Buscando "Bacterias"
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Algunos estudios indican que unas de las células más misteriosas del sistema inmune, las llamadas linfocitos T reguladores, están relacionadas con la enfermedad llamada alopecia areata, un tipo de calvicie en la que el pelo se cae por zonas. Se cree que esta calvicie es el síntoma de un ataque autoinmune a los folículos, aunque otros mantienen que se debe a un fallo en la regeneración del folículo. En todo caso, los estudios genéticos han revelado que este tipo de alopecia está asociado a mutaciones en diversos genes que controlan la actividad de los linfocitos T. Además, si se consigue aumentar la cantidad de linfocititos T reguladores en el cuero cabelludo, la alopecia areata mejora.
Hace más de un siglo, se descubrió que podíamos defendernos de las infecciones usando anticuerpos, unas proteínas que fabrica nuestro cuerpo. Al principio, se usaban sueros de animales, como caballos, para curar enfermedades. Hoy, la ciencia ha creado anticuerpos súper precisos, como los monoclonales. Un grupo de científicos ha ido más allá y ha diseñado un nuevo tipo de anticuerpo, una “super IgM”, que actúa como una súper araña con patas muy fuertes para unirse a los agentes infecciosos. Al aplicarlo en un spray nasal, protegió a ratones contra la gripe. En el futuro, podría ayudarnos a prevenir muchas infecciones respiratorias sin necesidad de vacunas tradicionales.
Los fósiles de Dickinsonia son moldes en lechos de arenisca. Miden entre unos milímetros y casi metro y medio de largo, con un espesor de entre una fracción de milímetro y unos pocos milímetros. Su cuerpo ovalado, que carece de boca y de ano, tiene un extremo más ancho que el otro. Dickinsonia se ha interpretado como una medusa, un coral, un gusano poliqueto, una planaria, una anémona, un cordado o incluso un hongo, un líquen o un organismo unicelular gigante. Dos descubrimientos recientes apuntan a que Dickinsonia era un animal. Los primeros fósiles de Dickinsonia se descubrieron en los montes Flinders, en Australia Meridional, en 1947. El geólogo australiano Reginald Sprigg les dio el nombre de Dickinsonia en honor de su jefe, Ben Dickinson, director de minas de Australia Meridional.
La tecnología de la resonancia magnética utiliza fuertes campos magnéticos y ondas de radio para conseguir imágenes del interior del cuerpo humano, o también de los cuerpos de animales de investigación, mientras continúan vivos y coleando. Resultaría, sin duda, interesante poder utilizar las máquinas de resonancia magnética no solo como herramientas diagnósticas, sino también terapéuticas. Investigadores de la universidad de Sheffield, en el Reino Unido, deciden investigar si sería posible dirigir hacia los tumores a macrófagos cargados con virus llamados oncolíticos, que resultan eficaces para matar a células tumorales, mediante campos magnéticos generados por una máquina de MRI.
Sandra Blanco, nuestra invitada hoy en Hablando con Científicos, abre para nosotros el interior de las células con el objetivo de mostrarnos un mundo nuevo, mucho más complejo e interesante de lo que hubiéramos podido imaginar. En ese mundo gobernado por la información genética almacenada en el ADN, proliferan una gran cantidad de moléculas de ARN que juegan un papel importantísimo en el sistema inmune durante las infecciones provocadas por virus y en el cáncer. El ARN es un conjunto de letras que ha tomado protagonismo últimamente debido a la pandemia provocada por el coronavirus SARS-COV-2, porque este virus causante de la enfermedad COVID-19, es un virus de ARN. Pero ¿qué es el ARN? ¿por qué es tan importante como para estar relacionado con cosas tan aparentemente dispares como el cáncer y la infección por virus? De estas cosas habla Sandra Blanco Benavente, investigadora del Centro de Investigación del Cáncer (CIC-IBMCC).
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