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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

Los atolones de Darwin. La visión de Lyell.

Atolón

Una superficie limpia no tarda en cubrirse de polvo y, cuando el empeño humano por la limpieza desaparece, el polvo se acumula capa tras capa. Al cabo de un año, si el viento no lo arrastra, el polvo acumulado puede alcanzar, tal vez, un espesor minúsculo, apenas una décima de milímetro, en los rincones hay más. Imaginemos que el proceso sigue así año tras año, milenio tras milenio... al cabo de un millón de años todo habrá desaparecido bajo una capa de polvo de 100 metros de espesor. Al mirar hacia atrás en el tiempo, hablamos de un millón de años como si supiéramos qué es, pero es difícil hacerse a la idea.

A finales del siglo XVIII las máquinas de vapor, verdadero motor de la Revolución Industrial, comenzaron a excavar canales, a perforar el suelo y a oradar montañas. A medida que abrían la Tierra salían a la luz estratos, superpuestos unos sobre otros como rebanadas de pan con mantequilla. Entre algunos de ellos asomaban restos fósiles de criaturas extrañas: peces desconocidos para el ser humano, aves que nadie había visto volar, criaturas gigantes que, de haberse encontrado con ellas, nadie habría podido olvidar.

Si todas las criaturas han sido creadas por Dios en un sólo día -decían entonces- ¿Qué fenómeno las ha borrado de la faz de la Tierra? ¿Qué utilidad tenía su creación?. El Creador había provocado una gran catástrofe, el Diluvio Universal, para castigar a los hombres. Quizás las catástrofes fueran una forma de hacer "borrón y cuenta nueva".

Charles Lyell, nacido en 1797, era un joven enérgico, poco inclinado a comulgar con ruedas de molino y acostumbrado a ver la naturaleza con la imprecisión de sus ojos miopes. Mientras era estudiante en Oxford observó que el mar había alterado ligeramente la línea costera cerca de Norwich y pensó: "el planeta lleva una vida agitada y cambiante". Lyell pasó toda su vida recorriendo el mundo y tomando notas de lo que observaba; subía con extraordinaria agilidad montañas empinadas, descendía hasta el fondo de los valles, visitaba desiertos... Un día trepó por las laderas de lava, aún caliente, del monte Etna, en Sicilia, y observó un buen número de corrientes de lava, apiladas unas sobre otras, que hablaban de múltiples erupciones anteriores.

Lyell comprendió que, a pesar de las apariencias, no eran necesarias grandes catástrofes para modelar la variedad de formas geológicas del planeta. Así lo expresó en uno de sus escritos:
Los geólogos siempre han tenido propensión a presentar la naturaleza como pródiga en violencia y avara en tiempo.

Los catastrofistas decían que una prueba de la existencia de grandes desastres en el pasado es que el registro fósil es fragmentario y está roto. Lyell argumentaba:
Los bosques pueden ser tan densos y elevados como los de Brasil, y pueden abundar los cuadrúpedos, aves e insectos, pero después de 10.000 años una sola capa de mantillo negro, de unos pocos centímetros de espesor, puede ser el único vestigio de esa infinidad de árboles, hojas, flores y frutos, de esos innumerables huesos y esqueletos de aves, cuadrúpedos y reptiles que ocupaban esa fértil región. Si finalmente esta tierra quedase sumergida, pueden barrer en pocas horas la pequeña capa de mantillo.

Lyell escribió una extensa obra titulada "Principles of Geology" cuyo primer tomo fue compañero inseparable del joven Charles Darwin durante su viaje alrededor del mundo.

Ulises nos habla hoy de Darwin y su hipótesis sobre la formación de los atolones del Pacífico.


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