Buscando "Evoluci"
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Hace entre 420.000 y 240.000 años, en plena sierra de Atapuerca (Burgos), grupos humanos preneandertales protagonizaron una de las formas de caza mejor documentadas del Pleistoceno. Hoy, el investigador de la Universidad Complutense de Madrid, Guillermo Rodríguez Gómez, explica cómo el análisis de los restos hallados en la Gran Dolina revela una actividad humana extraordinaria: en uno de los niveles del yacimiento, más del 90 % de los restos pertenecen a bisontes cazados y procesados con herramientas de piedra. El estudio de al menos 60 animales demuestra que estos pobladores no seleccionaban únicamente presas débiles o enfermas, sino que abatían rebaños completos, probablemente guiándolos hacia zonas peligrosas para capturarlos en grupo. Se trataba de una auténtica estrategia colectiva de supervivencia, que refleja un notable conocimiento del entorno y una organización social capaz de coordinar grandes acciones de caza.
Lo más sorprendente es que estas cacerías no agotaban las poblaciones de bisontes. Los estudios muestran que se trataba de una explotación ecológicamente sostenible, compatible con la recuperación anual de los rebaños.
Una muestra de que, ya en la Prehistoria, aquellos pobladores comprendían su entorno y sabían aprovechar los recursos sin destruirlos.
Cuando pensamos en fósiles humanos, solemos imaginar cráneos, mandíbulas o grandes huesos largos. Pero ¿y si una parte clave de nuestra historia evolutiva estuviera escondida en detalles mucho más pequeños? ¿Y si los huesos conservaran, grabadas en su superficie, las huellas de músculos y ligamentos desaparecidos hace millones de años? Aroa Casado es investigadora en la Universidad de Barcelona y en el Instituto de Arqueología, y acaba de publicar un trabajo que propone algo tan sugerente como revolucionario: reconstruir cómo se movían y utilizaban las manos nuestros antepasados a partir de las marcas que dejaron los ligamentos de la muñeca en los huesos. Aroa nos lo cuenta hoy en Hablando con Científicos.
Cuando pensamos en una erupción volcánica, solemos imaginar ríos de lava avanzando lentamente por la superficie, arrasando todo a su paso. Sin embargo, buena parte de lo que ocurre durante una erupción permanece oculta bajo una costra aparentemente sólida. Eso es precisamente lo que sucedió durante la erupción del volcán Tajogaite, en la isla de La Palma, en 2021. Un complejo entramado de tubos de lava actuó como una red de “cañerías naturales”, transportando magma a gran distancia del cono eruptivo y aumentando notablemente la peligrosidad del fenómeno. David Sanz Mangas (IGME-CSIC) y uno de los autores del estudio que analiza en detalle cómo se formó y creció este campo de coladas alimentado por tubos durante los casi tres meses que duró la erupción.
En el corazón de la Vía Láctea, a unos 26.000 años luz de la Tierra, se encuentra una de las regiones más turbulentas y fascinantes de nuestra galaxia. Allí, en las proximidades del agujero negro supermasivo Sagitario A*, enormes nubes de gas y polvo se entrelazan formando una compleja red. Un equipo internacional de científicos, entre los que se encuentra nuestra invitada, Laura Colzi, investigadora del Centro de Astrobiología (CAB), ha logrado obtener con el radiotelescopio ALMA el mapa más grande y detallado de la química de esta región. La imagen, construida con un gigantesco mosaico de miles de observaciones, revela una intrincada maraña de filamentos de gas frío —auténticos “espaguetis cósmicos”— en los que tienen lugar procesos que se esconden en el corazón de nuestra galaxia.
¿Podemos saber con antelación que un volcán está a punto de entrar en erupción? No hablamos de adivinar la hora exacta, sino de detectar el momento en que el proceso ya no tiene marcha atrás. Un equipo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC) ha desarrollado una metodología pionera capaz de identificar ese “punto de no retorno” hasta 48 horas antes del inicio eruptivo. El trabajo, liderado por nuestro invitado en Hablando con Científicos, Raúl Pérez López, se apoya en herramientas inspiradas en la teoría del caos para analizar los miles de terremotos que precedieron a la erupción del Tajogaite, en La Palma. El resultado sugiere que el sistema volcánico “tiene memoria” y que esa memoria puede ayudarnos a anticiparnos a la erupción antes de que la lava surja y empiece a arrasar su entorno. La propuesta ha despertado el interés de la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, que la ha destacado por su utilidad en la gestión de emergencias.
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