particular con hasta cinco grupos independientes de ungulados, pero casi todos sus integrantes desaparecieron hace unos tres millones de años, cuando Sudamérica y Norteamérica quedaron conectadas por el istmo de Panamá, y muchas especies norteamericanas emigraron hacia el sur.

Uno de esos grupos era el de los litopternos. La estructura de las patas de los litopternos es semejante a la de los ungulados con dedos impares, los perisodáctilos, como los caballos y los rinocerontes, aunque más sencilla. Los litopternos desarrollaron en Sudamérica formas semejantes a los caballos y los camellos de otros continentes.

Macrauchenia era uno de ellos. Apareció hace unos siete millones de años, en el Mioceno. Sus restos fósiles se han encontrado en Argentina, Bolivia, Chile y Venezuela. Macrauchenia era un animal herbívoro, de unos tres metros de longitud, dos de altura y una tonelada de peso. Su cabeza es pequeña, con el hocico largo y los orificios nasales, situados en la parte superior de la cabeza, cubiertos por una pequeña trompa, que le sirve para arrancar hojas de los árboles y arbustos, aunque sus grandes muelas nos dicen que también come hierba. La trompa también podía servirle, como al moderno antílope saiga de las estepas de Asia Central, para evitar la entrada de polvo en las fosas nasales. El cuello es largo. Las patas, también largas, terminan en tres dedos con pezuñas. Se parece a un camello sin joroba, con patas de rinoceronte y trompa de tapir.

Por su estructura, las patas delanteras parecen adaptadas a la carrera, pero las traseras no. No es un animal demasiado rápido, pero compensa esta limitación con su agilidad. En su huída puede cambiar de dirección con gran rapidez, y así agotar a sus perseguidores. Suficiente para sobrevivir entre los depredadores de su tiempo, como las grandes aves carnívoras no voladoras y los marsupiales de dientes de sable.

Con la llegada de la fauna norteamericana tras la aparición del istmo de Panamá, la situación cambió. Macrauchenia tuvo que enfrentarse a nuevos depredadores, como los lobos gigantes, los pumas, los jaguares y los félidos de dientes de sable, y a la competencia de nuevos herbívoros. La agilidad no es tan útil cuando uno se encuentra acorralado por una manada de lobos, o si se enfrenta a un Smilodon, que caza al acecho y cae sobre su presa de improviso. Aun así, Macrauchenia fue el único litopterno que sobrevivió durante un tiempo. Pero la especie, debilitada, recibió el golpe de gracia con los cambios climáticos del Pleistoceno y con la llegada del hombre a Sudamérica, y desapareció hace unos diez mil años.

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

Infiltrado reticular
Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos.

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo


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