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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Vitaminas para las vacunas

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Algunas bacterias viven en el interior de nuestras células

Como sabemos, el sistema inmune es fundamental para nuestra salud, al protegernos del ataque de virus, bacterias, hongos, gusanos y otros parásitos. En las últimas décadas es mucho lo que se ha aprendido sobre el funcionamiento de este sistema crucial, lo cual ha permitido, entre otras cosas, desarrollar vacunas eficaces contra un buen número de enfermedades, que han salvado millones de vidas. Igualmente, la manipulación del sistema inmune por medios farmacológicos hace posible el éxito de los trasplantes de órganos ya que, sin esta manipulación, todos los órganos trasplantados serían rechazados, con muy pocas excepciones.

Las investigaciones en células madre con la intención de regenerar órganos dañados persigue conseguir reemplazarlos con nuestras propias células, de manera que no se produzca rechazo ni sea necesario el uso de fármacos inmunosupresores, que siempre pueden causarnos problemas, ya que también nos hacen más susceptibles a las infecciones.

Sin embargo, a pesar de todos los avances realizados, el sistema inmune todavía guarda importantes secretos que, poco a poco, son desvelados por la investigación científica. Uno de ellos lo ha sido recientemente, y lo que hemos aprendido al revelarlo resulta sorprendente y puede resultar muy útil.

LINFOCITOS MAIT

Una clase fundamental de células inmunes la constituyen los linfocitos de la sangre, de los que existen dos tipos principales: los linfocitos B y los T. Los linfocitos B son los encargados de la producción de anticuerpos y su secreción a la sangre, mientras que los T, con mucho los más numerosos, se encargan de ayudar a los linfocitos B en sus funciones y también de detectar células que han sido infectadas o se han encontrado con una sustancia extraña. Igualmente, los linfocitos T son los responsables de las reacciones de rechazo ante un trasplante.
Sin embargo, hasta hoy, se desconocía de qué manera desempeñaban su función nada menos que un 10% de los linfocitos T que pertenecen, es cierto, a una clase algo particular de linfocitos. Estos linfocitos particulares, descubiertos solo en 2003, son muy numerosos en el intestino, el pulmón y el hígado, y por estar asociados a tejidos mucosos, se les denomina linfocitos MAIT, por sus siglas en inglés.

Una curiosidad interesante de estos linfocitos es que solo se producen en el caso de poseer flora intestinal. Animales de laboratorio criados en condiciones de ausencia total de bacterias y que, por consiguiente, carecen de flora intestinal, no desarrollan linfocitos MAIT. Esta observación ya indicó que los linfocitos MAIT probablemente tenían algo que ver en la lucha contra las bacterias.

En 2010, se descubrió, en efecto, que los linfocitos MAIT detectaban a células infectadas por bacterias. Algunas bacterias son capaces de vivir en el interior de nuestras células, al menos de algunas de ellas. Para combatirlas, no es suficiente con generar anticuerpos, ya que estos no pueden penetrar en el interior de las células y neutralizar a las bacterias. Es necesario detectar a la célula infectada y matarla con las bacterias que guarda dentro. Solo así puede mantenerse la infección a raya y lograr finalmente eliminarla.

SORPRESA VITAMINADA

Pero para detectar a una célula infectada por una bacteria es necesario poder diferenciarla de las que no están infectadas. En otras palabras, es necesario detectar alguna característica que la distinga de las demás. Esta característica, en el mundo de las células, solo puede provenir de alguna molécula propia de las células infectadas, pero que no se encuentre en las células sanas. Esta molécula, procedente necesariamente de las bacterias, debe poder ser capturada por alguna molécula celular y ser presentada en la superficie de las células infectadas para que los linfocitos la detecten. ¿Qué molécula podría ser? Este era el misterio que hasta ahora había tenido en jaque a los inmunólogos.

Para averiguarlo, un numeroso grupo de investigadores de varias universidades australianas decidieron estudiar por métodos físico-químicos las propiedades de la molécula encargada de capturar las moléculas bacterianas y presentarlas en la superficie de las células a los linfocitos MAIT. Intentaron así averiguar qué clases de moléculas bacterianas habían podido capturar dichas moléculas celulares.

Lo que han encontrado y demostrado sus estudios, publicados en la revista Nature, resulta sorprendente. Las moléculas bacterianas capturadas y presentadas en la superficie de las células infectadas no son ni proteínas, ni lípidos, ni azúcares. Se trata, nada menos, que de vitaminas de la clase B, o de sus derivados, sintetizadas por las bacterias y que son necesarias para su crecimiento y reproducción. Estas moléculas de vitaminas no se encuentran en la superficie de las células sanas.

Todavía queda mucho que aprender sobre la función de los linfocitos MAIT y sobre por qué su desarrollo es dependiente de la flora intestinal. No obstante, este descubrimiento abre la puerta a nuevas estrategias para el desarrollo de vacunas eficaces, que pueden necesitar no solo de bacterias muertas o de sus componentes para estimular el sistema inmune e inducir protección, sino también de las vitaminas que las bacterias vivas producen y sin las cuales la estimulación del sistema inmune puede resultar defectuosa e ineficaz. Esperemos que investigaciones futuras logren este fin.

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