Buscando "Evolución"
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Un superordenador, o supercomputador, es una máquina de cálculo capaz de realizar, en el mejor de los casos, decenas de miles de billones de operaciones por segundo. Tan extraordinaria capacidad permite afrontar un buen número de tareas relacionadas con distintas parcelas del conocimiento, como la predicción del tiempo atmosférico, la evolución del clima, la física de partículas, la criptografía o la astrofísica. Según la lista de los Top 500, en la que se encuentran los 500 computadores más rápidos del mundo, el primer lugar lo ocupa Sunway TaihuLight, que se encuentra en el Centro Nacional de Supercomputación de China y contiene nada menos que 10.649.600 microprocesadores. Lógicamente no basta con reunir muchos procesadores para realizar una tarea con éxito, el reto es hacerlos funcionar de forma coordinada, mediante redes de interconexión, campo en el que investiga Francisco Quiles Flor, Catedrático de la UCLM.
Si antaño el dolor era considerado un castigo a la desobediencia humana frente a Dios, hoy, gracias a la ciencia, sabemos que el dolor es resultado de mecanismos fisiológicos muy conservados a lo largo de la evolución de las especies. La capacidad de sentir dolor parece ser tan importante para la supervivencia de todos los animales que es muy improbable que algunos hayan conseguido ventajas evolutivas no sintiéndolo. Sin embargo, esto podría ser posible en condiciones extremas en las que la incapacidad de sentir determinado dolor resulte en una ventaja para la supervivencia. ¿Es esto posible?
Estudios previos sobre la agresión habían revelado que el comportamiento agresivo “reside” en una pequeña área del cerebro, conservada a lo largo de la evolución de los mamíferos, llamada el hipotálamo. Utilizando poderosas técnicas de biología molecular, investigadores del Instituto Tecnológico de California han realizado una serie de experimentos con ratones que consiguen determinar qué células del hipotálamo están involucradas en la agresión, y cuáles en el comportamiento sexual.
Unas semanas atrás hablaba del descubrimiento, hace algo más de veinte años, del llamado gen del lenguaje. Pero el lenguaje, para resultar útil en la comunicación humana, no solo debe ser producido, sino que debe ser oído, y entendido. En otras palabras, el desarrollo del oído es también fundamental para el lenguaje. El oído es un sentido que detecta diferencias de presión en el aire que golpea el tímpano, a lo que llamamos sonido. La «magia», en el caso humano, es que esa detección de fuerzas variables pueda ser traducida luego a un mensaje con sentido. ¿Cómo surgió el sentido del oído en el camino evolutivo? Investigaciones recientes con anémonas indican que una familia de genes ancestrales que participaron primero en la generación de las células táctiles de los animales más primitivos, permitieron también la aparición del sentido del oído.
Existen varias hipótesis que intentan explicar por qué las cebras son rayadas. Una de ellas sostiene que las rayas son un camuflaje muy útil para despistar a las moscas Tse-Tse, portadoras del parásito que provoca la enfermedad del sueño. Una segunda explicación es que las rayas podían servir para despistar a los predadores durante la huida. Una tercera hipótesis defiende que las rayas son útiles para que estos animales identificaran a cada individuo de una manada. Aún una cuarta hipótesis mantiene que las rayas, lejos de hacer más visibles a estos animales, les ayudan de alguna forma a camuflarse. Finalmente, una quinta hipótesis respalda que las rayas blancas y negras ayudan a la termorregulación de estos animales mediante la piel. Un nuevo estudio se decanta por la primera opción.
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