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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.
Los terremotos tienen una característica que los hace especialmente peligrosos: no avisan. Podemos estudiar las fallas, reconstruir la historia sísmica de una región y calcular probabilidades, pero no es posible determinar con precisión dónde, cuándo y con qué magnitud se producirá el próximo gran terremoto.
Esa incertidumbre convierte la memoria y la preparación en nuestras mejores defensas. “Lo único que podemos hacer es convivir con ese peligro”, afirma Yolanda Torres Fernández, profesora de la Universidad Politécnica de Madrid, doctora en Ingeniería Geomática e investigadora especializada en amenazas naturales y riesgo sísmico. “Sabemos que vivimos en una zona donde se producen terremotos. Hay que normalizarlo, hay que construir bien y hay que entrenarse”.
Yolanda Torres conoce bien el problema, no solo por su trabajo científico. Nació en Arenas del Rey, una localidad granadina marcada por uno de los mayores desastres sísmicos de la historia de España. La noche del 25 de diciembre de 1884, un terremoto de magnitud estimada entre 6,5 y 6,7 sacudió la frontera entre Granada y Málaga. Fue un sismo superficial, capaz de causar una enorme destrucción: murieron más de 800 personas y más de un centenar de municipios resultaron afectados.
Arenas del Rey quedó tan dañada que tuvo que ser reconstruida prácticamente desde cero. El terremoto impulsó nuevas formas de estudiar los fenómenos sísmicos y favoreció la incorporación de criterios sismorresistentes en la reconstrucción. Pero ocurrió algo que también forma parte de la historia de los desastres: pasó el tiempo. Y con el tiempo llegó el olvido.
“El tiempo es lo que da lugar al olvido y el olvido da lugar a la desprotección, a la falta de conciencia, y eso es lo peligroso”, advierte Yolanda.
Ella pertenece a una generación que sí creció escuchando aquella historia. Durante la década de 1980, coincidiendo con el centenario del terremoto, el colegio, el ayuntamiento y distintas instituciones organizaron actividades para recuperar la memoria de la catástrofe. “Yo de pequeña oí toda la historia y nosotros crecimos sabiendo que parte de la historia de nuestro pequeñísimo pueblo era esa”, recuerda.
Sin embargo, las generaciones cambian. Las preocupaciones cotidianas ocupan el primer plano y un desastre ocurrido hace más de un siglo termina convirtiéndose en una historia lejana. El olvido puede llegar a extremos sorprendentes. La falla asociada al terremoto de 1884 deja en algunos lugares un escarpe visible de varios metros. Está ahí, ante los ojos de quienes trabajan el terreno. Y, sin embargo, algunas personas desconocían que aquella forma del paisaje era la huella de la estructura geológica relacionada con el gran terremoto.
La serie sísmica de Atarfe-Santa Fe, en 2021, mostró las consecuencias de esa pérdida de memoria. Durante semanas se sucedieron los temblores. Algunos alcanzaron magnitudes suficientes para sentirse con claridad en zonas pobladas. La gente salía a la calle, llamaba, preguntaba. ¿Vendría ahora “el grande”? ¿Debían abandonar sus casas? ¿Sabían los científicos algo que no estaban contando?
“Nosotros no sabemos lo que va a pasar”, responde Torres. “Hay series sísmicas que han sido premonitoras de un terremoto mayor y otras que no”.
La frase encierra una de las dificultades más importantes de la comunicación científica. Podemos calcular probabilidades, identificar zonas peligrosas y construir escenarios, pero no predecir un terremoto señalando día, hora, lugar y magnitud. Una serie de pequeños temblores puede preceder a uno mayor o apagarse sin más. Incluso pueden existir fenómenos que, en ciertos casos, se han observado antes de algunos terremotos —cambios en emisiones de gases o comportamientos anómalos de animales—, pero ninguno permite asegurar que un gran sismo vaya a producirse.
Si no podemos detener una falla ni saber exactamente cuándo romperá, ¿qué podemos hacer?
Prepararnos.
Ahí entra en juego la resiliencia sísmica. “La resiliencia es la capacidad que tiene un sistema de resistir un evento adverso y recuperarse, cuando el evento cesa, lo más rápido posible”, explica Torres. Aplicado a una sociedad, significa que los edificios soporten la sacudida, que los servicios esenciales continúen funcionando y que la vida pueda recuperarse en el menor tiempo posible.
Con esa filosofía nació Sismo-Resiliencia, un proyecto de aprendizaje-servicio que une universidad, instituciones y ciudadanía. El punto de partida fue Arenas del Rey. Antes de enseñar a una población cómo protegerse, había que recuperar algo que se estaba perdiendo: su propia historia.
El equipo revisó archivos municipales y documentación histórica. Aparecieron noticias, testimonios y telegramas, incluso comunicaciones de la Casa Real. El objetivo no era escribir otro tratado científico sobre un terremoto ya muy estudiado, sino devolver aquella historia a la sociedad. Para ello crearon un blog dividido en ocho capítulos y lo publicaron como si fuera una serie.
La respuesta superó las expectativas. Los vecinos esperaban cada nueva entrega. Cuando uno de los capítulos se retrasó, comenzaron a llegar mensajes preguntando qué ocurría. La historia había vuelto a circular por el pueblo.
La experiencia confirmó una idea central del proyecto: “No solamente hay que darles la información como en plan charla. Hay que llamarlos a la acción. Hay que hacerlos partícipes. Hay que movilizarlos”.
Y eso hicieron.
Primero llegaron los simulacros en los colegios. Los niños aprendieron un gesto sencillo que puede salvar vidas durante una sacudida: agáchate, cúbrete y agárrate. Aprendieron a protegerse bajo los pupitres, cubrir la cabeza y la nuca, esperar a que terminara el movimiento y evacuar después de forma ordenada. También se revisaron las aulas: estanterías, objetos pesados, ventanas, salidas y puntos de encuentro.
Más tarde llegó un reto mucho mayor: organizar un simulacro para toda la población de Arenas del Rey. Participaron servicios de emergencia, Protección Civil, Guardia Civil, administraciones públicas, investigadores y observadores externos. Hubo que identificar espacios abiertos seguros, establecer rutas de evacuación y explicar a cada familia cómo actuar.
La preparación llegó incluso al interior de las viviendas. Cada persona debía reconocer dónde protegerse durante la sacudida y disponer cerca de la salida de una mochila básica con documentación, medicamentos, cargadores y una radio. No se trataba de prepararse para una catástrofe apocalíptica, sino de pensar en problemas muy concretos: ¿qué ocurre si la vivienda queda inhabitable?, ¿cómo se acredita la propiedad?, ¿qué sucede si alguien necesita medicación o debe demostrar una alergia?
El simulacro dejó enseñanzas, pero también algo más importante: memoria corporal. Tiempo después, un terremoto de magnitud 3,6 sacudió una localidad cercana. Algunos vecinos escribieron a Yolanda Torres para contarle que habían reaccionado casi automáticamente. Uno de ellos se había protegido de forma instintiva bajo la cama.
“De un simulacro hace dos años realmente hace que la gente esté mejor preparada y que funcione. No cae en saco roto”, señala.
El proyecto también aborda una cuestión esencial: conocer el riesgo real. “Para que haya riesgo sísmico tiene que haber peligro y tiene que haber exposición”, explica Torres. Un gran terremoto en un desierto puede no causar víctimas. En cambio, un sismo moderado puede ser devastador si afecta a una ciudad densamente poblada y con edificios vulnerables.
El peligro geológico no puede eliminarse. “La falla no se puede parar”. Pero sí podemos actuar sobre la vulnerabilidad: evitar construir en zonas especialmente peligrosas, reforzar edificios antiguos y exigir que las nuevas construcciones cumplan realmente la normativa sismorresistente.
En Zafarraya y Ventas de Zafarraya, los propios vecinos han participado aportando información sobre sus viviendas. ¿Tienen estructura de hormigón armado? ¿Muros de carga? ¿Mampostería? ¿Madera? Son datos fundamentales para estimar cómo respondería cada edificio ante una sacudida y que, sorprendentemente, no siempre figuran en las bases de datos oficiales.
La participación ciudadana permite así mejorar la ciencia y, al mismo tiempo, aumentar la conciencia del riesgo. No se trata de convertir a cada vecino en un sismólogo, sino de hacerle partícipe de su propia protección.
Esa es quizá la gran enseñanza de la conversación con Yolanda Torres Fernández frente a los terremotos, la ciencia es imprescindible, pero no suficiente. Hacen falta buenas leyes, edificios seguros, instituciones preparadas, educación, divulgación y ciudadanos que sepan cómo reaccionar.
Y, sobre todo, hace falta memoria.
Porque la tierra volverá a temblar. No sabemos cuándo. Pero, como recuerda Yolanda Torres, sí sabemos qué podemos hacer: “Sé consciente de que vives en una zona sísmica porque el pasado te lo ha dicho, construye tu casa de manera resistente y aprende tú a protegerte y a tus hijos y a los tuyos”.
Os invitamos a escuchar a Yolanda Torres Fernández, Profesora del Dpto. Ingeniería Topográfica y Cartografía de la Universidad Politécnica de Madrid
Referencias:
Blog del terrremoto de Andalucía
Gemelo digital del Valle de Zafarraya
Vídeo del Gemelo Digital de Arenas del Rey en 1887
Vídeo del simulacro en Arenas del Rey
Máster de Análisis de Riesgo Sísmico mediante TIG de la UPM
El terremoto de Andalucía
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