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Los mares y océanos han motivado desde siempre a los científicos. La necesidad de orientarse en un entorno cambiante nos ha hecho mirar al cielo y conocer los astros y sus movimientos, hemos creado instrumentos de navegación en los que se dan la mano arte, ciencia y tecnología, y han tenido lugar grandes expediciones científicas que han cambiado la visión del mundo y de nosotros mismos. De todo ello nos habla Manuel Díez Minguito.

El misterio de la ballena jorobada

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Las migraciones de las ballenas jorobadas, también conocidas como yubartas, son reconocidas hasta la fecha como las más largas conocidas para un mamífero. Durante los meses cálidos, las ballenas migran a regiones polares, donde en sus aguas frías el alimento es abundante. Cuando llega el invierno, la comida escasea y las ballenas jorobadas migran hacia aguas ecuatoriales, más cálidas, para reproducirse. Estos majestuosos animales marinos llegan a cubrir con frecuencia más de 8000km de distancia en estos viajes.

Las investigaciones sobre orientación animal realizadas con mamíferos marinos, como las ballenas, son escasas. Las limitaciones son obvias: en un laboratorio es mucho más sencillo experimentar con salmones, por ejemplo, que también son animales marinos conocidos por sus migraciones, que con ballenas de 30 toneladas. Los biólogos marinos aún discuten sobre cómo estos grandes mamíferos se orientan y de cómo son capaces de realizar estas largas migraciones transoceánicas.

Las nuevas tecnologías, sin embargo, han abierto nuevas posibilidades. Recientemente, un equipo internacional dirigido por el Prof. Travis Horton de la Universidad de Canterbury, en Nueva Zelanda, publicó en la revista Biology Letters el estudio más detallado jamás llevado a cabo sobre las migraciones de ballenas jorobadas. El estudio se desarrolló en los Océanos Atlántico y Pacífico Sur. Los investigadores marcaron las ballenas jorobadas con dispositivos electrónicos capaces de ser seguidos vía-satélite. El objetivo inicial era identificar sus trayectorias para conocer sus rutas migratorias, las zonas que visitan y donde se alimentan y se reproducen, y también para estimar el tiempo que invertían en realizar su periplo migratorio.

Ocho años duró el seguimiento. Y el posterior análisis de los resultados mostró algo que los investigadores no esperaban. Las trayectorias seguidas por estos cetáceos durante la mayor parte de su viaje, lejos de ser erráticas, fueron casi perfectamente rectas o compuestas por varios segmentos rectos (según el sistema de proyección de Mercator). En la mayoría de los casos, las desviaciones en la dirección fueron inferiores a 1º, y eso a lo largo de miles de kilómetros de mar abierto. Este rumbo constante lo mantuvieron día y noche algunos ejemplares hasta 28 días ininterrumpidamente. Ni siquiera las corrientes marinas, ni tormentas tropicales, fueron capaces de desviarlas. Eso significa que las ballenas jorobadas fueron capaces de compensar estas variaciones del entorno manteniendo su rumbo inalterado. Por tanto, parece lógico que, para conseguir esto, las ballenas deban saber interpretar signos o referencias externas con las cuales orientarse y basar su navegación.

Experimentos llevados a cabo con tortugas marinas, salmones y langostas espinosas muestran que, aunque eventualmente puedan servirse de otros indicios, como la posición de los astros, estos animales se bastan con interpretar el campo magnético terrestre para localizar el origen y el destino de sus migraciones. Las tortugas y salmones, en especial, parecen disponer de un mapa magnético desde que nacen: es algo innato. Sin embargo, no se sabe si ese mapa innato se limita solamente a las zonas de origen y destino o si por el contrario es global, algo así como un GPS animal de serie; tampoco se sabe si ese mapa se va completando o revisando con la experiencia, y tampoco cómo estas especies han logrado adaptarse a las variaciones históricas y geológicas en el campo magnético terrestre.

¿Y las ballenas jorobadas? ¿Cómo lo hacen? Cómo estas ballenas alcanzan tal precisión en sus rutas es un misterio, pero este estudio nos acerca un poco más a la respuesta. Los investigadores manejaron la hipótesis de orientación con los astros, con la posición del Sol en particular, y con el campo magnético terrestre.

La luz del Sol es capaz de penetrar hasta varios centenares de metros en la columna de agua, siempre y cuando no esté muy turbia, hasta que sea completamente dispersada. Las ballenas, por tanto, que se desplazan no lejos de la superficie (alrededor del centenar de metros de la superficie), son perfectamente capaces de ver la luz que les llega del Sol e identificar su posición. Luego, quizás, pudieran orientarse con ella. Sin embargo, Horton y su equipo, comprobaron que grupos de ballenas que iniciaron su migración desde una misma zona (concretamente el Atlántico S) pero en meses distintos, siguieron el mismo rumbo, la misma trayectoria, aun cuando experimentaron posiciones del Sol diferentes. Y al revés, grupos de ballenas que partieron desde la misma zona en la misma época del año siguieron rumbos distintos aun cuando la posición del Sol era la misma para ambos grupos. De estas observaciones se concluye que las ballenas no se orientan, exclusivamente, con la posición del Sol. Además, hay que tener en cuenta que esas trayectorias rectas se mantuvieron por periodos de hasta 28 días en algunos casos, luego sus habilidades de orientación también tuvieron que ponerse a prueba durante la noche. Otros autores, quizás dejándose llevar un cierto romanticismo, han propuesto que las ballenas podrían orientarse con la luz de las estrellas. Tampoco es una idea descabellada. De hecho, la foca común es el primer caso conocido de mamífero marino que se orienta con las estrellas; algunas aves también tienen esa capacidad; y hasta insectos, como el escarabajo pelotero africano, que es capaz de orientarse con la Vía Láctea. No obstante, aunque las ballenas fueran capaces de ver la tenue luz de las estrellas, acercándose a la superficie y ajustando la posición de su cristalino para compensar el cambio en la velocidad de propagación de la luz entre el aire y el agua, tampoco sería suficiente para explicar las diferentes trayectorias seguidas por las ballenas por las mismas razones que en el caso del Sol.

En relación a la posible orientación según el campo magnético terrestre, las conclusiones son similares al caso de los astros: la orientación por el campo magnético no explica por sí sola la extraordinaria precisión en las trayectorias de estos mamíferos. Distintos grupos de ballenas siguieron rutas migratorias distintas aun cuando partieron del mismo punto y, por tanto, experimentaron valores similares de declinación magnética. La declinación magnética, recordemos, en un punto de la superficie terrestre, es el ángulo entre la dirección que marca la brújula y la dirección hacia el N geográfico. Además, a lo largo de una de esas trayectorias casi perfectamente rectas, una ballena experimenta cambios notables en la declinación magnética y no pareció por ello alterar su rumbo. Y al revés, grupos de ballenas, en ocasiones, cambian de rumbo en zonas en las que el campo magnético terrestre es uniforme, no cambia. Todo esto no significa que no usen el campo magnético para orientarse; puede que de alguna manera las ballenas, como las tortugas o los salmones de los que antes hablábamos, dispongan de un mapa interno con las variaciones espaciales del campo magnético, y lo usen en su provecho; pero está claro que no puede ser el único indicio en el que se basan sus habilidades de navegación.

Quizás las ballenas combinen de algún modo el conocimiento del Sol, las estrellas y el campo magnético para orientarse. Los investigadores también dejan la puerta abierta a otros posibles mecanismos de orientación: ¿tienen las ballenas un conocimiento preciso de los fondos marinos, con sus montañas, su valles y cañones submarinos? ¿siguen los cambios de temperatura y salinidad de las aguas oceánicas?

REFERENCIAS

- “Straight as an arrow: humpback whales swim constant course: tracks during long-distance migration”. T.W. Horton y colaboradores. Biol. Lett. (2011), 7, 674–679.

- ”Harbour seals (Phoca vitulina) can steer by the stars”. B. Mauck y colaboradores. Anim. Cogn. (2008) 11:715–718.

- “Animal Navigation: A Map for All Seasons”. J.L. Gould. Current biology (2014) 24(4), pR153–R155.

- “Dung Beetles Use the Milky Way for Orientation”. M. Dacke y colaboradores. Current Biology (2013) 23, 298–300.

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