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Seis patas tiene la vida

Los insectos están en todos los sitios, desde los polos hasta el ecuador, desde el nivel del mar hasta las más elevadas cumbres. Llevan en la Tierra más de 400 millones de años y son tan abundantes y tan diversos que nadie sabe a ciencia cierta cuántas especies pueden existir. Adentrarse en este fascinante mundo de animales de seis patas requiere la ayuda de un buen guía: Don José Rafael Esteban Durán, entomólogo.
espinas bulbosas de la acacia drepanolobiumcrematogaster mimosae en una espina de acaciaFulgora lanternariaMachaca - Seis patas tiene la vida - cienciaes.comPterodictya reticularis - Seis patas tiene la vida - cienciaes.comOrnithoptera - Seis patas tiene la vida - cienciaes.comGraellsia isabelae - cienciaes.comMariposa del género morpho - cienciaes-com

Huelga de hormigas, insectos carnívoros y adornos de cera.

Hormigas y fulgóridos

En el programa de hoy pueden escuchar varias historias que nos muestran lo sorprendente que puede llegar a ser el mundo de los insectos:
Germán Fernández habla de una especie de hormigas africanas (Crematogaster mimosae) que protegen a las acacias de los herbívoros que pretenden alimentarse de ellas. La relación no está libre de conflictos “laborales” y las hormigas ¡se ponen en huelga!
José Rafael Esteban Durán nos cuenta varias historias: la mosca que se comió la oreja de un entomólogo, insectos (fulgóridos) que se adornan con secreciones de cera, leyendas que asocian la picadura de un insecto con la práctica del sexo y las mariposas más grandes del mundo.

Los fulgóridos son insectos sorprendentes que adornan sus cuerpos con vistosas secreciones de cera, a modo de falsas colas. A éstos pertenece la especie Pterodictya reticularis cuya imagen ofrecemos en portada. Otros insectos de esta misma especie se distinguen por la curiosa forma de sus cabezas, una en forma de martillo (Phrictus punctatus) y otra que imita la cabeza de un lagarto (Fulgora lanternaria).

Con un aspecto tan sorprendente no resulta extraño que sean protagonistas de leyendas curiosas.

La Machaca

Una leyenda singular es la que acompaña a la Fulgora lanternaria, más conocida como “La machaca”. Cuentan los vecinos de la región Colombiana de Putumayo que una vez, con ocasión de una fiesta local en un pueblo de la zona, dos periodistas ávidos de información entraron en una tienda de artesanía y vieron entre las vasijas un insecto de forma extraña. El animal era de un tamaño considerable, casi 9 centímetros de largo, con una cabeza enorme en forma de cacahuete con franjas laterales que hacían pensar en una boca cargada de dientes y falsos ojos como los de un lagarto. Sorprendidos ante semejante criatura, preguntaron al dueño qué era. Éste, no se sabe si por mofarse de ellos o porque realmente existía la leyenda, les dijo que era “La Machaca”, un animal muy peligroso cuya picadura era mortal para los hombres a menos que hicieran uso del único antídoto conocido: ¡hacer el amor antes de que se cumplieran 12 horas desde el momento de la picadura! La historia fue publicada en los periódicos e, inmediatamente, se desató una verdadera epidemia de picaduras de La Machaca.

La realidad es muy distinta, La Machaca imita al lagarto para confundir a sus enemigos y evitar ser comido. Se alimenta de la savia de algunas plantas y, cuando se siente amenazado, no pica sino que segrega una sustancia de olor desagradable. En ocasiones, utilizan la cabeza a modo de martillo para tamborilear sobre los troncos de los árboles. El supuesto peligro que se le atribuye no es más que una excusa para la práctica del “sexo por compasión”.

Huelga de hormigas

En la naturaleza es bastante frecuente el establecimiento de relaciones entre organismos de diferentes especies: es lo que se llama simbiosis. Estas relaciones siempre son beneficiosas para una de las especies involucradas pero, al igual que en nuestra sociedad, pueden ser beneficiosas, neutras o perjudiciales para la otra. En el primer caso reciben el nombre de mutualismo, en el segundo se llaman comensalismo y en el último se califican de parasitismo.

Una interesante relación de mutualismo es la que han establecido las hormigas de la especie Crematogaster mimosae con las acacias espinosas Acacia drepanolobium en las que viven. Estas acacias son árboles de hasta seis metros de altura, cubiertos de largas espinas con la base bulbosa y hueca, abundantes en las sabanas arboladas de las tierras altas del África Oriental.

Las hormigas protegen a la acacia de dos maneras: devoran las larvas de los insectos parásitos de la madera y mantienen alejados a los grandes herbívoros, como jirafas y elefantes, picando en la cara a los que se atreven a acercarse para alimentarse de las hojas del árbol. A cambio, la acacia proporciona a las hormigas alimento, en forma de néctar azucarado que segregan unas glándulas especiales situadas en la base de las hojas, y alojamiento en sus espinas huecas, donde las hormigas construyen sus hormigueros. Un árbol sano tiene centenares de espinas y puede albergar hasta cien mil hormigas.

¿Pero qué pasa cuando no hay herbívoros que traten de comerse las hojas de la acacia? Según la acacia, llega el momento de apretarse el cinturón (el de las hormigas, claro). Como cree que ya no las necesita, la acacia decide que las hormigas están demasiado bien pagadas, y disminuye la producción de espinas y de néctar. Las hormigas, por su parte, se ponen en huelga. Dos tercios se marchan. Las que se quedan, dejan de comerse a los parásitos y, peor aún, se dedican a criar cochinillas, que se alimentan de la savia de la acacia.

Con la huida de las hormigas y la proliferación de los parásitos, la acacia es invadida por otras especies de hormigas menos colaboradoras: Crematogaster sjostedti, que construye su hormiguero en las galerías excavadas en la madera por los parásitos, Crematogaster nigriceps, que ocupa las espinas huecas que han quedado libres por la huida de las Crematogaster mimosae, y Tetraponera penzigi, que aprovecha la confusión para comerse las glándulas productoras de néctar y así empeorar las condiciones de vida de sus competidoras. Las Crematogaster nigriceps, como las mimosae, se alimentan de las larvas de los parásitos, pero además devoran los brotes horizontales de la acacia; así, los árboles quedan aislados unos de otros y las hormigas ya no pueden desplazarse entre ellos. Las últimas Crematogaster mimosae se marchan y se desata la guerra entre las especies restantes. Las Crematogaster sjostedti, más belicosas, vencen, y las acacias, desprotegidas contra los herbívoros y los parásitos, mueren.

Son los imprevisibles resultados que sobrevienen cuando se altera el delicado equilibrio ecológico.

El autor de Huelga de hormigas es Germán Fernández Sánchez y el artículo es reproducido aquí con el permiso de Madrid Sindical.

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