Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. En cada programa del podcast Ciencia y Genios les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por varios autores.
En 1520, Fernando de Magallanes logró cruzar el estrecho que lleva su nombre y adentrarse en un océano tranquilo que, desde entonces, recibe el nombre de Océano Pacífico. Después de haber vencido innumerables peligros, la llegada a las aguas calmas de aquella enorme masa de agua le pareció una bendición, pero esa calma se convirtió en el enemigo más terrible que tuvo que vencer durante la travesía que dio por primera vez la vuelta al mundo. A lo largo de tres meses, los barcos de la expedición no divisaron tierra firme, se acabaron los alimentos frescos y el escorbuto comenzó a hacer estragos entre los marineros. Cuando avistaron las islas Molucas, había muerto el 80 por ciento de la tripulación.
En 1540, el inglés Goerge Anson, se adentró en el Pacífico con una flota de seis barcos y 2.000 hombres. Su objetivo era atacar a los barcos españoles que encontrara en el camino, pero su enemigo real fue el escorbuto. Sólo un barco regresó y 1.300 marineros perdieron la vida. Richard Walter, capellán y cronista de la expedición, describía así la enfermedad: "… la piel se vuelve negra como la tinta y llena de úlceras, los enfermos respiran con dificultad, los dientes se caen y, lo más repugnante de todo, una gran cantidad de tejido blando sale por sus bocas y se pudre desprendiendo un olor nauseabundo…"
Las grandes travesías de aquella época obligaban a los marineros a alimentarse, casi exclusivamente, de carne salada y galletas, los alimentos frescos escaseaban y esa carencia fue un enemigo más mortal que la más feroz de las batallas. Las cosas empezaron a cambiar en 1753, cuando el médico James Lind publicó, en su "Tratado del escorbuto", las pruebas experimentales de que el zumo de limón y las verduras frescas tienen un rápido efecto beneficioso para los enfermos.
Cuentan que fue el Capitán Cook el primero en evitar que el escorbuto diezmara su tripulación, gracias a un conjunto de medidas destinadas a mejorar las condiciones de higiene y la alimentación. Aunque no todos los méritos que se le adjudican parecen ciertos (ver aquí un estudio, en inglés), la realidad es que consiguió que ningún marinero muriera de escorbuto durante sus tres viajes de exploración.
El escorbuto era tristemente famoso durante las largas travesías, pero había otras enfermedades como el beriberi, la pelagra o el raquitismo que aparentaban tener causas igualmente extrañas. Los médicos le echaban las culpas a muchas cosas: a la sal en la dieta, a la falta de oxígeno en el cuerpo, a la grasa, al aire putrefacto, a los microorganismos, etc. El problema comenzó a resolverse a finales del siglo XIX gracias a un médico holandés de enormes bigotes y más grande tenacidad, llamado Christiaan Eijkman. Durante su estudio del beriberi tuvo que enfrentarse a un enigma singular: unos pollos, que también sufrían la enfermedad, habían sanado milagrosamente… Escuchen ustedes la historia de la vida de Christiaan Eijkman .
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