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El Neutrino

El neutrino es una partícula esquiva, en apariencia insignificante, pero necesaria para explicar el mundo. Ni la radiactividad, ni el big bang, ni el Modelo Estandar de la física de partículas serían posibles sin él. Con El neutrino, un blog nacido en febrero de 2009, el físico y escritor Germán Fernández pretende acercar al lector, y ahora al oyente, al mundo de la ciencia a partir de cualquier pretexto, desde un paseo por el campo o una escena de una película, hasta una noticia o el aniversario de un investigador hace tiempo olvidado.

Ventana abierta al pasado de las ballenas

Ballenas fósiles vivientes - El Neutrino podcast - Cienciaes.com

El último cetotérido

A falta de revivir los seres vivos extintos, cosa de la que aún no somos capaces, aunque algunos científicos están en ello, los paleontólogos R. Ewan Fordyce y Felix G. Marx, de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, ha conseguido algo que se le parece mucho. Gracias a sus recientes investigaciones sabemos que los cetotéridos, un grupo de cetáceos que se consideraba desaparecido desde el periodo Plioceno Superior, hace casi tres millones de años, no están tan extinguidos como se creía.

No se trata tampoco del descubrimiento de una nueva especie. Fordyce y Marx han realizado el estudio anatómico más completo hasta la fecha de una ballena que, a pesar de ser una vieja conocida, es uno de los cetáceos más esquivos y menos estudiados: la ballena franca pigmea.

El descubrimiento de la ballena franca pigmea

A la ballena franca pigmea (Caperea marginata) la conocemos desde hace casi dos siglos, desde que los naturalistas de la famosa expedición antártica del Erebus y el Terror descubrieron huesos y barbas de ballena que parecían una versión reducida de los de las ballenas francas. Esa expedición británica, comandada por James Clark Ross, exploró el Antártico entre 1839 y 1843 a bordo de los navíos Erebus y Terror. La nueva especie de ballena fue descrita en 1846 por el zoólogo británico John Edward Gray, conservador de zoología del Museo Británico, y en 1923 el zoólogo estadounidense Gerrit Smith Miller, a la vista de sus peculiaridades, creó para ella la familia de los neobalénidos.

La ballena franca pigmea es, de lejos, la menor de las ballenas con barbas. Sólo alcanza entre seis y seis metros y medio de longitud y entre 3000 y 3500 kilos de peso. Es de color grisáceo, más oscuro en el dorso, con un par de manchas más claras tras los ojos. Se diferencia de las ballenas francas verdaderas en que posee una aleta dorsal y carece de pliegues gulares y callosidades en la piel; además, su mandíbula no es tan curvada. Pero su característica más distintiva son las barbas, largas y estrechas, de color crema, con una línea blanca en las encías. La ballena franca pigmea habita en los océanos del hemisferio sur, entre los 30 y los 55 grados, y se alimenta de krill y otros pequeños crustáceos.

Es muy poco lo que se sabe de la vida de la ballena franca pigmea. No conocemos ni sus periodos de gestación y lactancia, ni su longevidad, ni su comportamiento social. Los avistamientos de esta especie en el mar son muy raros, y casi todo lo que sabemos de ella lo debemos a los individuos, vivos o muertos, que de cuando en cuando aparecen varados en las playas. Es precisamente el estudio de la anatomía de esos ejemplares, y su comparación con una veintena de especies vivientes y extintas de ballenas con barbas, lo que ha llevado a Fordyce y Marx a proponer que la ballena franca pigmea es el último superviviente de la familia de los cetotéridos, un grupo de cetáceos con barbas primitivos que apareció en el Oligoceno Superior, hace unos 25 millones de años, y prosperó durante el Mioceno. Se ha abierto una ventana al pasado de los cetáceos. Una nueva razón para estudiar y proteger a este cetáceo tan desconocido.

El esquivo zifio de Shepherd

Hablando de ballenas, el zifio de Shepherd es uno de los cetáceos menos conocidos. Fue descubierto por George Shepherd, antiguo conservador del Museo de Wanganui (Nueva Zelanda), en 1933, cuando un ejemplar quedó varado cerca de Ōhawe, en la costa sur de la Isla Norte de Nueva Zelanda. En 1937, el naturalista neozelandés Walter Reginald Brook Oliver realizó la descripción científica de la especie, y la bautizó, en honor de su descubridor, Tasmacetus shepherdi. Desde entonces, y según datos de 2006, sólo se han registrado cuatro avistamientos confirmados en el mar, tres de ellos en el Atlántico Sur, en Tristán de Acuña y en la isla de Gough, y el cuarto al sur de Tasmania, otros cinco sin confirmar, en Nueva Zelanda y en las islas Aurora, y 42 ejemplares varados en las costas de Nueva Zelanda, las islas Chatham, Argentina, Tristán de Acuña, Australia y las islas Juan Fernández. Este año, un equipo de la División Antártica Australiana ha conseguido filmar por primera vez un grupo de estos cetáceos en el estrecho de Bass, entre Tasmania y Australia.

Difícil de observar y estudiar

La discreción y el sigilo de esta especie se explican por su distribución geográfica y su modo de vida: Es un cetáceo que habita en aguas profundas, mar adentro, entre los rugientes cuarenta y los furiosos cincuenta (entre los 40º y 50º y entre los 50º y 60º de latitud sur, respectivamente), donde las condiciones meteorológicas no suelen ser muy favorables para la navegación, no digamos ya para la observación de cetáceos.

El zifio de Shepherd es un cetáceo robusto que mide entre seis y siete metros y pesa alrededor de tres toneladas. Es de color marrón oscuro en el dorso y crema en el vientre, con una línea pálida que se extiende hacia arriba desde las aletas y una banda clara en el flanco posterior. Es el único zifio que conserva un juego completo de dientes funcionales, y los machos adultos tienen además un par de colmillos en el extremo de la mandíbula inferior. El melón, el abultamiento de la frente que alberga el órgano de la ecolocalización, es grande, y el hocico largo. La aleta dorsal es alta, con forma de hoz, y está situada más cerca de la cola que de la cabeza.

No tenemos ni idea de la población total de esta especie, ni de si se encuentra o no amenazada de extinción. ¡Cuánto queda aún por conocer de nuestro mundo!

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo


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