Buscando "Bacterias"
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Algunos parásitos no lo tienen tan fácil para pasar de un hospedador a otro. Para conseguirlo, deben desarrollar ingeniosas estrategias y utilizar uno o más animales intermediarios para lograr penetrar en el organismo del hospedador final, desde el cual pueden iniciar su ciclo reproductivo de nuevo. Un ejemplo sorprendente y terrorífico es el de la duela del hígado, o duela hepática. Este gusano plano, de la clase de los trematodos, infecta los conductos biliares del hígado de algunos animales vertebrados, en general ovejas, cabras, vacas o ciervos, donde se alimenta de la sangre del hospedador, se hace adulta y se reproduce. Su ciclo de vida incluye al herbívoro, cuyas heces cargadas de huevos del gusano alimentan a un caracol que disemina el parásito en sus babas, las cuales son ingeridas por una hormiga y, aquí llega lo más interesante, el parásito manipula el cerebro de la hormiga y la convierte en un zombi a su servicio obligándola a escalar hasta lo alto de las hierbas para que los herbívoros se la coman al pastar. Toda una odisea macabra que supera a los más imaginativos cuentos de ficción.
Jorge Laborda rinde homenaje a un órgano que trabaja mucho, sin ruido y sin descanso, y permite que el resto de los órganos, como el corazón o el cerebro, realicen su función y posibiliten la existencia del amor y la razón y también, como es quizá más frecuente últimamente, del odio y la sinrazón. Ese órgano es el hígado, es indispensable porque lleva a cabo infinidad de actividades necesarias para mantenernos en buena salud. Entre las muchas funciones, el hígado actúa como un filtro que la limpia constantemente la sangre; funciona como el puerto de recepción de los materiales que entran en el organismo, un puerto en el que los alimentos y nutrientes son organizados de acuerdo con la categoría a la que pertenecen, son limpiados de las toxinas que puedan acompañarlos, y son finalmente distribuidos al resto del organismo; realiza la detoxificación y metabolismo primario de muchos fármacos y toxinas ambientales; procesa los hidratos de carbono y los almacena en forma del glucógeno y muchas otras funciones que hoy podéis conocer en este podcast.
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Es preocupante para los científicos y los seres racionales, en general, el negacionismo de aspectos importantes y vitales de la realidad que la ciencia ha desvelado, como negar que las vacunas sean eficaces para salvar vidas, y en su lugar causen enfermedad y muerte, o negar el cambio climático, atribuyendo oscuros objetivos políticos y apocalípticos a quienes avisan desde hace décadas de su existencia y de sus terribles consecuencias. En mi humilde opinión, el negacionismo es favorecido por el hecho de que lo esencial es invisible a los ojos, como dijo Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito. Sin duda, lo esencial en ciencia es invisible a los ojos, y solo lo hemos podido ir descubriendo al hacer uso de instrumentos de detección y medida cada vez más sofisticados y empleando nuestra razón, tanto para fabricar esos instrumentos como para interpretar los datos que nos iban desvelando.
Capítulo número 100 del podcast “Zoo de Fósiles” dedicado al yacimiento de Las Hoyas. Hace tres décadas, en los años ochenta del siglo XX, un aficionado a los fósiles, Armando Díaz Romeral, descubrió el que resultaría ser uno de los yacimientos paleontológicos mejor conservados del mundo, el yacimiento de Las Hoyas, en La Cierva, cerca de la ciudad de Cuenca. Desde entonces, las sucesivas campañas de excavación han sacado a la luz un complejo ecosistema que nos muestra cómo era aquella zona en el Cretácico inferior, hace unos 125 millones de años. Por aquellos tiempos, Las Hoyas era una región pantanosa cruzada por canales y salpicada de lagos y charcas, un humedal subtropical semejante a los Everglades de Florida. En el fondo de una laguna de agua dulce se fueron depositando los restos de diversos animales y plantas en láminas de piedra caliza, de grano tan fino que han preservado la anatomía de aquellos seres vivos con un grado de detalle excepcional.
Descubierto en 1843, Prototaxites fue descrito en 1859 por el geólogo canadiense John William Dawson, considerado uno de los fundadores de la paleobotánica. El aspecto de los fósiles de Prototaxites es semejante al de la madera petrificada: troncos o trozos de troncos con anillos parecidos a los anillos anuales de crecimiento de los árboles. En un principio se pensó que era una conífera, después, que se trataba de un alga, más tarde, un hongo parecido a una inmensa seta y, por último, un líquen o una comunidad de hepáticas. Fuera lo que fuese, Prototaxites se extinguió hace unos 370 millones de años, coincidiendo con la aparición de los primeros vertebrados cuadrúpedos.
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