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Hablando con Científicos

El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.

Pesos pesados estelares. Hablamos con Artemio Herrero.

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¿Se ha parado usted a mirar el cielo estrellado?

A simple vista podemos ver que unos astros brillan más que otros, pero, cuanto más tiempo miremos, más patentes irán siendo esas diferencias. Unos, muy pocos, cambian de posición: son los planetas, satélites y cometas; pero el resto, la inmensa mayoría, permanece inmóvil noche tras noche, las estrellas. Sus colores son ligeramente distintos, unas son rojizas, otras blanco-amarillentas y otras tienen un color azulado. Es ahí, en su luz, donde guardan ocultos muchos de sus secretos. La luz nace en los átomos, diminutos ladrillos del universo capaces de absorber o emitir energía luminosa de unas frecuencias determinadas, es decir, de unos colores específicos. La luz es, pues, la tarjeta de presentación de los átomos, por eso, al analizarla, podemos conocer la naturaleza de las sustancias que la generan, o que la absorben. Esta propiedad sirve tanto para identificar los elementos químicos de un gas de laboratorio como para conocer la composición de los lejanos y calientes gases que rodean a las estrellas.

Las primeras diferencias

A principios de siglo, en la Universidad de Harvard, trabajaba un grupo de mujeres a las que llamaban despectivamente “calculadoras”. Su labor consistía en recopilar, una a una, la luz de cientos de miles de estrellas. Para su estudio, descomponían la luz procedente de cada astro en sus colores básicos y la fotografiaban. Esa fotografía de colores se conoce como “espectro”. Analizando esos datos, una de esas “calculadoras”, Annie Jump Cannon, realizó la primera clasificación de las estrellas. Las ordenó en clases atendiendo a sus colores. A cada clase le asignó una letra. Las más azuladas eran de tipo O, le seguían las de tipo B, A, F, G, K y, por último, a las más rojas les asignó la letra M. Los alumnos, idearon una regla nemotécnica para recordar la clasificación. Era una frase en inglés que, traducida, viene a decir. “Oh, sé buena chica, bésame”. (Oh, Be A Fine Girl, Kiss Me).

Pero además del color, otra posibilidad consistía en estudiar el brillo. La intensidad de la luz emitida por una bombilla roja será menor cuanto más lejos esté, pero su luz seguirá siendo roja. Con estas premisas, a un astrónomo danés, llamado Hertzsprung, se le ocurrió una brillante idea: “Si dos estrellas tienen el mismo espectro – pensó -, es decir, la misma distribución de colores, deben ser muy semejantes, por lo tanto, su diferencia de brillo debe depender de la distancia a la que se encuentran”. Con esta idea en mente, a Hertzsprung le bastaba con determinar la distancia de una estrella con un espectro determinado para que se pudieran calcular las distancias de muchas otras del mismo tipo. Así, jugando con el color, la intensidad o magnitud y la distancia, se fue formando poco a poco la imagen en tres dimensiones que tenemos del universo.

Los grandes enigmas

Mientras que los astrónomos se dejaban los ojos mirando por los telescopios, los físicos trataban de resolver otro de los grandes enigmas ¿De dónde sale la inmensa cantidad de energía que alimenta a las estrellas? La solución estaba, paradójicamente, en lo más diminuto del universo: el núcleo atómico. Sólo en el corazón de las estrellas, la gravedad comprime la materia con una fuerza tremenda, tanta, que consigue unir dos protones, dos núcleos de hidrógeno superando su propia repulsión eléctrica. Así se produce una cadena de fusiones nucleares que convierten el Hidrógeno en Helio. En el proceso, una pequeña cantidad de masa se convierte en una gran cantidad de energía. La energía que alimenta a las estrellas. En lo más profundo de una estrella común, como el Sol, las condiciones son inimaginables, la materia es unas doce veces más densa que el plomo y las reacciones nucleares de fusión elevan la temperatura hasta los 15 millones de grados. Es un infierno en el que se queman, cada segundo, 4 millones y medio de toneladas de hidrógeno. Pero no se preocupen, el Sol no corre peligro de apagarse inmediatamente, su tamaño es tal que aún tiene combustible para 5.000 millones de años.

Estrellas masivas

Pero el Sol es una estrella corriente, existen otras mucho más grandes que él. En una estrella mucho más masivas que la nuestra, las condiciones en su interior son tales que el combustible se consume muy rápidamente. Son estrellas que, al igual que el hijo pródigo, viven intensamente, dilapidan su contenido energético en poco tiempo y tienen una muerte espectacular. Les invito a escuchar la vida de estos “pesos pesados estelares” contada por D. Artemio Herrero Davó, catedrático de la Universidad de la Laguna e Investigador del Instituto Astrofísico de Canarias en este capítulo de Hablando con Científicos” de Cienciaes.com.


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