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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Mensualmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Los silvionítidos, aves gigantes de Oceanía

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Hace unos tres mil años llegaron a Nueva Caledonia los primeros seres humanos. Eran austronesios, que desde su remoto origen en el sur de China llevaban más de dos milenios extendiéndose por las islas y archipiélagos de Oceanía. La fauna que se encontraron allí era mucho más diversa que la que pervive en la actualidad, y la extinción de muchas de esas especies se puede achacar a la colonización humana. La fauna terrestre prehistórica de Nueva Caledonia carecía, por lo que sabemos, de mamíferos y anfibios. Por desgracia, el registro fósil del que disponemos es escaso, y está limitado a tres yacimientos en las tierras bajas de la isla; no tenemos ninguna información de los animales que pudieron habitar en el pasado en las montañas de Nueva Caledonia.

Entre los reptiles, ya hemos hablado en Zoo de fósiles de los cocodrilos terrestres mekosuquinos, representados en Nueva Caledonia por la especie Mekosuchus inexpectatus, que sobrevivió quizá hasta el siglo III de nuestra era. Había también tortugas gigantes con cuernos, de las que hablaremos con más detalle en otra ocasión, y un varano, quizá no tan grande como el dragón de Komodo, pero de un tamaño considerable.

Las aves eran muy diversas. Sin contar los pájaros, poco estudiados, entre las aves endémicas extintas había dos especies de azores de distintos tamaños, dos especies de palomas, un calamón de gran tamaño y probablemente incapaz de volar, una lechuza y un megapodio, la mayor especie conocida de este grupo. También se extinguió el kagú de tierras bajas, uno de los dos únicos miembros de la familia de los rinoquétidos, junto con el kagú de tierras altas, que sobrevive en los bosques de montaña de Nueva Caledonia. Los kagúes son aves que pasan la mayor parte del tiempo en el suelo, donde se alimentan de gusanos, caracoles, insectos y pequeños reptiles. La especie extinta era un 15% mayor que la actual, que alcanza medio metro de longitud y un kilo de peso. Entre las aves extintas también hay una chochita austral, que pertenece a un grupo de aves parecidas a las agachadizas que hoy solo pervive en pequeñas islas cercanas a Nueva Zelanda. Dentro de ese grupo, la especie de Nueva Caledonia era de gran tamaño y con buenas capacidades para el vuelo.

Y, por último, nuestra protagonista de hoy, Sylviornis, un ave no voladora de gran tamaño, de 1,70 metros desde la punta del pico hasta el extremo de la cola, entre 80 centímetros y 1,60 metros de altura y alrededor de 30 o 40 kilos de peso. El cráneo de Sylviornis es grande, con el pico alto y aplanado lateralmente, adornado en su parte superior por una protuberancia ósea redondeada. Las alas son solo unos muñones, y las patas son cortas, con cuatro dedos fuertes provistos de garras largas. Presenta diversas peculiaridades en el esqueleto que la diferencian de las otras aves: la caja torácica y la pelvis tienen aspecto casi dinosauriano, las clavículas no están fusionadas en la fúrcula, ese hueso en forma de Y que refuerza el pecho de las aves, y el número de vértebras en la cola es muy elevado.

La anatomía del cráneo de Sylviornis indica que su visión era pobre, mientras que el olfato estaba muy desarrollado. Era probablemente un ave crepuscular. No sabemos qué comía, pero por la forma del pico y de las patas podía ser un herbívoro que se alimentaba de vegetación baja y escarbaba en busca de raíces y tubérculos, o un depredador que cazaba invertebrados.

Cerca de la mitad de los fósiles de Sylviornis corresponden a animales jóvenes, lo que sugiere que las nidadas eran numerosas para asegurar la supervivencia, y que la vida media de estas aves no sobrepasaba los 7 años, una cifra muy baja para un ave tan grande.

Hasta hace unos años se pensaba que Sylviornis era un megapodio gigante. Los megapodios, un grupo de galliformes que se distribuye por Indonesia, las Filipinas, Australia y otras islas del Pacífico, no incuban sus huevos, sino que construyen enormes montículos de tierra y vegetación donde los entierran, y la descomposición de la materia orgánica les proporciona el calor necesario. En la vecina Isla de los Pinos, al sur de Nueva Caledonia, existen cientos de enormes montículos que, después de miles de años de erosión, miden hasta 50 metros de ancho y 5 de alto, demasiado grandes incluso para el megapodio extinto antes citado, que no pasaba de 3,5 kilos de peso. Esos montículos tampoco son enterramientos, puesto que no contienen ni restos humanos ni ajuares funerarios. Pero los estudios más recientes indican que Sylviornis no era un megapodio, sino que, o bien estaba más próximo a los faisánidos, el grupo de galliformes formado por faisanes, gallos, pavos y perdices, o bien ni siquiera formaba parte de las galliformes. De modo que parece poco probable que construyera montículos para incubar los huevos. No sabemos quién o qué, ni para qué, construyó esos enormes montículos.

Los canacos, el pueblo autóctono de Nueva Caledonia, cuentan que existió en la antigüedad un ave, llamada “du”, del tamaño de Sylviornis, de color rojizo, con una marca en forma de estrella en la cabeza. No podía volar, pero corría con rapidez utilizando los muñones de las alas para mantener el equilibrio. Podría ser Sylviornis. Sin embargo, otros relatos legendarios contradicen la hipótesis de las nidadas numerosas: este “du”, dicen los canacos, ponía un solo huevo en el suelo entre noviembre y abril que no incubaba ni cubría, aunque los adultos lo defendían con agresividad.

Sylviornis es el animal fósil más común en Nueva Caledonia, y sus restos, que se cuentan por miles, se encuentran frecuentemente relacionados con la actividad humana. Probablemente fue cazado hasta la extinción por los austronesios. Desapareció muy poco después de la llegada de estos a Nueva Caledonia.

Sylviornis no estaba sola. Por la misma época vivía en Fiyi Megavitiornis, un ave no voladora de gran tamaño, con una altura de 80 centímetros y unos 30 kilos de peso. Como Sylviornis, carecía de fúrcula y tenía el pico muy alto y aplanado lateralmente, que quizá usaba para romper las semillas de los grandes frutos de las selvas del archipiélago; muchas de estas semillas son tan grandes y tan duras que ningún animal nativo de Fiyi es capaz de abrirlas. Megavitiornis forma junto con Sylviornis la familia de los silviornítidos que, como hemos dicho, puede ser un grupo hermano de las galliformes o bien formar parte de este y estar cercano a los faisánidos. Igual que ocurrió con Sylviornis, Megavitiornis se extinguió poco después de la colonización humana de Fiyi, que comenzó hace entre 3500 y 3000 años.

Germán Fernández (03/03/2026)

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