Buscando "Bacterias"
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Hoy, Jorge Laborda explica el funcionamiento de los anticuerpos y su importancia en el sistema inmunitario, comparándolos con unas tenazas: poseen una “cabeza” que se une al microorganismo o toxina y un “mango” que activa mecanismos defensivos del organismo. Los anticuerpos han evolucionado para funcionar fuera de las células, ya que en el interior celular el ambiente químico destruye los enlaces que mantienen su estructura. Sin embargo, los científicos buscan introducir anticuerpos dentro de las células —los llamados “intracuerpos”— para investigar procesos celulares o desarrollar herramientas diagnósticas y terapéuticas. Recientemente, mediante bioinformática e inteligencia artificial, investigadores han diseñado anticuerpos estables sin esos enlaces sensibles, logrando que muchos funcionen dentro de células vivas. Esto abre nuevas posibilidades para estudiar la regulación genética, la epigenética y el diagnóstico o tratamiento de enfermedades.
Es preocupante para los científicos y los seres racionales, en general, el negacionismo de aspectos importantes y vitales de la realidad que la ciencia ha desvelado, como negar que las vacunas sean eficaces para salvar vidas, y en su lugar causen enfermedad y muerte, o negar el cambio climático, atribuyendo oscuros objetivos políticos y apocalípticos a quienes avisan desde hace décadas de su existencia y de sus terribles consecuencias. En mi humilde opinión, el negacionismo es favorecido por el hecho de que lo esencial es invisible a los ojos, como dijo Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito. Sin duda, lo esencial en ciencia es invisible a los ojos, y solo lo hemos podido ir descubriendo al hacer uso de instrumentos de detección y medida cada vez más sofisticados y empleando nuestra razón, tanto para fabricar esos instrumentos como para interpretar los datos que nos iban desvelando.
Capítulo número 100 del podcast “Zoo de Fósiles” dedicado al yacimiento de Las Hoyas. Hace tres décadas, en los años ochenta del siglo XX, un aficionado a los fósiles, Armando Díaz Romeral, descubrió el que resultaría ser uno de los yacimientos paleontológicos mejor conservados del mundo, el yacimiento de Las Hoyas, en La Cierva, cerca de la ciudad de Cuenca. Desde entonces, las sucesivas campañas de excavación han sacado a la luz un complejo ecosistema que nos muestra cómo era aquella zona en el Cretácico inferior, hace unos 125 millones de años. Por aquellos tiempos, Las Hoyas era una región pantanosa cruzada por canales y salpicada de lagos y charcas, un humedal subtropical semejante a los Everglades de Florida. En el fondo de una laguna de agua dulce se fueron depositando los restos de diversos animales y plantas en láminas de piedra caliza, de grano tan fino que han preservado la anatomía de aquellos seres vivos con un grado de detalle excepcional.
Descubierto en 1843, Prototaxites fue descrito en 1859 por el geólogo canadiense John William Dawson, considerado uno de los fundadores de la paleobotánica. El aspecto de los fósiles de Prototaxites es semejante al de la madera petrificada: troncos o trozos de troncos con anillos parecidos a los anillos anuales de crecimiento de los árboles. En un principio se pensó que era una conífera, después, que se trataba de un alga, más tarde, un hongo parecido a una inmensa seta y, por último, un líquen o una comunidad de hepáticas. Fuera lo que fuese, Prototaxites se extinguió hace unos 370 millones de años, coincidiendo con la aparición de los primeros vertebrados cuadrúpedos.
Los fósiles de Messel, un yacimiento situado en el centro-oeste de Alemania, 35 kilómetros al sudeste de Frankfurt, se formaron durante el Eoceno medio, hace unos 47 millones de años. Por aquel entonces, la región era una selva subtropical situada en una zona muy activa geológicamente. En el yacimiento se han encontrado esqueletos completos totalmente articulados, contenidos estomacales, pieles, plumas, tejidos blandos… en un estado de conservación excelente. Se ha propuesto que la abundancia de animales terrestres encontrados en el yacimiento se podría explicar por erupciones límnicas como la que ocurrió en 1986 en el lago Nyos, en Camerún, cuando la liberación súbita del dióxido de carbono disuelto en el agua del lago mató a unas mil ochocientas personas y varios miles de cabezas de ganado. Otra teoría, avalada por la presencia de trazas de toxinas en los sedimentos, apunta a un envenenamiento estacional de las aguas del lago debido al florecimiento de cianobacterias.
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