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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.

Vigilar un volcán activo en la Antártida. Hablamos con Rafael Abella.

Vocán en la Antártida - Hablando con Científicos podcast - Cienciaes.com

La Antártida suele asociarse a un inmenso continente cubierto de hielo, aparentemente inmóvil y silencioso. Sin embargo, bajo ese paisaje helado laten volcanes activos que permiten estudiar algunos de los procesos geológicos más fascinantes del planeta. Uno de ellos es la Isla Decepción, un enorme volcán cuya caldera colapsada fue invadida por el mar hasta formar un puerto natural único en el mundo. Allí, junto a la Base Antártica Española Gabriel de Castilla, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) mantiene uno de los sistemas de vigilancia volcánica más avanzados del continente blanco. De esa labor nos habla Rafael Abella (Madrid, 1968), sismólogo del IGN, investigador principal de las campañas antárticas y uno de los responsables de la vigilancia volcánica española en la Antártida, una tarea a la que ha dedicado catorce campañas durante los últimos treinta años.

España dispone de dos bases científicas en el archipiélago de las Shetland del Sur. La Base Juan Carlos I, inaugurada en 1988 en la isla Livingston, desarrolla investigaciones sobre glaciología, oceanografía, biología y cambio climático. Muy cerca, apenas a unas decenas de kilómetros, la Base Gabriel de Castilla, abierta en la campaña 1989-1990 sobre la Isla Decepción, constituye un enclave privilegiado para estudiar un volcán activo situado en pleno territorio antártico.

La Isla Decepción es un lugar extraordinario desde el punto de vista geológico. No se trata simplemente de una isla volcánica, sino del borde emergido de una gigantesca caldera cuyo centro se hundió tras una gran erupción ocurrida hace miles de años. El mar penetró por una estrecha abertura conocida como Neptune’s Bellows y llenó el interior de la caldera, formando el puerto natural de Puerto Foster, uno de los pocos lugares del mundo donde un barco puede navegar directamente al interior de un volcán. Aunque sus últimas erupciones ocurrieron entre 1967 y 1970, continúa mostrando actividad sísmica, deformaciones del terreno, fumarolas y manifestaciones hidrotermales que justifican una vigilancia permanente.

“Geológicamente no es nada”, comenta Abella al referirse a los más de cincuenta años transcurridos desde la última erupción. Para un volcán activo, explica, ese intervalo apenas representa un instante, por lo que resulta imprescindible mantener una observación continua.

La responsabilidad de esa vigilancia corresponde actualmente al Instituto Geográfico Nacional. Aunque el IGN asumió oficialmente esta misión en la campaña 2020-2021 mediante un protocolo entre los ministerios competentes, recogía así el testigo de décadas de trabajo desarrollado por investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales y por las universidades de Granada y Cádiz, que habían mantenido durante años una valiosa infraestructura científica en la isla. La experiencia adquirida por el Instituto en las crisis volcánicas de El Hierro y La Palma resultó decisiva para afrontar este nuevo desafío en un entorno extremo.

Como explica Abella, la vigilancia volcánica descansa sobre tres grandes pilares. El primero es la sismología. Para ilustrarla utiliza una comparación muy gráfica: “hacemos lo mismo que hacían los indios para ver si venían los vaqueros”. En lugar de apoyar la oreja sobre el suelo, los investigadores utilizan geófonos, sensores extremadamente sensibles que registran cualquier vibración producida por el movimiento del magma o por pequeños terremotos invisibles para las personas.

El segundo pilar es la geodesia. Mediante estaciones GNSS de alta precisión se controla si la isla “respira”, es decir, si se hincha o se deforma debido a la presión ejercida por el magma en profundidad. Estas deformaciones pueden constituir uno de los primeros indicios de una posible reactivación volcánica. El tercer elemento es la geoquímica, basada en el seguimiento continuo de gases volcánicos, temperaturas, composición química de las aguas y otros parámetros capaces de revelar cambios en el sistema magmático antes incluso de que aparezcan terremotos significativos. Es exactamente la misma metodología que el IGN emplea en Canarias, en los Campos de Calatrava o en la zona volcánica de La Garrotxa.

Uno de los grandes avances de los últimos años ha sido la revolución en las comunicaciones. Hace apenas dos décadas los investigadores debían desplazarse hasta cada estación para recuperar los datos almacenados. Hoy la situación es completamente distinta. Gracias a la red de satélites Starlink, toda la información llega en tiempo real al Centro Nacional de Vigilancia Sísmica del IGN, en Madrid, donde un equipo permanece de guardia las veinticuatro horas del día. “Eso nos da una tranquilidad enorme”, resume Abella. Si se detecta cualquier anomalía significativa, es el propio Instituto quien comunica inmediatamente la situación al Comité Polar Español, responsable de coordinar la respuesta institucional.

El siguiente reto consistía en mantener operativos los equipos durante el invierno austral, cuando las bases permanecen cerradas durante varios meses. Para resolverlo, el equipo ha desarrollado una estación autónoma multiparamétrica instalada en la isla Livingston, presentada recientemente en la XII Asamblea Hispano-Portuguesa de Geodesia y Geofísica. La instalación combina paneles solares, baterías, pilas de combustible de metanol, comunicaciones vía Starlink y diversos sensores geofísicos capaces de funcionar sin intervención humana durante largos periodos. Además, este año se han comenzado a probar pequeños aerogeneradores de eje vertical para reducir aún más la dependencia del combustible.

La nueva estación incorpora también sensores meteorológicos e incluso una red experimental de infrasonidos, la primera desplegada por España en la Antártida, destinada a diferenciar las explosiones volcánicas de otros fenómenos naturales. El viento constituye uno de los mayores desafíos para los sismólogos, ya que puede generar señales muy parecidas al tremor volcánico. “Somos capaces de ver si esto lo está moviendo efectivamente el viento o es una señal puramente volcánica”, explica Rafael.

Las estaciones sísmicas proporcionan, además, mucha más información de la que cabría imaginar. Permiten registrar el desprendimiento de bloques de hielo, estudiar el movimiento de los glaciares e incluso detectar el canto de las ballenas, cuyas vibraciones llegan hasta el terreno. Las cámaras instaladas junto a los sensores permiten seguir la evolución de la banquisa, observar la llegada de los pingüinos a las colonias de cría y documentar cambios ambientales relacionados con el calentamiento global, como la evolución del hielo o fenómenos tan llamativos como la nieve rosa descrita recientemente en Livingston.

Más allá de la investigación, Abella insiste en la importancia de compartir este trabajo con la sociedad. Durante cada campaña, científicos y militares realizan prácticamente a diario conexiones con colegios españoles para explicar cómo es la vida en las bases y mostrar el trabajo que desarrollan en uno de los lugares más remotos del planeta. “Tenemos la obligación moral de divulgar lo que hacemos”, afirma al comienzo de la entrevista.

Tras escuchar a Rafael Abella resulta difícil no compartir ese entusiasmo. La vigilancia volcánica en la Antártida combina geología, ingeniería, telecomunicaciones, meteorología y cooperación internacional en uno de los entornos más extremos del planeta. Gracias a ese esfuerzo colectivo, España dispone hoy de una red capaz de seguir, durante todo el año y en tiempo real, la actividad de uno de los volcanes activos más singulares de la Tierra, demostrando que incluso en el aparente silencio del continente helado la Tierra continúa respirando bajo nuestros pies.

Os invitamos a escuchar a Rafael Abella, Sismólogo del Instituto Geográfico Nacional (IGN), IP proyecto de campañas antárticas y uno de los máximos responsables de la vigilancia volcánica española en la Antártida.

Referencia:

IGN Isla Decepción – Antártida


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