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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.
Cuando pensamos en un lobo solemos imaginar un animal que se mueve al amparo de la oscuridad, evitando cualquier contacto con las personas. Esa imagen no está del todo equivocada, pero es mucho más incompleta de lo que parecía. Un estudio realizado por investigadores de la Estación Biológica de Doñana, el Museo Nacional de Ciencias Naturales y otras instituciones españolas demuestra que no existe un único modo de ser lobo. Cada individuo desarrolla su propia estrategia para convivir con un paisaje profundamente transformado por la actividad humana.
Galicia constituye un laboratorio natural excepcional para estudiar esa convivencia. Se trata de una de las regiones más humanizadas del área de distribución del lobo ibérico, con miles de pequeñas aldeas, una densa red de carreteras y un paisaje dividido en infinidad de parcelas agrícolas y forestales. A pesar de ello, el lobo ha conseguido mantenerse allí durante siglos.
Como explica Iago Ferreiro-Arias, primer autor del estudio: “Galicia es una de las áreas más humanizadas de todo su rango de distribución. Estamos hablando de densidades altísimas de asentamientos humanos, junto a carreteras y un paisaje transformado en un mosaico de pequeñas parcelas”.
El objetivo de la investigación era averiguar cómo influye esa presencia humana en la actividad diaria de los lobos. Para ello, los investigadores analizaron los movimientos de 26 ejemplares equipados con collares GPS entre 2006 y 2014. Los dispositivos registraban la posición del animal cada dos horas y, además, incorporaban acelerómetros capaces de detectar si el lobo estaba descansando o en movimiento. En conjunto, el estudio reunió más de 54.000 localizaciones, una base de datos extraordinaria para reconstruir la vida cotidiana de estos grandes carnívoros.
Iago resume así el funcionamiento de los collares: “Cada dos horas mandan la ubicación del lobo y, además, tienen un acelerómetro. Si juntas esa información con las posiciones GPS puedes inferir si el individuo está activo o descansando”.
Los resultados confirman algo que ya sugerían otros trabajos: en regiones muy humanizadas los lobos son, sobre todo, animales nocturnos. Desplazan buena parte de su actividad hacia la noche para reducir el riesgo de encontrarse con las personas. Sin embargo, ahí termina el comportamiento común y comienza la sorpresa.
Cuando los investigadores analizaron el conjunto de la población apenas encontraron efectos claros de variables como la densidad de población humana, la proximidad a carreteras o la distancia a los núcleos habitados. Parecía que esos factores apenas influían. Pero el problema no estaba en los datos, sino en el modo de analizarlos.
En lugar de estudiar únicamente el promedio de todos los animales, decidieron construir un modelo independiente para cada lobo. Entonces apareció un patrón completamente distinto.
“A nivel poblacional no teníamos respuestas claras” explica Ferreiro-Arias. “Pero cuando analicé cada individuo por separado vi una variación increíble en el tiempo que permanecían activos durante las distintas horas del día”.
Algunos lobos permanecían activos hasta el 75 % del tiempo durante el amanecer, mientras que otros apenas se movían en esas mismas horas. Había individuos que incrementaban su actividad cerca de zonas muy pobladas e incluso durante el día, mientras otros evitaban sistemáticamente cualquier aproximación a los seres humanos. En conjunto, las respuestas positivas y negativas se compensaban, ocultando cualquier tendencia cuando todos los datos se mezclaban en un único análisis.
La conclusión resulta fascinante: no existe un comportamiento único frente a la presencia humana.
Como resume el investigador: “Hay una diversidad comportamental y de estrategias espacio-temporales bastante alta”. Y añade una frase especialmente gráfica: “Cada lobo es de su padre y de su madre a la hora de moverse por el territorio y a qué horas hacerlo”.
El trabajo también revela otro aspecto importante. Los bosques y matorrales desempeñan un papel esencial como refugio. Allí donde existe suficiente cobertura vegetal, los lobos mantienen una actividad elevada incluso en áreas con una importante presencia humana. En cambio, cuando el paisaje ofrece poco refugio, la actividad disminuye claramente a medida que aumenta la densidad de población. La vegetación funciona, por tanto, como un auténtico escudo frente a la perturbación causada por nuestra especie.
Estos resultados plantean nuevas preguntas. ¿Son algunos individuos más atrevidos que otros? ¿Puede la persecución humana favorecer, generación tras generación, a los lobos más cautelosos?
Ferreiro-Arias recuerda que existe un intenso debate científico sobre esta cuestión y señala que quizá la presión ejercida por los humanos termine seleccionando determinados comportamientos. «Podría ser un efecto que direccionase el comportamiento de las especies», comenta, aunque reconoce que todavía faltan estudios capaces de demostrarlo.
Como suele ocurrir en ciencia, una investigación bien realizada no cierra un problema; abre muchos más. Este estudio no solo ayuda a comprender cómo sobreviven los lobos en uno de los paisajes más humanizados de Europa. También recuerda que detrás de cualquier promedio estadístico existen individuos distintos, cada uno con su propia manera de enfrentarse al mundo.
Y quizá esa sea la enseñanza más valiosa: cuando hablamos de la naturaleza, las medias describen poblaciones, pero son los individuos quienes escriben la historia.
Os invitamos a escuchar a Iago Ferreiro Arias Investigador predoctoral en el departamento de Biogeografía y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) y en el Departamento de Biología de la Conservación y Cambio Global de la Estación Biológica de Doñana (CSIC)
Referencias:
Ferreiro Arias, I., Martínez Rueda, I., García, E. J., Palacios Sánchez, V., Sazatornil, V., Rodríguez, A., López-Bao, J. V., & Llaneza, L. (2026). Human disturbance, prey availability and refuge cover shape wolf movements in anthropized landscapes. Behavioral Ecology. https://doi.org/10.1093/beheco/arag037
Ferreiro‐Arias, I., García, E. J., Palacios, V., Sazatornil, V., Rodríguez, A., López‐Bao, J. V., & Llaneza, L. (2024). Drivers of Wolf Activity in a Human‐Dominated Landscape and Its Individual Variability Toward Anthropogenic Disturbance. Ecology and Evolution, 14(10), e70397.
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