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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

Prometeo y el fuego. Dinos a la brasa.

Incendios forestales

En pocos segundos llegó el infierno. Un asteroide más grande que el monte Everest se precipitó sobre la Tierra a una velocidad 40 veces mayor que la del sonido. El impacto fue terrible, se lo hemos contado en un reciente programa de Vanguardia de la Ciencia , pero hubo consecuencias que no comentamos allí y que les vamos a contar en estas líneas.

En 1985, Wendy Wolbach y sus colegas de DePaul University, estudiaban cuidadosamente la capa de arcilla que se repite una y otra vez en localidades repartidas por todo el planeta. La capa, atrapada en un sándwich de estratos del Cretácico del Terciario, tiene una edad que coincide en todo esos sitios: 65,5 millones de años. En esa fina capa de tierra, además de iridio, esférulas y pedazos de cuarzo que identifican al impacto de un cuerpo extraterrestre como causa de la catástrofe, Wolbach encontró partículas esféricas microscópicas de carbono que se agrupan en racimos y que impregnan el aire en los incendios forestales, hollín. Eran las cenizas de los bosques del Cretácico.

Aquellos no son restos de un incendio aislado, las partículas de hollín están en todos los lugares en los que la erosión no ha borrado las huellas de la catástrofe. Los cálculos revelaron que, contando el hollín acumulado en los estratos repartidos por toda la Tierra, debía haber más de 70.000 millones de toneladas ¿qué había sucedido?

En 1990, H. Jay Melosh y sus colegas de la Universidad de Arizona describieron los acontecimientos que tuvieron lugar tras el tremendo impacto de Chicxulub:

El choque del asteroide destrozó y vaporizó un enorme pedazo de corteza terrestre. Además de los terremotos, tsunamis y ola de presión, un hongo descomunal de gases y tierra comenzó a elevarse arrastrando consigo partículas del asteroide y cristales de cuarzo que sólo unos momentos antes yacían a 10 kilómetros bajo la superficie.

La inmensa nube se elevó y se extendió cientos de kilómetros adentrándose en el espacio más allá de los límites de la atmósfera terrestre. Algunos restos fueron despedidos más allá de la mitad de la distancia que separa a la Tierra de la Luna. Poco a poco, la nube se fue extendiendo hasta envolver toda la Tierra. Los restos y partículas fueron disminuyendo de velocidad a medida que eran frenadas por la gravedad terrestre y comenzaron a caer de nuevo, adquiriendo en el camino de vuelta tanta velocidad como habían perdido. Cuando chocaron con la atmósfera, su velocidad era tremenda, entre 7.000 y 40.000 kilómetros por hora.

Las partículas, al ser frenadas por el aire, ganaron temperatura y se iluminaron como estrellas fugaces. Billones de meteoros surcaron el cielo de la mayor parte del globo terráqueo convirtiendo la noche en día y el día en un verdadero infierno. El equipo de Melosh calculó la energía depositada por la lluvia de desechos y descubrió que fue suficiente como para incendiar los densos y poblados bosques de palmeras y helechos que poblaban amplias regiones durante el Cretácico.

Cuatro días después, casi todo el material lanzado durante el impacto había vuelto a la Tierra pero alrededor del 10 por ciento escapó y continuó viajando por el Sistema Solar. Algunos trozos cayeron en la Luna y en otros planetas, lo mismo que otros cataclismos han enviado rocas lunares y marcianas a la Tierra.

La reentrada de los desechos del impacto calentó la atmósfera de tal manera que las plantas comenzaron a perder vapor de agua, se secaron y brotaron fuegos por doquier. En pocos días, incendios terribles consumieron los bosques de América, África, el subcontinente Indio, Asia y, probablemente, Australia y la Antártida.

Cálculos realizados por David Kring y Daniel Durda, cuando trabajaban en la Universidad de Arizona, demostraron que la ola de incendios castigó de manera especial tanto la zona cercana al impacto como sus antípodas, ocupadas entonces por el subcontinente Indio. Durante días, la rotación de la Tierra fue exponiendo nuevas zonas al desastre. Es difícil imaginar el sufrimiento de las criaturas bajo semejante infierno. Pobres dinosaurios.

Ulises nos habla hoy de incendios forestales y paleofuegos. Les invitamos a escucharle.


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