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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Cáncer para cenar

Cancer para cenar - Quilo de Ciencia podcast - Cienciaes.com

Por suerte, son muchos los factores que deben conjurarse para que un cáncer se declare. Algunos de ellos son necesarios, pero no bastan para que el cáncer crezca. Otros, aunque no son necesarios, pueden contribuir al crecimiento tumoral una vez un cáncer se ha iniciado.

Entre los factores necesarios, uno fundamental es la generación de mutaciones en ciertos genes (afortunadamente, no en cualquiera) que controlan el crecimiento celular. Estos genes pueden ser aquellos que aceleran el crecimiento, o aquellos que lo frenan. Una mutación que active a un gen de la primera clase (llamados oncogenes) resultará en un crecimiento celular más rápido. Una mutación que impida el funcionamiento de genes que frenan el crecimiento (los llamados genes supresores de tumores), también resultará en un mayor crecimiento tumoral.

Sin embargo, las células necesitan más que simples mutaciones para crecer. Una mutación puede permitir acelerar el crecimiento celular, pero para que las células crezcan necesitan también nutrientes en cantidades adecuadas. Si, por la razón que sea, las células que se han convertido en tumorales no pueden conseguir esos nutrientes, en un estado de crecimiento acelerado, pueden morir por desnutrición y el tumor no llegar a establecerse, a pesar de haber existido la mutación que lo podría haber permitido.

Igualmente, para poder establecer un tumor, las células tumorales necesitan escapar a la vigilancia del sistema inmune, que en condiciones normales siempre anda eliminando a las células que le resultan extrañas, como suelen ser las tumorales. Solo si las células tumorales son capaces de frenar la acción del sistema inmune, pueden establecer un tumor. Por fortuna, parece que esto sucede mucho menos frecuentemente que las mutaciones que podrían causar un cáncer.

Aún otro factor que puede influir en el desarrollo de un tumor es una perturbación en los normales ritmos circadianos, es decir, en los ritmos diarios que nuestro organismo sigue día y noche. Numerosos estudios médicos y científicos han comprobado que, si los ritmos circadianos no son respetados, por ejemplo, en el caso de trabajadores nocturnos expuestos a luz artificial y que deben dormir durante el día, la susceptibilidad a varias enfermedades aumenta. Estas enfermedades incluyen la obesidad, la diabetes de tipo 2, la enfermedad cardiovascular y también el cáncer. Y es que son muchos los genes cuyo funcionamiento obedece a un ritmo circadiano. Perturbar ese funcionamiento acarrea, a su vez, consecuencias para el buen funcionamiento de las células. La importancia de respetar los ritmos circadianos es tal que la organización mundial de la salud ha clasificado al trabajo nocturno como un probable carcinógeno, es decir, lo equipara a otros 81 agentes, la mayoría sustancias químicas, que pueden causar mutaciones en el ADN, y eso a pesar de que el trabajo nocturno no las causa por sí mismo.

Peligros de la vida moderna

La vida moderna, particularmente en vacaciones, puede acarrear una serie de “obligaciones sociales” que podrían afectar a nuestra salud. Salir hasta altas horas de la noche y dormir a deshoras, beber en exceso, comer alimentos insanos o cenar aún más tarde de lo que es habitual en España, probablemente el país en el que más tarde se cena del mundo, son actividades que pueden plantear un cierto riesgo para la salud, precisamente porque algunas de ellas violentan profundamente los ritmos circadianos.
Aunque existen estudios que apoyan lo anterior, hasta la fecha no se había realizado ninguno que estudiara los efectos de las cenas tardías, tan habituales en España, como he mencionado. Un numeroso grupo de investigadores de varias universidades españolas y una austriaca aborda ahora este asunto y realiza un estudio controlado en el que compara la incidencia de dos de los cánceres más importantes, el de próstata y el de mama, en personas que cenan justo inmediatamente antes de acostarse, y en personas que tardan al menos dos horas en acostarse después de cenar.

El estudio involucró a 872 varones y a 1.321 mujeres que nunca habían realizado trabajos nocturnos. Esto proporcionaba garantías de que estas personas no habían violentado demasiado ni con frecuencia sus normales ritmos circadianos. A los participantes se les realizó entrevistas para averiguar a qué hora cenaban, a qué hora se acostaban y también para clasificarlos de acuerdo a su cronotipo. El cronotipo es una característica de la personalidad, bajo una fuerte influencia de ciertos genes, por la que algunas personas prefieren levantarse pronto y acostarse también pronto (gorriones) mientras que otras prefieren acostarse tarde y levantarse también tarde (búhos). Por último, se estudió la incidencia de cáncer de próstata y de mama en las personas bajo estudio.

Los datos obtenidos indicaron que aquellas personas que se iban a dormir al menos dos horas tras la cena poseían un 20% menos de incidencia de cáncer de próstata o de mama. Muy interesante fue también el hecho de que aquellos que cenaban antes de las 9:00 pm en comparación con los que cenaban después de las 10:00 pm también vieron reducido en un 20% su riesgo de desarrollar cáncer, independientemente de la hora a la que se acostaran. El efecto protector de cenar pronto y acostarse al menos dos horas más tarde se vio incrementado en aquellas personas que seguían hábitos saludables para prevenir el cáncer, así como en quienes gozaban de un cronotipo gorrión.

Desde un punto de vista estrictamente científico, estos datos indican la importancia de considerar los hábitos de las personas en lo que a cenar e irse a dormir se refiere antes de extraer conclusiones sobre otros factores que también podrían incrementar el riesgo de cáncer. Desde un punto de vista pragmático, estos datos apoyan, bien es cierto que ahora de manera científica, lo que cualquier abuela sabe y dice a sus descendientes: para tener salud debemos seguir una vida ordenada, comer adecuadamente, cenar con moderación, no acostarse con la cena en la boca y dormir a sus horas.

Referencia:
Kogevinas, M. (2018) Effect of mistimed eating patterns on breast and prostate cancer risk (MCC-Spain Study). Int. J. Cancer. doi: 10.1002/ijc.31649.


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